sábado, 4 de noviembre de 2017

MEMORIA LABIAL

Sintió los labios resecos. Pasó rápido la lengua para humedecerlos y frotó la mejilla por instinto, borrando la huella mojada de un beso que no le habían dado. Es una fea costumbre, decía su madre, "cosa de niños" que disimulas como adulto por pura vergüenza.
Veía una comedia romántica, una americanada, puro soma orwelliano en formato TV, tranquilidad necesaria, encefalograma plano, dama de Goya en sofá de Ikea. Pero, sin quererlo, su mente se concentró en un perfecto travelling óptico sobre el beso apasionado que los guapos y jóvenes protagonistas se daban. De pronto, de guión plastificado para cortar y pegar en miles de historias repetidas, ellos se miraban y se iban acercando las caras y, ¡hala! no se besaban sino, al más puro método Stanislavski, se deglutían, se absorbían como una bola de helado, como un flan tragado de una vez por apuesta de macho, como trozo de carne que se te ha hecho bola. "Claro, por eso lo llaman darse un muerdo", pensó sin pensar. No le parecía que esos besos fueran muy reales, demasiados alimenticios o alimentarios, a lo "rincón de recreo en el instituto", como si estuvieran jugando con una bola doble de chicle o dos  bazoocas, retorciéndose, masticándose. Sin embargo, se llenó de una extraña sensación bucal.
¡Qué pocos besos de cine le habían gustado! Recordó el mito de la gente de su edad, el Paradiso besual y ese enorme final de ósculos de Cinema, cortados y empalmados como gran regalo. Todos juntos. Resultaba tan hermoso pero, uno a uno, la cosa no parecía lo mismo: edulcorante artificial en sobredosis, sacarosa excesiva.
Intento recordar. De todos modos, Cary Grant besando a Audrey Hepburn en el barco el Sena, era una pasada, una Charada en toda regla. Igual proceso, con minuciosa y pequeña variación: poco a poco, aquí es ella la que engancha la cintura del galán hasta que él, loco encandilado,  le estruja su torso diminuto. No la besaba para comer su alma, la apretaba los labios con tanta fuerza como a su cuerpo de junco, le plantaba un sello indeleble, de los que no se borran ni olvidan, marca a fuego, como el tesoro que tanto buscaban por las calles de París.
O, al menos, era la imagen que ella retenía en su fantasioso ojo mental.
De nuevo, volvió en sí a ese beso comilón en primer plano, que se prolongaba en exceso en la pared de plasma de su cine doméstico y panorámico. Eran las obligadas cuarenta masticaciones por minuto para que te siente bien el alimento, filosofía macrobiótica, vigorésica, sanísima. Y, otra vez se le estrechó el estómago. Y se acordó de la madalena de Proust pero en beso. Como una ráfaga que despierta todo, lo agolpa, que te hace subir el suelo pélvico como los de avanzados en pilates.
Le perforó una idea como un taladro: los labios debían tener memoria. No: tenían memoria
Era eso: los labios no olvidan. No era la cabeza sesera magín entendederas mental la que recordaba los grandes besos de su vida, ¡eran los labios!, extraño tejido epitelial que, por proximidad física con el más memorión de todos los sentidos, ahí justo debajo de la nariz, por pura simpatía, se acordaban de cuando otros se le habían acercado para besarlos.
Siguió viendo la tontada previsible de verde praderas de jardín urbano con banco de madera sin pintadas mientras, como por encanto, el pensamiento se fue por donde le apetecía. Todavía le quedaba un buen rato de estulticia dulzona y la vería hasta el final,  mientras una sensación física, real, como el agua fresca cuando bebes deprisa, casi sorpresiva, grata y necesaria, se le subió a la boca. Pudo discernir uno y mil besos, todos distintos, agolpándose en sus labios. Fue una explosión como de fuegos artificiales en boca, cada uno con su color y su nueva palmera final, un Calabuch bucal.
Se despertó su TOC de administrador de sensaciones y empezó a ordenarlas. Mind maps, excell mental. Por cualidad, no por cantidad. Los labios recordaban categorías, no unidades. Imaginó su archivo como el de una enorme mercería: un solo botón en el frente del cajón y mil ejemplares dentro.
No, no todos eran besos de amor, ni mucho menos. ¿Cuántos eran de amor?: Pocos. Lo tenía que pensar, ordenarlos, intentar distinguir. Pero ¿eran sabores distintos o era un solo sabor? Lo descubrió de inmediato. No recordaba el sabor, aunque un beso de ajo era inconfundible. O de ron añejo. O de chocolate con leche. O de pasta de dientes. O de despertar. O de colonia infantil. O de lágrimas saladas.
Era más bien una textura mental, una sensación epitelial suave o áspera, una mezcla de calor y olor, una humedad o su ausencia, una fuerza de empuje o un leve roce, un tiempo largo o un instante, una repetición o un golpe seco, un peso o una ráfaga. Pero no era un sabor. Los labios besados no recuerdan el sabor.
Tenía que ordenar los pensamientos, los besos dados y recibidos, contabilizarlos sin números, clasificarlos, adjudicarles bien su categoría, no mezclarlos, hacer una base de datos de besos útil y de fácil manejo.
Volvió a pasar su lengua por los labios.  Ahí estaban todos. Tenía que hacer un zoom como los de Wim Wenders, plano final acercándose al muro hasta que, poco a poco,  microscopio y lente de aumento, van apareciendo los ladrillos y, dentro, simples granos de arena.
Esa era la sensación.
Todos los besos estaban ahí, en sus labios, solo tenía que aproximarse, buscándolos, no uno a uno - misión imposible - sino universo a universo, haiku a haiku.
Había  unos, muchos o pocos, de edición limitada, otros únicos en su especie. Otros se repetían y en su casilla eran miles, cientos, decenas. Unos seguían vivos, otros perdidos, de fondo de armario, de placa base. No le importaba la cantidad de besos repetidos, los labios solo distinguían esencia de calidad. Eran el mismo gesto o parecido, labio contra labio, de lado, de frente, desde arriba, escorados, inclinados, de presión, de broche, palpitantes, para distraer, pero nada era igual para ellos.
Decidió afrontar la ardua tarea clasificadora, empezó a ordenarlos y siempre desde lo obvio: la hagiografía de su vida. Pensó, por un momento, coger boli y papel para apuntar, pero ver aquellos nombres besados sobre el papel le resultaba obsceno, de fuera de sí, un poco flor seca dentro de las páginas de un libro olvidado. Solo lo pensó.
Eso sí, el criterio lo tenía claro: besos en los labios. Buscaba la sensación labial, una memoria que reescribía su lengua.
No valían los achuchones de despedida o de recibimiento, le parecían como emoticonos grabados en el carrillo.
¡Ni pensar en los besos depositados en la frente!
Fuera las cortesías de acercar mejillas corriendo el aire por medio, que en este país se besa demasiado. Sólo besos de verdad, esos de la española que cuando besa es que besa. Besos que los labios recordaban prístinos. Solo esos.
Pero necesitaba un criterio selectivo para organizar el conjunto, una buena negantropía, un eje sistémico que ordenara el caos besual. Y vio cada boca. Y no se pudo resistir y tiró de lápiz y papel, una tira del periódico que estaba encima de la mesa, como para hacer la lista de la compra del súper.
Lo tiraría.
1.- Sexo: sexo consumado o deseo.
2.- No sexo: familia, amigos o extraños
Familia creada o recibida
Amigos  presentes o recordados
Extraños reconocidos u olvidados
3.- Orden de recuerdo: cronológico
4.- Valoración
Le tentó esa idea de darles una calificación final numérica, su lista de tripadvisor, rastreator oscular, pero la desestimó inmediatamente. El recuerdo de los labios era pleno, de diez. Si no los recordaban, los labios sabrían porqué. Quizás su mente perturbada de tanto vivir trajera el recuerdo, una imagen, una situación, una historia, pero esos no valían. Solo contaban los besos sentidos.
Un leve roce de barba, un olor familiar, apenas en la comisura, alargando los músculos bucales como un cono, hasta apretar la nariz, con la boca ligeramente abierta, sintiendo la humedad de la lengua, con mocos, con calor febril, monacales, a lo brothers, con frialdad mortal. Y se le agolparon de pronto. Rompió el papel. Ya estaba la sintonía del diario de medianoche.


miércoles, 27 de septiembre de 2017

NENA, AHORA VENGO

En recuerdo agradecido de Carmen de la Cruz


No es sólo la llamada de una niña. Olga había llegado nueva al pueblo, era una extranjera aunque su pasaporte estaba escrito en el mismo idioma del rótulo de la calle. Apenas cuatro años para sentir el cambio vida, algo que unos ojos infantiles ven tan claro como las paredes que se han ido, o los olores que no van por el aire con una luz que no despierta igual. Acostumbrada a jugar en la calle, salió a la entrada de la casa a retozar intrépida y aburrida entre los barrotes  de la valla. Carmen  iba hacer un recado a su madre, cuatro años lo mismo y unos días de diferencia que toda una vida la harán ser la mayor. La población era pequeña y tanto daba la edad para participar en las tareas domésticas. El peligro de la urbe no iba más allá de un charco.
Carmen vio a Olga mientras corría a su mandado. Y le grito: “ Nena, ahora vengo a jugar”. Cumplió con lo suyo, hija diligente – compró -  y amiga solidaria – volvió -. Y hasta hoy, viva amistad. Olga es la memoria de Carmen, recuerdo de una vida que a veces quiere olvidar, lucha, represión, frío en el alma cuando viene del verano austral a este invierno madrileño y no por el enero feroz sino por las ausencias de un país en crisis, sí, pero el suyo. Carmen sabe tanto de acogimiento, de solidaridad con el sufrimiento ajeno,  de estar cercana cuando sabe que alguien “necesita jugar” que los demás, los que durante tantos años se han acercado a su valla para compartir su juego, veneran su acento cordobés, el español más leal a ambos lados. Olga y Carmen son casi sesenta años de compartir en la distancia y en la emigración, en la represión política y en la doble nacionalidad. Olga dirigió hoy un centro escolar español y público donde cada día iban llegando niños de países tan lejanos como el suyo, de aromáticas comidas como las que hacía su abuela libanesa, en idiomas que ella entiende bien, políglota a base de mucho estudiar, leer y vivir. Carmen fue - y es ya para siempre - una defensora de los derechos de todos viviente y consciente, con alma y hechos de refugiado político, profesora para universitarios españoles con aspiraciones solidarias y no tanto, sabedora de la lucha de mujeres a las que una suegra obliga a quitar el DIU, sin demagogias  al hablar de malos tratos que no se denuncian cuando no se sabe a dónde ir. Ambas han cobrado de un Estado que al que le ganaron con creces y reconocimiento general un trabajo que no conoce de acentos extranjeros.

Olga y Carmen son la expresión de esa hermosa solidaridad que tanto nos hace falta, una forma de comprender el mundo que aliviaría las penas, la soledad y, a veces, la muerte de muchos, metanol asesino por añoranzas de sabor lejano. Representan la emigración que llegó a este país cuando nadie hablaba de pateras, ni de nación de naciones, con cultura y modernidad de las que mucho tenemos que aprender, gente que se ha colocado a la cabeza de nuestras luchas particulares, democracias, libertades, sindicatos, ONU y proyectos europeos, a la que no llamamos extranjera porque en su casa estamos en la nuestra. Son muchos los que cada día llenan más estas calles de un país de castellanos ya muy viejos. Son miles los que como Olga y Carmen vienen, desde hace treinta años, a dar más de lo que les damos, ganado por derecho  y por lo derecho; como ellas son ya ese “nosotros” sin fronteras. Es estupendo pensar que Olga y Carmen y todos los suyos, o sea, los míos, los nuestros, hayan decidido venir a jugar conmigo, contigo, con nosotros. Nuestras canicas brillantes ya estaban rotas, la imaginación y la cultura necesitaban vida, calor y mucho color. Carmen se nos ha marchado a otro sitio, sin lugar ni tiempo, demasiado pronto. Olga nos sigue alimentando  las ganas de dar abrazos y muchos besos de hermanos. Gracias.

domingo, 2 de julio de 2017

EL


Él caminaba por el pasillo oscuro, lleno de cables y luces pequeñas, de aviso, rojas, blancas, azules, restos de aparatos irreconocibles y más cables por arriba, por los lados, por el suelo. Y polvo, mucho polvo, en los rincones, en las juntas infinitas entre ese ramaje interminable de más cables, en enchufes y conexiones, en los empalmes. Lo respiraba y le picaba la nariz más que con el guano pulverizado que, con destreza descuidada, repartía alrededor de los troncos.  Le habían avisado que no se tocará la cara y el leve maquillaje, que una amable señorita le había puesto en la cara, desapareciera. Su cara morena de tanto campo y casi nada de playa, cuero cuarteado, esteparia, podía dar muy pálida. "Un poco solo" le dijo, con su esponjita llena de crema oscura "para que no salgan brillos". Pero ese picor tirante le ponía aún más nervioso.
El suelo era como asfalto, parduzco, liso y caliente, poco agradable para unos pies pétreos, curtidos en botas viejas y en sandalias con suela de yanta, también viejas, endurecidas. Sus plantas encallecidas de tanto pisar entre surcos de tierra y de huerta, terraplenes llenos de hierbas escurridizas, bancales pequeños y empapados de riego a manta, entre piedras y ramas secas, de caminos sin asfaltar o pedazos de terreno cubiertos de una fina capa de hormigón casero, "con su poquito de portland" que tanto le gustaba extender, para conducir regatos de agua hasta el último árbol del último bancal, esos pies reptilianos no soportaban un calor que salía de abajo, como del infierno. Sus calcetines nuevos y los zapatos de domingo  le empezaban a resultar insoportables, los sentía más cansados que un largo día de poda y quema. Los metería, si pudiera, en el agua de un balate  hasta que se enfriaran. Pero el dolor era un viejo olvidado en un cuerpo hecho sarmiento, de viejas heridas curadas con agua y jabón en músculos como estopas enrolladas en sus huesos, en esa columna retorcida de tanto doblarse. Sin embargo, ahora esas molestias le crispaban. No dolían, hervían.
Sus ojos, hechos a la oscuridad de caminar de noche por los campos, con una vista de animal casi alimaña, no terminaban de adaptarse a esa penumbra de túnel, de tubería. Le faltaban sus viejas gafas, de patillas rotas liadas con esparadrapo que había dejado en casa por aparentar mejor. No reconocía las sombras. Se sentía más perdido que nunca. No podía dejar de imaginarse como uno de esos cerdos que crió en una granja porcina industrial de Barcelona que arreaba a las naves cochiqueras para engorde o para subir a esos camiones de transporte para un matadero. Allí trabajó los años necesarios para ahorrar lo suficiente y comprar tres marjales de tierra en la vega de su pueblo y levantar con sus manos un cortijillo mirando a lo lejos a un cercano mar azul, Mediterráneo,  20 metros cuadrados apañados, con cocina y pila, mesa y sillas de aquí y de allá y un viejo sofá con manta de ganchillo; y también para hacerse con el piso bajo, de dos dormitorios, con baño con bañera, muy arregladito por su mujer, la María, allí en el ensanche urbanizado de la ladera del casco viejo, a la caída del Castillo.
Como si viera una vieja película en el cine que cerró el ayuntamiento, venían a su cabeza esos mansos marranos de cría y cebo, orondos, que le seguían hociqueando con la cabeza gacha: ahora era él el sumiso detrás de una chica nueva, bajita y de culo apretado por los vaqueros, que se atrevió a mirar de reojo solo una vez, coronada con sus cascos en los oídos y un micrófono pegado a la cara que al que hablaba bajito.  "Ya llegamos", le oyó repetir un par de veces, acelerando el paso.
Se sentía más joven con la nueva camisa de rayas azules y su pantalón gris bien planchado aunque esa señorita del potingue de la cara le había comentado, sin demasiada atención, que tantas rayas harían un efecto raro. No la entendía. Él, que ya dudaba de que saliera bien lo que estaba haciendo, sintió un pellizco en la boca del estómago, como de hambre. "Francisco, ya vamos a entrar. Tranquilo. Está usted muy guapo", se volvió a mirarle, con una amabilidad tensa, un poco falsa, profesional, que él, perro viejo, rápidamente olfateó.  Pero apretó el paso. Ya no notaba los pies calientes ni le picaba la nariz. Ya estaba subido al camión.
Hizo un esfuerzo por recordar las indicaciones que le habían dado un poco antes de entrar en el túnel, en una sala impersonal donde esperaba sentado junto a otras cuatro personas que no conocía de nada y que apenas saludó. "Francisco, usted espere a que ella le pregunte. Esté tranquilo ya verá como todo sale muy bien. Son unos 15 minutos y se acabó".
Ya estaba ahí, lo había logrado pero daría algo por salir corriendo.  Y ya no podía.
De pronto un fogonazo que le hizo cerrar los ojos y un estruendo le aturdió aún más. Focos, miles de luces colgando, neones, grúas, raíles, personas cargadas con cámaras y mucha gente sentada. Y la señora Patricia allí, en el centro. Reconoció el lugar. Había visto el programa varías veces sin demasiado interés, en esas largas tardes de invierno cuando oscurece temprano y hay poca faena en el campo, sentado en el sofá de la casa, antes con la María y ahora con su Paca, hasta que un buen día se decidió.
Entró en esa especie de plaza, despacio, cansino y, como un eco, oyó decir su nombre.  En un despacho, por la mañana, había contado a un chico simpático su historia que, a breves retazos, ya relató en una carta cuando tomó la decisión: "Muy señores míos, les escribo para...". Estaba arrepentido, le bullía muy adentro. Lo mejor era acabar rápido. Él, que reconocía bien cuando una tierra era "histérica" y no iba a dar frutos como Dios manda, sintió que aquello no podía dar nada bueno.
Como una aparición milagrosa surgió todo lo antiguo ante sus ojos. Se vio joven recluta de 21 años, medio rubio y de pequeños ojos azules y vivarachos, de lengua alegre y ganas de tragarse el mundo, con manos ya duras de tirar de azada y pala, con la espalda como un junco doblándose ligero para hacer hoyos más rápido que nadie. Hacía la mili en Granada cuando conoció de caqui a esa Paca, medio gitana medio paya que, con tanta gracia y soltura, le sorbió el seso. Se vio despidiéndose de ella en la estación de la Alsina, llenas las manos de promesas de volver a buscarla y casarse por lo legal. Se vio de nuevo en el pueblo, recibido por su madre fuerte y mandona que rápido le mandó a faenar a un campo ajeno porque el amo tenía  mucha labor. Se vio paseando por la playa con esa chica callada, bajita y un poco tristona que su madre se empeñaba en repetir que era muy buena y muy limpia y hija única de familia con tierras, de un pueblo cercano, de la vega, la María. Se vio guardando a su Paca entre los recuerdos mozos y olvidados, ella que nunca contestó a sus cartas y que su madre repetía sin parar que ya no se acordaba de él y que ya se habría buscado, tan fresca la quinquillera, a otro con más posibles que un jornalero.
Se vio casado con la María, que resultó gobernanta como su madre, cada vez menos simpática y un poco metiche pero - eso sí - buena para la faena de la casa si no se levantaba cansada. Se vio triste acompañando a la caja del hijo que perdieron al poco de nacer y que dejó a María seca, otra histérica como la tierra baldía, amargada, beatona, siempre encerrada en el piso con su perro de lanas entre las piernas. Se vio en la casa del barrio cercano a Barcelona de donde María no salía nunca porque no le gustaba el catalán, no lo entendía y no hacía buenas migas con nadie. Se vio acompañado de su suegra,  la señora Josefa, que venía cada mañana hasta el cortijo, 5 kilómetros campo a través de ida y vuelta desde su pueblo, para verle y estar con su María, llevando y trayendo habichuelas y cebollas frescas de su huerta. Se vio envejecer, faenando de amo en amo, cuidando tierras ajenas, rebuscando por la noche las papas de campos de otros o los chirimoyos, nísporas y aguacates que se quedaban en los árboles de vecinos porque no valían nada en la corrida. De todo lo ajeno y lo propio sabía sacar sus buenas pesetas vendiendo con sus banastas en un rincón del mercado, una ayuda para el jornal, que su suegra aumentaba con su cesta. Se vio acompañando a María una y otra vez al médico del ambulatorio, eternamente enferma, quejosa, de piernas pesadas y dolor de riñones, gorda y oscura; que solo, si hacía bueno, salía para ir al cementerio a la caída del sol y llegarse a poner flores nuevas o secas del mercadillo en la tumba de su hijo, acompañada por una madre que siempre parecía su hermana.
Era su cabeza como un álbum viejo de fotos sin color que pasaba las hojas sin parar. Se vio en el Hospital de Granada donde María murió por un corazón cansado de tanto descansar enganchada a una pena negra, que nunca disfrutó ni sentada debajo de la parra de cortijo al que no iba porque era mucho andar.
La voz de radio de la señora Patricia le hizo volver  a su sillón, al chico de la cámara pegado a sus narices, a ese público que aplaudía cuando otra chica levantaba los brazos desde un rincón.
"Francisco hemos conseguido su deseo, entre el público está su hija". Miró entre tantas caras para intentar distinguirla. Era buen ojeador y los gestos del que estaba enfrente le bastaban para presentir su respuesta. Muchos años de servidumbre y demasiados amos le habían enseñado por dónde iban las cosas. Pero ahora no sabía a qué mirar.
De pronto el chico de la cámara al hombro subió rápido entre la gente. Parecía saber seguro su camino. Observó y, aunque la señora Patricia  indicaba aquella mujer cuarentona sentada en la tercera fila que bajara a sentarse junto a él, ésta parecía extrañada, disgustada, huraña, como enfadada, poco dispuesta a obedecer. Notó que ese hombre sujetando la cámara de la grúa le estaba enfocando mientras el otro bajaba por las escaleras siguiendo a aquella mujer que sentaron a su lado. La reconoció. La había visto alguna foto con la Paca y dos niños pero le pareció más mayor de lo esperado. No le miraba. Estaba tensa y él no podía mover ni un músculo. "Carmen, Francisco es su padre y sabemos que usted nunca antes había estado con él. Él nos escribió contado su bonita historia, las ganas que tenía conocerla y de poder darle un abrazo. Nos emocionó mucho y nosotros lo hemos hecho posible", oyó decir a la señora Patricia.
La mujer cuarentona contestó enfadada. "Ustedes me han traído a esto engañada. Yo venía a ver el programa como otras del pueblo que están sentadas ahí. Ya sé que este señor es mi padre pero no lo conozco de nada. Me lo dijo mi madre. Pero yo me voy".
"Carmen" le dijo la señora Patricia un poco irritada. "Nosotros pensamos que este bonito encuentro le gustaría. Francisco quería darle el abrazo que la vida le había impedido".
"Pues se han equivocado", dijo levantándose y saliendo por la puesta por donde él había entrado.
Se hizo un silencio raro que la señora Patricia cortó como un cuchillo. "Lo siento Francisco. Lo hemos intentado. Nos ha gustado tanto su historia que no la podíamos dejar pasar. A veces las cosas no salen como queremos. Un fuerte aplauso para Francisco."
Él se levantó deprisa, avergonzado, y salió por dónde había venido. Allí le esperaba la chica que le acompañó al entrar. No dijo nada. De nuevo sintió que no veía bien. Pero caminó seguro. Como si sus pies conocieran el terreno. Y de nuevo ese polvo, ese enjambre de cables, esas luces mortecinas. Y de nuevo las imágenes. ¿Por qué había venido?
Se vio buscando en la guía el teléfono de la Paca en Granada. Era buscar una aguja en el pajar. Tenía mucho tiempo. Ya no faenaba para los demás. González Ruiz había muchos. Se vio recordando el barrio alto dónde ella vivía y subiendo en la Alsina para llegarse a Granada y buscar la comisaría del barrio para preguntar. Un impulso, le había llevado un impulso. Y la soledad. María había muerto tres años antes y con ella el perro y se quedó muy solo. Su suegra tampoco vivía ya y tenía pocos amigos más allá de los del chato en la taberna. La Luisa y el Ignacio, los del cortijo de al lado, aunque eran como familia propia, tenían su vida y la Luisa, la madre, él que tanto la ayudó cuando se quedó viuda joven y siempre trató a sus hijos como suyos, no estaba dispuesta a tener nada con él. A ella no le gustaban las habladurías y, aunque todos sabían los buenos ojos con los que él miraba, viuda lozana, guapa y cincuentona que tanto le alegraba la charla y la vista, no estaba por la labor de comenzar con amoríos de viejos. Bueno, mejor amoríos con él, ya viejo, que luego Luisa se echó un novio de su edad.
Hasta esa visita a la señora Patricia, todo había rodado como un milagro o como una novela de mano de sus años mozos.
Se vio contando su historia a un policía viejo de la comisaría del Zaidín, que conocía dónde vivió siempre la señora Paca González, y que se ofreció para hablar con ella por si le quería ver. Ella no había abandonado nunca el barrio. Y que, a los pocos días, le avisó.
Se vio llamando a la puerta de su casa y diciendo, ante una mujer menuda, agitanada, delgada pero de tripa abultada, de cara sonriente y cigarro en la boca, "Hola, soy Paco, Francisco Ortega, tu novio de mozos, el soldado". Y a ella contestando. "Lo sé. Te reconocería en cualquier sitio. Me he cruzado contigo alguna vez por el Hospital de aquí. Con una mujer que imagino que era la tuya. Yo iba con mi marido, bueno, el padre de mi segundo hijo, que murió hace un año. Y ¿qué quieres? Pero pasa hombre, pasa".
Se vio a sí mismo entrando en aquella casa de barrio pobre, limpia y sencilla como la suya del pueblo. Se vio escuchando una historia que era la suya y desconocía.
Paca bajó al pueblo al poco tiempo de que él volviera de la mili. Le extrañaba que no contestará a sus cartas, que la hubiera olvidado tan pronto. Algo muy importante tenía que contarle. Y no lo pensó: se presentó en la casa. Le abrió su madre y ella, sin más, le dijo que estaba preñada de Paco. Él estaba en el campo y nunca se enteró de nada. Su madre, violenta y sin dejarla hablar más, le gritó que dejará en paz a su hijo, que quién le decía a ella que esa barriga era él, que  solo buscaba arreglar su asunto, que volviera por dónde había venido, que Paco tenía una novia en el pueblo de al lado y que pronto se casaría, que era una gitana desgraciada, que Paco le había dicho que fue un apaño mientras estuvo en al mili y que como le buscará se las iba a ver con ella. Paca era muy joven, era orgullosa y se volvió a la capital. Desde allí le volvería a escribir. Él nunca le contestó.
Se vio sentado en el sillón del cuarto de estar de Paca escuchando lo que no podía creer. 40 años sin saber nada de ella, 40 años sin saber que tenía una hija que Paca crió con muchas penalidades hasta que conoció al padre del segundo, que ella llamaba marido y que no lo era porque no quiso casarse. 40 años buscando tener una familia cuando ya la tenía ¡quién se lo iba a decir!. 40 años guardando en el olvido los buenos ratos que había pasado con ella.
A partir de esta visita, todo lo demás fue rodado.
Se vio viviendo tranquilo en su casa del pueblo con Paca que ya tosía demasiado y nunca dejaba de fumar; sin casarse que dos pensiones suman más, sentados debajo de la parra del cortijillo a la fresca porque a Paca le gustaba pasear por el campo, ver los árboles, recoger las habichuelas, hablar con las vecinas, comer en el chiringuito de la playa los domingos y vivir, sobre todo vivir.
Se vio diciéndole una tarde que él quería conocer a su hija, la que vivía en Melilla y no veía con buenos ojos que se hubieran ido a vivir juntos al pueblo; que tenía dos nietos que apenas veía nunca; que siempre trató a su marido como padre y que, con suerte y esas cosas que tiene la tele, esa señora Patricia les podía ayudar a que las cosas entre ellos fueran mejor.
El camino de vuelta por ese túnel feo y sucio, que ahora se le hizo más corto, fue suficiente para recordarlo todo, por qué estaba en un Madrid que no le gustaba, porque llevaba la cara con un maquillaje que le duraría dos días por más que frotaba, por qué se había sentido como un cerdo camino del matadero, porque esa mujer del público le miró solo una vez y de soslayo con odio y mucha rabia, que se marchó corriendo por el maldito túnel lleno de suciedad.
Sólo una cosa le pellizcaba aún el estómago. Se había hecho a la ilusión de ver chiquillos a su alrededor, de esos que podían pegar pellizcos a los cristales como la pequeña de uno de sus amos, corriendo por sus cuatro marjales, entre chirimoyos, nísporas y aguacates, trepando como monos por los árboles que ya les enseñaría cómo para no caer, pisando las matas de tomates y corriendo tras su perro ratonero, mientras él se sentaba bajo la parra con su agua de limón. Pero se consoló. Ahora sí podía dejar en herencia sus bancales a alguien de su sangre que había visto, al menos, una vez.
Se vio oyendo a Paca en el sillón de la casa."Paco, esto es lo que hay. Tú lo has intentado. Esta chica siempre fue triste y un poco malaje. Lo llevaba en la sangre como tu madre. Déjala. Termino este pitillo y cenamos. Tengo un pescado asado que está muy fresco para cenar". Se vio saliendo del túnel al aire fresco, de ciudad pero aire limpio, fuera de una tele llena de mugre.


jueves, 8 de junio de 2017

UN CAFÉ BIEN CARGADITO

23 de mayo de 1963

Hora: 14,10.

- "Cariño, ¡qué pronto vienes!”
"¿Qué te ha pasado?" ¿Qué trae, Juanma en la cara? ¿Y esos arañazos? Es poca cosa. Mañana no queda nada.
 "A ver, la caja de las medicinas. Carmen, mire en el primer cajón del mueble de baño. Traiga el agua oxigenada para el señor. Hay gasas debajo de las tiritas".
Siéntate aquí y te limpio". Sabía que algo iba a pasar.
- "¡No me hables, Paquita!" Esta no te la paso.
"Te he dicho mil veces que no te metieras dónde no te llaman..." Se va hacer la tonta y luego la lagrimita.
"Me has hecho pasar una vergüenza. Te voy a matar". Quieto, quieto.
"Mira que te avisé, que ella sabía lo que se traía entre manos". No me mires con esa cara que lo sabes.
"¡Ay! ¿Como quieres que me esté quieto?". Ay, escuece.
 "Ese..." tontolaba....  "se me ha echado encima. Y menos mal que estábamos solos. En la Ronda. Se acercó y me echó mano". No tiene media hostia.
- "Váyase a calentar la comida. No se preocupe". Le va a dar algo. No me mira de frente.
-"Que quién eras tú para meterte en sus asuntos y dale con la matraca y me echó mano." Podía haber sido peor. Uf, menos mal que me contuve y le paré. "Ella, sí, ella se lo ha contado todo. ¡Que esa te mangonea! Te lo he dicho mil veces. Y así pasa lo que pasa."
-"Cálmate hombre". Una mal bicho y un calzonazos, juntos.
-"Te prohibo terminantemente que la vuelvas a ver." Esta vez me hace caso, ¡vamos que me hace caso!.
"Lo tuyo es la cocina. Te lo he dicho mil veces. Métete en tus cosas, que no vales para otra cosa." ¡Con lo lista que eres mujer cuando quieres!.
"Como me entere yo que le dices algo más, de verdad que te mato".
"No pongas esa cara, ni empieces como siempre con tu lagrimita". Ya esta todo. A llorar y se acabó.
- "Pero..., ¿Qué ha pasado, Juanma". Ha sido el putero del Manolo, no puede ser otro.
"Pero, ¿qué he hecho?¿Qué te ha contado?"
"Cómo iba a imaginar yo que ella..." Será zorra y consentidora.
"¡Y mucho menos que se lo iba a contar a él! La muy putón.
Estate quieto, hombre. Y acabo antes. Tire las gasas, por favor. Ahora sirvo la comida." Menudas ojeras tiene. Tiene sueño y hambre.
"¡Qué me dejes! Cómo te vas a limpiar tú. Ya está. Sólo es un arañazo de nada, como si te lo hubiera hecho una de las niñas." Ni se le nota, ¡menos mal.
"No te enfades tanto, cariño. Yo ¡como iba a imaginar! Ya lo decía mi tío: eres como es el asa de un cubo, Cuco. Muy pero muy boba"
"No le has hecho nada, ¿verdad?" Es capaz de haberle dado. Se ha controlado.
"Son tal para cual. Y yo, imbécil, que soy una imbécil, que creía que lloraba de verdad, que si no aguantaba más los cuernos que le ponía, que si vivía un infierno, que no podía más, que se iba a suicidar. ¡Menudo infierno, consentidora que es una consentidora!"Menuda mosquita muerta y yo que la creía.
"Y luego va y se lo cuenta". Como me iba a imaginar que se lo contaba. ¿A nadie se le ocurre...?Esta se lo contaba todo.
"Y bien que se va con él a pasar la noche por ahí. ¡Total no le gusta! Le gusta más..." el asunto "que a un tonto un caramelo".
- "Te he dicho, Paquita, que te calles". No se calla nunca. No va a parar.
"¿Qué que has hecho?" Tú y tus ideas de casquero.
"Vete a preguntarle a tu amiga. Anda, pregúntale. No quiero saber más." Tengo hambre, joder. Y sueño.
"Ponme la comida. Me echaré un rato." ¡Qué bien huele! Este vino de Noblejas está rico. Estoy seco.
- Lo de hoy le va a gustar. Me ha salido bueno el estofado. Se me han quitado las ganas. Todo me huele raro.
-¿Te sirvo un poco más? ¿Está bien de sal?.Tengo un queso buenísimo, muy curado, como te gusta. Se lo encargue a mi madre, del señor Andrés. Anda come un poco más"
- "Con un café, listo. Me echaré un rato en el sillón."No, no quiero más. Luego he quedado con Parra para ver lo de la nueva escopeta. El domingo vamos al coto de Villasequilla, a dar una vuelta, a una bandada de perdices que vimos y le queremos dar una mano".
-"Bien". Ya está mas calmado. Esto no se va a quedar así, ésta me oye, me lo tiene que aclarar. Menuda hija de su madre. A ésta me la busco, toma que si me la encuentro. Y verás como está en la glorieta, sentada en el quiosco. "Carmen, luego planchamos los babys que estarán ya casi secos. Yo voy a salir.”


Hora: 18,15

- "¡Qué casualidad, Juli". Ya sabía yo que estaba aquí.
"Iba a comprar unos botones a la mercería."
"¿Sabes que se han peleado, que han llegado casi a las manos? Menuda escandalera. Menos mal que nadie los ha visto nadie." Será mosquita muerta. Y pone cara de no saber nada.
¿Cómo se te ocurre decirle nada? ¿Y tú te llamas mi amiga?"  No te pienso dejar hablar.
"Por mí como si te pone los cuernos en tu misma cama, una y mil veces."
"No pongas esa cara ni me vuelvas a llorar, no tienes vergüenza."
"Como  dice Juanma, con lo cuchara que has cogido, con esa comes. Bien sabes por lo que te casaste con él". Será capaz ¡no me quiere contestar! Ni mus, no vas a decir ni mus.
"No te expliques. ¿Contárselo? Que ya te veo yo a ti. Con lo que te gusta ..."el asunto.
"Tú y yo ni nos conocemos. Ni los buenos días desde ahora." Ahí te quedas.

Hora: 18,40

- Se me hará tarde. Ahí viene Angelita.
- "¡Vaya una cara que tienes, Paquita! Hija, parece que se te ha muerto alguien."
-" Nada, un disgusto, una cosa tonta de la mayor".  Disimula, que no te note nada.
"No es para tanto, ya lo sé. Son niños. Pero estoy harta y me he puesto a llorar como una lela."
"Ha perdido un botón del abrigo y como era forrado y no me queda un trozo de tela, ahora se los tengo que cambiar todos. A gastar dinero y tiempo. Me voy de prisa, mira la hora que es". Como siga aquí me lo saca.
"Chica, tengo unos desarreglos otra vez. Espero no estar embarazada de nuevo. Aunque si fuera un chico, no me importaría. Mañana te veo".

Hora: 19, 15

- Qué calor para estar aquí sentada. Son ocho para coser. ¡Esta niña!
Quién me iba a decir que se lo iba a contar. ¡Anda qué! Menos mal que no ha pasado nada. Y mejor, esa gente lejos que no traen nada bueno.
Yo solo quería ayudarla. Con la mala vida que le está dando. Pero ella se lo ha buscado. "Carmen, mire porque se pelean."
Y yo que me quedaba con sus chicos por la tarde.
- "Paquita, Qué te dejo a los chicos un rato y me voy a dar una vuelta con Manolo. Solo un ratito, ya sabes". Eso me decía.
Bien que la dabas, sí, un par de vueltas en redondo. Y luego traías una cara bien contenta. Y tu suegra en misa. Y yo te traía a los chicos cenados.
Ya me lo dice mi madre. Esa Juli no es buena, te engaña. Y yo pensando que, como siempre, ya está siempre mi madre en lo peor ¡Qué mala leche! Más sabe el diablo por viejo que por diablo".
- "Paquita, que tiene otra tía, lo sé." una y otra vez.
"De verdad. Que ésta es una nueva. El otro día casi los pillo en casa". Será otra más.
Parece que la estoy oyendo. ¿Cuidado que me pincho y lo mancho encima. "Me lo dijo la portera, la tía cotilla. El otro día vi a Manolo entrar con tu prima, esa del pueblo que viene a veces, por las tardes. Y con rintitín. Es un sinvergüenza, Paquita, un sinvergüenza".
-Y yo, encima la creía. "Juli, no llores más. Ese Manolo no se merece ni una lágrima. No tiene derecho a vivir. Y encima con tu suegra en casa. Que lo sabe todo y lo cubre, la alcahueta".
-  Y seguía con su rollo. "Como es su madre, le justifica todo.  Juli, bonita, me dice la buena señora, son cosas de hombres, y nosotras a callar que nos ponen un plato caliente todos los días. Hija, es lo que hay, que le vamos a hacer. Pero yo creo que lo saben hasta los chicos". Eso sí me dolía, los pobres niños, en esa casa.
- Y yo dale que dale. "Juli, no te puedes quedar así, sin hacer nada ¿por qué no lo arreglas? Que se puede, mujer. Seguro. Mira, Juanma echa unos polvos en la oficina para las ratas, Raticida Ibis se llama. En la droguería. Si cada mañana le echas una cucharadita pequeña en el desayuno, en un café bien cargadito, con azúcar, ni se entera. Y como dices que tiene el estómago delicado." Ese no tiene nada delicado. Menudo caradura.
- "Tú crees, Paquita? ¿En serio? ¡Me dan unas ganas de hacerlo…!
¿No lo notará?
"A mí estas cosas....Y no te rías que no tengo cuerpo para risas".
- Pero si yo no se matar ni las moscas. "No creo. Tú, bien cargadito. Y quita esa cara de susto Julita. Es una ocurrencia, mujer. En el cine funciona. Hija, así no puedes seguir". Si me daba hasta pena verla llorar. Falsa, más que falsa.
Y tú vas y se lo cascas. Y él, claro, a Juanma. Que lo sabe todo. Que ella se lo ha contado. Que quién soy yo. Que qué me he creído. Que si tu mujer esto, que si tu mujer lo otro. Encima, el tío chulo se pone gallito.
Y tú, como tantas veces, un buen revolcón y sigues otra temporadita. Esta vez no me has dejado a los chicos ¡eh! Esta vez bien que se ha quedado la alcahueta de tu suegra.
Con tu pan te lo comas, Julita. Para mí, no existes. Estás muerta.
Y esta boba, que me parieron boba, a aguantar. A ver cómo lo arreglo yo ahora con mi Juanito.
El sábado mando a las niñas al cine con la abuela y nos quedamos solos un rato. A ver si está de mejor humor.
- "Tenga el abrigo, Carmen, y dele una pasada de plancha al forro."


Hora: 20,10
- Se me ha echado la hora encima. ¡Malditos botones! Tengo unas nauseas".
"¿Niñas, ¿habéis colocado la cartera?"
"Carmen, póngales el baby limpio en el sillón de la entrada".
"Vamos a poner la mesa para cenar. ¿Están calientes los boquerones para el señor?".
"Métalos en el horno. Debe estar al caer".



martes, 23 de mayo de 2017


ALMADREÑAS


- "¿ Al final, cuándo te vas a Madrid?", le preguntó a la salida de misa. El tono de Nines era un poco más hosco que otras veces.
- "La semana que viene. Todavía me quedan cosas que arreglar". contestó Minuchi mientras recogía el velo y le prendía el alfiler. Cuidado al meterlo en el bolso, no se vaya a enganchar.
- "¿Vendrás un rato por la tarde?", replicó Nines más contenta, con su sonrisa franca, afanada también en guardar el suyo junto a su viejo misal.
- "Seguro. Aunque sea un momento. Cuando cierre la ferretería y haga la caja". Sacar el negocio adelante siempre fue mucho esfuerzo aunque ya, por suerte, no la saqueaban rojos ni azules. Y daba igual el bando, hala niña, dame la caja, la cantinela semanal durante los años negros. El que bajaba antes de la montaña, ese se lo llevaba. Y otra vez a cero. Eso sí, llevar la contabilidad entonces era más fácil: el haber siempre negativo. Pero Minuchi dormía más tranquila. Arqueo terminado.
Se despidieron en la esquina de la calle, una para El Progreso y otra para El Sol.
A Nines le dió un vuelco el estómago. "La voy a echar de menos. ¡Mira que irse a Madrid! Allí, sola con el madrileño, empezando todo de nuevo. Sin este aire limpio. Pues no lo entiendo. Pero tengo que entenderla, meterme en sus pies. No nos vamos a despedir así".
Minuchi corría pensando en los últimos arreglos de la ropa de la  boda. No era mucha cosa, pero era lo suyo. "Me tiene que dar tiempo a acercarme a la farmacia. No la voy dejar así. Todavía tengo cosas que explicarle. Lo tiene que entender, Dios mío. Le tengo que meter en esa cabeza dura que estoy contenta, que es lo que quiero hacer, que en la capital sobreviviré como siempre, que ella a su Publio, que yo a mi Enrique y a tener hijos y sacarlos adelante. Le llevo las almadreñas y la obligo a meter los pies. Ah, que no se me olvide: la receta del bacalao con ajos que le sale tan bueno. En Madrid no tenemos el mismo pescado".

Se miró en el espejo buscando qué ponerse en el cuello. El traje le quedaba bien pero su pequeño escote pedía a gritos un  detalle de brillo. Nada que destacara mucho. Era el acto oficial de nombramiento de su cargo. Buscó en el joyero. Determinar las variables, analizar características, visualizar resultados,  y tomar decisiones. Segundos, 101, 102, 103. 104, 105, 106. Y decidir. Lo reconoció: el colgante de las almadreñas de oro que le había regalado Nines el día de su comunión.  Las apretó con la mano "qué pequeñas, como me ha crecido la mano". Se lo colgó y se volvió a mirar. Perfecto. Ahora, sí. Vámonos, no lleguemos tarde, habrá tráfico.
El acto se desarrolló como esperaba, protocolario y sencillo. Personas, las justas y más cercanas, sonrientes y tranquilas. Situadas detrás, como un muro de contención infranqueable, lealtad sin fisuras, ojos que te ven y ven lo que tienes delante. Ojos de lince burgalés que otean todo el prado y los más mínimos movimientos alrededor del ganado que hay que proteger. Su marido, su hijo mayor y quién le había hecho la propuesta "¿para qué más?". Mientras sonaban las palabras necesarias, domésticamente solemnes,  de la toma de posesión, sin perder comba, como en el patio de colegio, podía pensar  en dos cosas.  Hacer tortilla de patatas y  redactar el problema de física que iba a poner en el examen de mañana. Tenía mucha práctica.
De nuevo se iba alejar un poco, de nuevo la iban a prestar  a los ajenos pero no le faltaba la certeza de que al volver a casa no habría reproches, ausencias ni soledades. A la mañana siguiente empezaría en su nuevo despacho un difícil trabajo del que - "esto no va a ser fácil" - apenas vislumbraba la punta del iceberg. "¿Conozco mis fuerzas? Creo que sí". Una vez aquí, no caben titubeos, y esperaba tenerlas cuando las necesitara. "Método, método, método, ciencia, ciencia, ciencia y escasos recursos exprimidos al máximo, rectificados, ajustes según necesidades, lo que sea preciso para que se adapten a lo inesperado, ensayo - error - ensayo - acierto - verificación, volver a calibrar, probar otra vez, empezar de nuevo, cambiarlo todo pero siempre con el fin claro, lo que busco se puede encontrar". Se sabía la lección. Sí, conocía sus fuerzas. Desde muy pequeña aprendería deprisa a ser mayor y a crecer mucho, tanto que terminó por sacar una cabeza a las demás y media brazada al estirar la mano. Como a algunos arrogantes que se le cruzaron en el trayecto, poniéndose de puntillas. Por eso podía ver un poco por encima el panorama.  Por eso le encontró a él: era más grande.
Experiencia en lo nuevo: insuficiente tal vez, pero con la dosis  de sentido común calibrada, de fabrica, que para tanto le había servido. O, al menos, eso creía ¡qué caramba! que ya eran muchas las decisiones que tomó en esa vida que ya era larga pero corta en años porque tuvo que madurar antes. Y algunas, a contracorriente.
Muchas felicitaciones, te lo has ganado, lo vas a hacer muy bien: voces conocidas. Gracias por vuestra confianza, cuento con vuestra ayuda: respuestas amables y agradecidas. Pensar y hacer dos cosas a la vez.
 Y, pensaba mientras tanto,  se vio en la casa del pueblo, de la mano de su madre, acompañándola a casa de Nines. Se volvió a tocar el colgante. Y la reacción química en su cerebro reptiliano se puso en marcha. Era solo cuestión de cambiarse de almadreñas, ahormarse a otras distintas y ver por dónde te apretaba el juanete, qué huecos no rellenaban tus pies y tenías que ponerte unas zapatillas más grandes para que se ajustaran o, si al contrario, había que contraer un pocos los dedos, de  natural expansivo, o con el pie suelto, para caminar por los difíciles caminos que había que recorrer. Piedras inesperadas, algún charco que no preveas. Despacio pero con ritmo. Lo había aprendido de dos mujeres que intercambiaban sus almadreñas para que los pies ajustarán lo que las cabezas no sabían.

Minuchi y Nines. Nines y Minuchi. Minuchi, su madre, Nines, su amiga: dos pares de almadreñas intercambiables. De allí arriba, en el Burgos de arriba, el de los cántabros que no lo son hoy - tiempos de Autonomías constitucionales- , pasiegos de verdad - remota comarca común -, donde hombres y mujeres deben saber leer por Dictado Real.
Nines era algo mayor que Minuchi, niña de ocho años que se quedó sin padres y Nines cuidó. Desde 1920, allá en su escuela, amigas inseparables, hermandad voluntaria, hasta que un matrimonio llevó a Minuchi a la gran capital en el 47.  Después, amistad hasta la muerte y en el más allá. San Pedro les guardaría una silla juntas.

"¿Por dónde me vendrán las dificultades?". "Muchas gracias, espero no defraudar vuestra confianza", contestaba sonriente, doble cerebro y triple si el asunto lo requería. "Las estoy viendo", pensó mientras seguía saludando, hasta el gran jefe estuvo cariñoso

Nines, con ocho años, no era tímida, y Minuchi, más pequeña  podía agarrar su mano para no sentirse tan sola, con tanto hermano mayor. Nines, impulsiva y extrovertida podía tirar del carro de sus pequeñitas vidas, y sacarlo del barranco cuando la tristeza embargaba a su niña adoptada. Minuchi iba creciendo y cada vez más reflexiva y lista, apretaba la mano de Nines para que el camino fuera más seguro y firme para las dos. Compartían una extraña dualidad: libres y religiosas, quizás se sentaban en el banco de la iglesia para meditar mientras parecía que rezaban.  A eso el párroco le llamaba la Comunión de los Santos. Ellas sabían poco de tanta teología pero pensar a la vez, en la intimidad del banco oscuro del final de la iglesia, cavilar en lo que a las dos les preocupaba hacia que las soluciones fluyeran mejor. A la salida, con solo mirarse, las cosas empezaban a estar más claras. Hasta cuando se echaron novio. Nines se enamoró por correo forzoso con los del Frente, su Publio, alma desigual pero paralela. Minuchi con su guapetón madrileño que la volvió a dejar sola demasiado pronto con tres bocas y mentes que alimentar y nueva contabilidad por cuadrar. Nunca dos matrimonios amigos, siempre dos hermanas, sin leche ni sangre común.
Nines, más convencida de lo beneficioso de la protección eclesial que de la posibilidad de una futura vocación religiosa de sus hijos, los mandó a educarse al seminario, ella, una mujer de ciencia, que pasó su vida detrás del mostrador de una farmacia, con culebras en la bañera para que las niñas no tuvieran miedo al verlas en el campo. Solo uno se le hizo cura entre esas paredes, llamado por ese Dios al que, como oráculo al que ambas hablaban, se lo llevó a su servicio. Eso sí, uno salió cura "revolucionario" como Nines le llamó siempre.
Minuchi, viuda joven con tres hijos, adelantada a su tiempo con su carrera de contable, siempre al frente de su negocio, se empeñaría en que estudiaran, al precio que fuera, con los sacrificios que fueran, aunque su espalda se quebrara en el intentó. Y lo logró.
A ambas la vida les dio tiempo para ver, entender y compartir los vericuetos de la vida del fruto de sus vientres: un buen resultado.

Terminada la toma de posesión, respiró hondo. Los tres se fueron tranquilos para casa. El pequeño esperaba para cenar. Frente al espejo se quitó el colgante guardando lo más profundo de su alma en su joyero. ¿Lo había meditado suficiente? Se preguntó que le dirían esas mujeres: ¿qué ganas y qué pierdes?, ¿a qué renuncias y qué puedes alcanzar?, ¿qué puedes obtener después y qué tienes ahora? Cien gramos son cien gramos, de Flor de Sauco o de tornillos. ¿Es lo que hay? No. Se cambia.


Nines y Minuchi. Minuchi y Nines: un intercambio de almadreñas para enseñar, para aprender. 

martes, 16 de mayo de 2017

"Voláre, voláre, voláre"

BARCAS

Mi abuela tejía los calcetines a ganchillo. Eran preciosos aunque quizás el polvo del tiempo los suaviza  y ablanda sus arrugas. Seguro, me molestaban los zapatos porque el hilo de algodón, con caracolas y puntos largos, crecía un número. Como la rebeca de angorina: otra vez la abuela y sus primorosas labores. Como la colcha que hoy doblé en mi cama. Mi madre había cosido el vestido, y otro más, y otro más, por si me manchaba. Íbamos al pueblo de mi padre. Bueno, la verdad, era La Mancha de mi madre. Ella creció allí aunque parecía ajena. Él, mi padre, era de otro lado, un hermano de cada sitio, que la juventud herra mucho y uno siempre termina por ser de dónde elige. Así se forjan las patrias. Total que iba a las fiestas de septiembre, las importantes, la Virgen. A la casa de mi abuelo, que parecía suya y que nunca lo fue. Estaba en los soportales de la plaza, en todo el centro. Donde se ponía la feria. Tachum-tachum.
Olía a churros de la mañana a la noche. ¡Porque las patatas fritas del medio día mantienen olor a churros!. Los puestos de chuches  - para mis hijos -  estaban entre los soportales. Me parecía que lejos. Vendían de todo, pulseras de cuentas, anillos falsos, pendientes de colores. Y regaliz. Sin accesorios para el móvil, los bolsitos eran pequeños y de plástico con olor a coche nuevo, ajenos a made in Hong Kong. En el centro del empedrado los carricoches, los caballitos, la gran noria y mis preferidas, las barcas. Porque me gustaban mucho. Más fuerte, más fuerte, envite, envite, que se muevan las faldas. Un día me di la vuelta, volé cabeza abajo: vértigo prohibido a mis hijos. Mito y sueño: lo más, la horizontal.
Total que con zapatos apretados, mi vestido de piqué y una libertad que no daba la glorieta del metro, salía a la calle. A pasear hasta las dos, ¡todos a la mesa! Podía ir de casa en casa, buscando a amigos que no he vuelto a ver, comiendo pipas saladas y mantecados para invitar, eligiendo lo que rogar hasta la extenuación de  hartura de una tía que lo escamoteaba. “Esta tarde te lo compró” “¿por qué no ahora?” “Marisol, cállate o te doy”.”Anda, tía”. “A la tarde, jodía niña”. Mis padres salían a tomar una cerveza con gambas y allí estaba yo, patatas fritas y una naranjada de botella redonda, gordita, mirinda. Y sin ganas de comer. Era mamá la que guisaba y me mandaba a la siesta. Mentira: no me gusta dormir cuando el día brilla. Y otro vestido para la tarde hasta que pasara la procesión. Imponía, era guapa, de blanco y oro en su gran corona y tenía que callarme, yo que ni bajo el agua tengo silencio. Mi madre: siempre tan guapa, mis hermanos: estúpidos, mi padre: Glend Ford y mi tía: buscando novio. Por fin, estaban en mi territorio, algo me compraban, a los caballitos como una pequeña, con el llorón, los coches de choque aguantando a la fitipaldi de la segunda que ahora tiene miedo a conducir. Y a volar a las barcas, una vez, y sólo otra vez más. El bocata para cenar, cómete la fruta y vamos a los fuegos. El llorón seguía llorando, nunca le gustaron los castillos artificiales, le tapaban la cabeza, con el rabo entre las patas como siglos después gemía mi perra. Y a dormir agotada.

TERNERAS

Ya llegó: 16 años y una pandilla. Vaya fastidio madrugar para ver el encierro de los toros. La Virgen de Agosto. Ella y yo salíamos juntas de casa. 6 de la mañana. A diez pasos, cuesta arriba, ya lo sabía: “Cállate, que voy a correrlos”. “Ten cuidado”, le decía. “No te pienso ayudar como mamá se enteré”. Era la mayor. “Déjame en paz, en mí no mandas” y salía corriendo, la canija. Hacía fresco en las mañanas de la sierra madrileña, agosto cruzaba la mediana y a la piscina le quedaba poco para el verdín. Los esperaba en la plaza sentada con las amigas: la panda. Ellos, veraneantes de fiestas y tienda de campaña, estaban por llegar, apelotonados. El Toro del Aguardiente, entre troncos de burladero, sin leyes de protección urbana. “¡Cuidado, Bravo; salta Pedro; Conchi que te veo! Ya verás “. Nunca de acusica, un secreto a voces oculto para seguir como la buena, la mayor responsable, destino para toda una vida de pelusa compartida. Luego piscina, salto desde el trampolín y música de los Beach Boys. Cada día un pantalón nuevo, de los que en rebajas podía comprar sola, minifaldas a lo Massiel, y guateque en casa del Juli. Había procesión pero no me enteraba. ¿Cómo lograban ellas que él les hiciera caso? El cuerpo me había explotado y a las otras también, pero menos. Tiernas terneras. Me pareció mucho pero tardó poco tiempo en ser una ventaja: siempre te llega un día en que eres la reina - si te lo dejan creer -. Más patatas fritas y Adamo con cubata. Me gustaba el baile, porque era volar, girar en el aire para buscar unos ojos que  miraban a otra. Una noche me enfade. “Ven conmigo”. Y me besó. Años después descubrí porqué. Me dio asco y él también se enfadó su tanto, macho herido. Era mi sueño pero no mi tipo. A la noche a los fuegos con manta para el relente serrano. El último castillo era un trapo con la efigie de la patrona y el himno nacional. Chunda-chunda. Mi hermano se metía debajo de las tablas y ella, la canija, se escapaba al ruedo para que las chispas quemaran su camiseta. Ya no la veía, eran mejor los otros, como novillos.

 Y VOLANTES


Aunque no eres de la tierra me apetecía ponerme el traje de volantes, sin disfraz. Un dineral gastado en su hija que, ¡buena amiga!, me dejó pasear cuando los años y los partos y la eterna dieta aún lo permitían. 12 kilos de bata de lunares amarillos, peinetas, y una falda que volaba. La mayor no me dejaba en paz y la pequeña se podía dormir en cualquier rincón. Pero una luna de agosto en la costa de este lado de África, pasando de procesión, agotada de recorrer la feria, mareada de subir a la lanzadera, de la casa de los horrores, de “mamá, cómprame, mamá dame, mamá quiero, mamá me aburro, mamá me canso”, era el sueño realizado del envite. El traje era perfecto; mi sueldo pagaba el chorizo frito; cuidaba de los que elegí cuidar; la Virgen era de otros, del otro bando; lograba sortear el toro diario; y bailaba en sus brazos. Después de los fuegos. De nuevo, oí la voz de su abuela, desde muy adentro: "Es lo que hay". Giré, como en la barca, ternera morucha, aunque fuera sólo otra vez.

domingo, 7 de mayo de 2017

Negrete y la Virgen de Fátima


Se venden melones en la cuneta. Seguro que había alguno en la nevera de la casa. Aunque intentaban salir pronto de Madrid, siempre llegaban a media tarde. Hacía un sol de justicia.  Cruzando los pueblos de este lado del Mar Menor, no se veía a ni un alma en las calles pero se olía el salitre. Entraba suave por las ventanillas abiertas del coche, eterna pelea. -"Cierra que entra la solanera".  Ya no sabía cómo colocarse, el culo planchado después de siete horas de viaje. Echó un trago a la botella de agua. Caldo.
Él corría a todo lo que daba el coche. Había que cruzar cuánto antes la zona del centro comercial y los grandes hoteles. Se empezaba a enfadar. Mejor callada. El atasco, como a toque de corneta, se montaba a las cinco. Entre los que van a comprar y los que buscan el baño de la tarde, parece la acera de la Gran Vía madrileña en Navidad con cada peatón en su coche.
- "Que barbaridad, estas moles de edificios. No veo el mar. ¡Qué ganas de bañarme! Ya hemos pasado la heladería. Ya queda menos", pensaba sin decir palabra. Estaba como anestesiada, ausente, dispersa. Entre el disgusto por un suspenso incomprensible en la primera defensa del tema oral y la alegría de esa buena nota en la segunda con el mismo tema, entre un trabajo seguro para toda la vida pero que no había hecho nunca y el miedo por un destino muy lejos de casa, su cabeza estaba a punto del crac. "Estás neurótica".  Tardaría décadas en entender que su vida siempre fue igual. Lo que buscaba no lo conseguía y, a cambio, siempre llegaba a algo que resultaba distinto, casi mejor. Ella quería un caballo que no sabía montar y los de Oriente le dejaron una bicicleta Orbea roja para su disgusto y el de su padre. Y una buena herida en la rodilla.
Él conducía a su lado. Sentía seguridad.
La carretera se iba cargando, poco a poco, como un camino de hormigas que se va llenado hasta colapsar, miles de las hormigas que se incorporan por cada lado, vaciando su hormiguero vertical.
-" Ya llegamos. Por fin", se dijo silenciosa. "Estamos casi al final de esta lengua de tierra entre dos mares". Maldita literatura. Consigue imaginarla sin casas. Una playa infinita a derecha e izquierda. Aguas bravas y aguas mansas, frescas y calientes, juntas, a cien metros. Una mano en cada mar.
Ya está harta de pensar. Está cansada de pensar. Su mente es como un perro con heridas, se metía en su rincón, se lamía sin parar y esperaba. El dolor se irá calmando. Al final, " es lo que hay", o te paras en lo que tienes o sigues. Una y otra vez, una y otra vez.
Cuando salieron de Madrid, hablaron un rato del asunto, analizaron los detalles machanonamente, ese proceso duro entre las ansias, el esfuerzo y una recompensa a medias. Pero se calló. Se aburría de sí misma. Era como si hubieran cortado su cerebro a la mitad. El silencio mental, con su "runrun" de fondo, no cabe otra salida. Era su manera de reponerse.
Cuando subió los peldaños hasta el apartamento, ya se oían las voces. Los chicos bajaban a darse su chapuzón de tarde: el mejor.
Estaba deseando ponerse el bikini y nadar un rato. Su piel pedía sol.
La casa, como siempre, estaba llena.  Su padre había recogido a la niña la semana anterior y la pequeña salió corriendo a recibirlos, tostadita, carita de luna con sus dos años.
-"Ya bajamos a la playa, déjame dejar la maleta. Espera", le dijo al verla tan alegre.
-"Hola bonita. !Qué guapa estás, como siempre!". Era la voz amigable de una mujer de 60 años en el quicio de la puerta, familiar desde su nacimiento, con un olor a limpieza doméstica que desprendían las manos más blancas imaginables por tanta lejía fregando suelos, que planchaban con primor profesional, como su bata fresquita de flores pequeñas que se separaba de un cuerpo en el que se contaban las venas como rayos azules.
-"Hola Juana", contestó con un beso en aquella mejilla de piel finísima. "¡Qué gusto verte!".
-"Mamá me ha invitado a pasar unos días con vosotros. "Estaréis cansados de tanto viaje. ¡Y este calor!".
¿Cómo vamos a dormir?, pensó al momento. Eran muchos. Como siempre. La casa era grande, raramente grande para un apartamento de playa.
-"Deja la maleta en la habitación de las dos camas. Los pequeños duermen los tres en la otra.  Juana en el sofá del salón. Sale la cama de debajo", oyó decir a su madre que siempre tenía todo controlado, leyendo su pensamiento.
Reconoció la rutina. Ya sabía que cada noche, a media noche, mamá se levantaría como una sonámbula de gran camisón, arropando  a todos, andando por las terrazas para mirar por las ventanas por si estaban destapados: "El relente es malo. De madrugada refresca". Conocía la respuesta y el primer problema: conseguir una camiseta vieja, pudor molesto y ancestral. No había contado con ello. Ellos dormían sin pijama.
-"Hay toallas suficientes. Quitaos la arena antes de subir. Papá se encargará de traer comida y bebidas. Daos crema que el sol quema mucho este año. Me paso la mañana guisando. Esta nevera no enfría lo suficiente. ¿Mañana qué comemos?" La misma retahíla de siempre, apuesta segura, siempre mamá. Pero ya estaba en casa. Ahora podría descansar. El agua del Mediterráneo y el sudor de la bicicleta harían de eficaz ansiolítico. California dreaming.
Esa noche no salieron con sus amigos a tomar una copa. La terraza de delante parecía fresca por el rumor de los olas.  Los niños ya dormían y los demás estaban en el bar de la piscina de la urbanización, blanco y negro y un buen gin tonic. A ella no le apetecía bajar. Un descafeinado con hielo en la tumbona de rayas. Juana se sentó a su lado.
-"¿Qué tal van las cosas, Juana?" le preguntó por charlar un rato. Una rara compañía, una voz tranquila después de tanto jaleo.
-"Bien, como siempre. Madrid está asfixiante. Me llamó tu madre y me vine con tu padre. Ya sabes como me quiere. Desde que murió Román, a veces estoy un poco sola. El chico no se puede ocupar de mí, tiene su familia y se han ido unos días al pueblo. Aunque no me bañe, aquí estoy más fresquita".
Se acordó de tantas tardes con sus padres en el campo, con Juana y su chico, de ese "respira hijo, respira" que decía convencida como si el aire de la ciudad no fuera aire. Nos hacía mucha gracia.
-"¿Has visto a la abuela? No he podido ni ir a verla" le preguntó.
-"Como siempre. El viernes estuve con ella en Conde de Súchil. Ella por las noches, al menos, se sale a la azotea y respira. Mira que lo ha pasado mal en la vida, pero ¡es tan fuerte! Está bien, le duelen los juanetes, pero está bien".
- " Las de tu generación sois tremendas", le respondió.
-"¡Qué va, hija! Aunque vivimos lo nuestro, no creas. Eran otros tiempos". Era poco locuaz. Se sorprendió al oírla un comentario. En verdad, nunca habían mantenido una conversación. " Voy a recoger el toldo". De nuevo se sentó. y tomó una sorbo de su agua con limón.
Ella conocía desde niña la enorme amistad que unía a esas dos mujeres mayores, siempre presentes, extrañamente unidas, tan distintas que, a veces, llevaron a su abuela a criticar, con cierto desenfado mordaz, su mansedumbre, tanta capacidad para aguantarlo todo en silencio, a ese marido que llegaba borracho hasta caer rendido y a ese hijo único y mal criado que la tiranizaba como un rey a su esclavo. Y ahora la dejaba sola.
-"¿Te he contado alguna vez cómo me quede embarazada del chico ya con 38 años?".
Se extrañó de su tono cordial y cercano, de que le contará algo de sí misma. Siempre tan discreta. Ella había oído contar esa vieja historia familiar muchas veces, pero nunca de su boca.
-"Fue por Jorge Negrete y la intercesión de la Virgen de Fátima. No me quedaba en cinta nunca. Tu madre era como nuestra hija. Tu abuela cuidaba de tu tía  y tu madre venía muchas veces a comer conmigo y a coser. Ya sabes las manos que tiene.  Román - no se puede ocultar-,  a veces se pasaba con los chatos y yo pensaba que un hijo le haría dejarlo".
-"¡Vaya Juana! Buena combinación, un poco extraña, ¿no? ¿Cómo fue?" siguió, mostrando un interés sincero. Nada mejor que una buena historia.
-"Era el año 48. La Virgen de Fátima llegó a Madrid. Cosas de Franco. Y se me ocurrió. Hice una promesa. Me acerque con tu madre a la procesión a la Glorieta de San Bernardo. Le pedí con todas mis ganas un nuevo embarazo y le toque le manto. 13 años buscándolo después del primero que perdí. Un hijo cambiaría a Román, estaba segura. Y a los pocos meses ya tuve mi primera falta.".
- "Juana, ¡parece un milagro!", le contestó un tanto burlona, mujer de poca Fe.
- "Los periódicos dijeron que la Virgen había hecho muchos en Madrid. El mío no salió en los papeles pero yo !me quedé!"
- "Y Jorge Negrete, ¿qué tiene que ver? ¿Os animaron las rancheras?", preguntó capciosa.
Esa mujer de ojos claros tenía una gracia particular para decir sus cosas, una retranca en la intimidad entre gallega y de madrileña cañi que ella recordaría toda la vida. Como la de su abuela: menudas lenguas para "cortar trajes" a la que se pusiera a tiro.
- "También vino a Madrid ese año el cantante. Tu madre quería verlo, como esas chicas de ahora con los que llevan melenas, y yo la acompañaba por las tardes a las puertas del Palace. Se llenaba de mujeres. Nunca lo vimos. ¿Sabes que dijo que dónde estaban los hombres en Madrid? A lo mejor eso animó a Román. Poner en duda  a los españoles, mira tú".
- "¡Qué cosas tiene Juana!". Pensó en el honor patrio que un mejicano se atrevió a poner en solfa. Pensó en aquella mujer que confió a la Fe y la testosterona para cambiar su vida. Se estaba levantando una brisa agradable. "Hoy vamos a dormir mejor".
Empezaron a llegar todos, camas por medio, doblar las toallas secas para que el relente no las humedeciera, prisas por entrar al baño, pijamas, un vaso de leche para el llorón de cada noche.
- "¿Y mañana qué comemos? Tengo unas judías verdes muy buenas", volvió a decir su madre.
Lo que menos le gustaba era que dormían en camas separadas. Pero, en unos días, eso cambiaría.


miércoles, 3 de mayo de 2017

DOS SON UNO + UNO



ESE y EME, cuando eran pequeños, vivían en una CUEVA.

 EN LA CUEVA

Allí caben muchas cosas. Y muchas personas. Hasta JOTA tiene un hueco. Pero eso será después, cuando la tripa de mamá ya no esté gorda.

EME casi siempre está dentro. ESE, desde fuera, lleva fruta y verduritas para comer. En el país de la CUEVA no hay super.

Si mamá pregunta a  EME qué quiere comer, él contesta seguro: "Lo que diga ESE". Ya en el hospital, ESE, un sabio de casi dos kilos, sabe esperar a que termine su ración de leche dulce. ESE pesa veinte gramos más.

En la CUEVA, EME tiene otro hermano, mayor y grande. "Solo lo conozco yo. Los monstruos y los enemigos lo temen". También temen al gigante Gordigón que ESE vence siempre, con la capa de trapo que la tía le recortó.

Es muy fácil entrar. EME y ESE se miran: "¡Ya estamos en la CUEVA!".

Pero no hay problema ni lío: ESE y EME también viven  en el país de su casa. Con papá, mamá y los abuelos, Carlos y Diego, Mimi y Kême, Pablo, Daniel y Gabriela. Y todos los demás.

En la CUEVA, hay otra familia. "Son otros, se acabó. No hay más que hablar", dice EME, muy seguro. Los mayores no entran en la CUEVA. "Bueno, el abuelo sí", piensa ESE, agarrando su mano en el parque.

¡SOY TU CARA !

Sin poder entrar, los mayores saben que, a veces, EME y ESE, desde muy pequeños pueden estar allí metidos. Mamá ya lo sabía cuando los bañaba, de bebés.

Mamá los pone muy juntos frente al espejo, sentados en la repisa. "Tú eres EME". "Tú eres ESE", decía riendo. Ellos piensan: “Somos distintos y todos nos ven iguales”.

Mamá siempre pregunta: "¿Quién está ahí?" EME mira al espejo. "¿Soy yo? ¡Hay dos ESEs!". Mamá se empeña: "Tú eres EME, él es ESE. Tú eres ESE, él es EME". ESE se ríe a su lado. ESE siempre piensa que, dentro del espejo, ve dos EMEs.

Nunca visten igual. "Veo mi pantalón azul con tu camiseta roja en mi cuerpo" le dice EME. “En la CUEVA yo tengo mi propio anorak y te has puesto mis zapatillas”, responde ESE.

ESTOY AQUÍ

En casa de los mayores, tampoco duermen en la misma cuna. "Yo estoy en la mía, tú en la tuya. Es mejor. Y nos dejan hablar", le dice EME cada noche, y tira el chupete. "Los mayores usan las otras palabras. Están fuera de nuestra CUEVA y no saben hablar como nosotros", responde ESE, repitiendo algunos ruidos como los de papá. Cuando se asoman a la puerta, los demás nos oyen reír con la luz apagada. El sueño ya vence a ESE mientras que EME habla, habla y habla. Porque contar cosas puede ser muy útil, hasta el llanto bajito de ESE ayuda a soñar.

Pero una noche ESE estaba demasiado triste. EME, ya en la puerta de la CUEVA, quiere dormir, cogiendo fuerte la etiqueta de su pepito. ESE llora mucho, agarrado al borde de la cuna para estar de pie. Y no se calla con el trapo tapándole la cara. Con seis meses, es difícil que los mayores entiendan tus penas. Papá y mamá no saben qué hacer.

EME sí lo sabe. EME se agarra fuerte a los barrotes y se levanta. "ESE, estoy aquí, busca como entrar dentro" le dice, y mamá no lo entiende. "Ya te cuento cómo arreglarlo", le repite, tocando su mano, suave. EME habla y habla y habla otra vez. "¡Ya entramos los dos!". ESE va callando. Y responde chupándose el dedo: "Vale, vale, mañana me cuentas más".

A veces, no estamos de acuerdo."Fatal, fatal, fatal", se oye desde la oscuridad de la habitación. "No, no, y no",  respondes con esas palabras de mayor. Papá no entra para mandarnos callar, ya sabe que nosotros lo arreglamos todo.

ESTÁS A MI LADO

Porque la vida en el país de la CUEVA tiene problemas de cada día que los mayores no solucionan. ESE y EME crecen y ya pueden andar, coger coches y pelear. Y ser amigos otra vez. “Aprendemos muchas palabras de papá y mamá”.

Correr por el salón de casa es divertido hasta encontrar las cortinas, una y otra vez. "Corre. Yo, en este lado. Tú, al otro. Los demás, fuera  de la CUEVA, lejos, en el sillón". ESE y EME chocan sus manos a través de la tela transparente que tapa la ventana y su risa fuerte se oye en toda la casa: “No podemos parar de reír”. "Salimos y entramos al salón cuando queremos. Estamos muy juntos aquí dentro ¿Te acuerdas?".

Vivir con los mayores, también es divertido. Despertarse por la mañana es estupendo. Tú estás ahí y no hay que llorar. Da mucha risa lo bien que lo pasamos. Porque EME es un niño orquesta, dicen los demás. Imita todos los ruidos. "Y no te deja hablar", piensa ESE.  Hasta conoce poesías:

"El otoño ha llegado.
Todo cambia de color.
El suelo tiene una alfombra
Roja, amarilla y marrón"

Además, aprendemos cosas. ESE lo explica todo. Él lo entiende: "Esto - ¡tan difícil!-, hoy lo hago yo; y te lo enseño. Tú lo haces mañana. ¡Y me enseñas lo que has hecho ayer!, ¿vale? ". Es como los dientes: hoy me salen a mí y mañana a ti. Hoy andas tú y mañana yo. Si EME está malo, ESE llora para acompañarle. Está a su lado.

 ¿DÓNDE ESTÁS?

A veces, es difícil reír. Como esa tarde cuando se llevaron a EME al hospital. Al mismo donde salimos el primer día de la CUEVA. Otros días, ESE tose; o a EME le duele la tripa; o a su cuerpo - se queja - "le han salido granos". Aunque papá o mamá te llevan al médico, no pasa nada. Pronto vuelven con el hermano y la medicina.

Pero una vez tardaron más. ESE pasa tres noches sin contar sus aventuras, sin oír a EME empezar con "Había una vez" para dormir; sin que canté su canción de "La, la, la", cuando le arranca el coche de su mano. A  ESE no se le va la tristeza, y mamá lo nota. ESE no encuentra el camino para entrar en la CUEVA.

¿Cómo ESE va a salir a la calle sin agarrarlo fuerte de la mano y decir: "Vamos EME"? "A quién va a mirar confiado cuando algo "está fatal"? ¿Cómo va a hurgar sólo en el cofre de tesoros del bolso de la abuela?  ESE no encontraba como  dar la mano a EME cuando los "dibus" le dan  tanto sustito. ESE grita por la mañana: "¿Dónde estás?" y EME no sale. No se esconde, debajo de la sábana para asustarle: "Soy yo, estoy aquí" y no lo dice.

Solo queda esperar, chupándose  el dedo ¡Él va a venir!

TENEMOS SUPERPODERES

Porque la CUEVA da superpoderes. EME sabe que a su cuerpo le pasan algunas cosas que ESE, que lo explica todo, no  entiende. Sentado en el orinal, "aprieto y no sale", le dice. EME se pone rojo sin que le hagan nada y se hace heridas por jugar y caerse. Se inventa la canción de la "Gallina Carolina" para bailar y se mueve como las señoras de la tele. Pone cara de payaso diciendo "soy EME y estoy aquí dentro”.

ESE también tiene superpoderes. Con dos años, se pierde en el parque y sabe volver solo. Se lo explica al abuelo. "Me he ido del parque andando y llorando". EME, otra tarde y más mayor, tampoco encontró al abuelo en el camino de vuelta. Pero ESE, desde la CUEVA, le gritó cómo volver y se acordó.

EME inventa "calabras" como el del coche "pimiento", que papá llama Fiat 500. Sabe que el pis es la salsa de la caca;  que mamá se "pone los otros ojos" y los llama lentillas. Hasta sabe hablar desde muy lejos con el coche de Rrallmacuín, más bonito que el móvil de papá.

Cuando están dentro de su CUEVA, ESE, dormido, puede decir, "coge al abuelo" y EME lo encuentra. Sabe llamar a EME con solo mirarlo, y él viene. Como el ascensor, que los mayores traen tocando un botón y ellos solo gritando muy alto "Ascensooorrr".

ESE recoge cosas especiales del suelo, en la calle, en la casa, en la CUEVA, en el patio del cole. Él lo explica: “Me interesa”. Sabe que es extremadamente limpio aunque mamá se empeñe en lavarle las manos y no dejar que chupe su dedo. Guarda esos "cuenteuros" que dan a papá en el mercado, que paga con los dineritos rojos, amarillos y de papel.  EME siempre sabe dónde los guarda:”Están ahí, dentro, en la entrada de la CUEVA. Búscalos, en el cajón”

 Y los dos ya aguantan muy bien el peso de JOTA sentado encima de su tripa. Tienen superpoderes.

ESE Y EME tienen tantos superpoderes que, aunque no van a la misma clase del cole, se encuentran. ESE se lo dice: “No te busco. Te veo”

FUERA DE LA CUEVA

En algo coinciden en casa y en la CUEVA. Nadie es más bonito que JOTA, su bebé. Y nada les gusta más que el abuelo pelando fruta para merendar. "¡Qué día más maravilloso!" dice EME cuando, en la cena en casa, recuerda la tarde en la feria cogido de su mano. 

El abuelo tiene "casipoderes" y puede entrar en la CUEVA. No lo ha hecho nunca. Papá trabaja, mamá trabaja, la abuela trabaja pero el abuelo no. ESE dice a papá que el abuelo es el más rico del mundo porque trabaja un día menos que Papá Noel. Y tiene un coche estupendo. Y ellos lo pueden conducir,  y llevarlo de la playa al campo con decir solo "Brumm". El país de la CUEVA tiene buenas carreteras.

Es muy fácil entrar y salir de la CUEVA y los demás no lo saben. Te puedes ir dentro cuando te mandan a pensar al rincón. Y se juega al  club de la "dlucha". Afuera, con el palo láser, también se vence al enemigo. Solo hay que decirlo: “Relájate, cobarde. Estás vencido". Dentro se pueden recoger los cacahuetes de los aguacates del abuelo y tienes una gran cosecha.

EME y ESE  tienen en la CUEVA su medalla de super- héroes por bomberos policías. Rescataron a un niño de un incendio. Aunque ESE dice que ya estaba muerto.  Fuera de la CUEVA, EME, una vez también lo fue. Se cayó a la charca de pueblo saltando con la bici. ESE no lo vio y no lo cree. Pero EME sabe que llegó a la orilla, tan contento, mojado y sin heridas.

Y fuera de la CUEVA existen más amigos. Hasta esa señora tan mayor, amiga de mamá, que quería ser otra nueva abuela; ¡de ellos que ya tienen dos! "¿Abuela?, no - le dice EME -. Pero nos encanta tener nuevas amigas".

Además está Kême, que tiene su propio país, y cuando se pinta los labios de rojo, a ESE le parece muy distinta, como una chica. JOTA ya comienza a hablar, sabe esconderse, duerme al lado y te quita las madalenas del desayuno.

 FIN

ESE y EME ya  cumplen cinco años. Son grandes. También se puede entrar a la CUEVA cuando te regañan. “Pero poco. La CUEVA es solo de niños pequeños”, dice EME. "Ya no. Aquí estamos bien, con todos los demás".Y la tripa de mamá tiene otro sitio para los nuevos hermanos, sabe ESE. Aquí, en el país de los mayores, hay muchas cosas que interesan. EME piensa lo mismo.



Pero ESE, a veces, lo duda. ¿Y si entra un poco en la CUEVA? El cole no se acaba nunca, y despertarse siempre en el mismo sitio, merece que grites "¡Qué clase  de futuro es éste!". EME también lo cree.