sábado, 4 de noviembre de 2017

MEMORIA LABIAL

Sintió los labios resecos. Pasó rápido la lengua para humedecerlos y frotó la mejilla por instinto, borrando la huella mojada de un beso que no le habían dado. Es una fea costumbre, decía su madre, "cosa de niños" que disimulas como adulto por pura vergüenza.
Veía una comedia romántica, una americanada, puro soma orwelliano en formato TV, tranquilidad necesaria, encefalograma plano, dama de Goya en sofá de Ikea. Pero, sin quererlo, su mente se concentró en un perfecto travelling óptico sobre el beso apasionado que los guapos y jóvenes protagonistas se daban. De pronto, de guión plastificado para cortar y pegar en miles de historias repetidas, ellos se miraban y se iban acercando las caras y, ¡hala! no se besaban sino, al más puro método Stanislavski, se deglutían, se absorbían como una bola de helado, como un flan tragado de una vez por apuesta de macho, como trozo de carne que se te ha hecho bola. "Claro, por eso lo llaman darse un muerdo", pensó sin pensar. No le parecía que esos besos fueran muy reales, demasiados alimenticios o alimentarios, a lo "rincón de recreo en el instituto", como si estuvieran jugando con una bola doble de chicle o dos  bazoocas, retorciéndose, masticándose. Sin embargo, se llenó de una extraña sensación bucal.
¡Qué pocos besos de cine le habían gustado! Recordó el mito de la gente de su edad, el Paradiso besual y ese enorme final de ósculos de Cinema, cortados y empalmados como gran regalo. Todos juntos. Resultaba tan hermoso pero, uno a uno, la cosa no parecía lo mismo: edulcorante artificial en sobredosis, sacarosa excesiva.
Intento recordar. De todos modos, Cary Grant besando a Audrey Hepburn en el barco el Sena, era una pasada, una Charada en toda regla. Igual proceso, con minuciosa y pequeña variación: poco a poco, aquí es ella la que engancha la cintura del galán hasta que él, loco encandilado,  le estruja su torso diminuto. No la besaba para comer su alma, la apretaba los labios con tanta fuerza como a su cuerpo de junco, le plantaba un sello indeleble, de los que no se borran ni olvidan, marca a fuego, como el tesoro que tanto buscaban por las calles de París.
O, al menos, era la imagen que ella retenía en su fantasioso ojo mental.
De nuevo, volvió en sí a ese beso comilón en primer plano, que se prolongaba en exceso en la pared de plasma de su cine doméstico y panorámico. Eran las obligadas cuarenta masticaciones por minuto para que te siente bien el alimento, filosofía macrobiótica, vigorésica, sanísima. Y, otra vez se le estrechó el estómago. Y se acordó de la madalena de Proust pero en beso. Como una ráfaga que despierta todo, lo agolpa, que te hace subir el suelo pélvico como los de avanzados en pilates.
Le perforó una idea como un taladro: los labios debían tener memoria. No: tenían memoria
Era eso: los labios no olvidan. No era la cabeza sesera magín entendederas mental la que recordaba los grandes besos de su vida, ¡eran los labios!, extraño tejido epitelial que, por proximidad física con el más memorión de todos los sentidos, ahí justo debajo de la nariz, por pura simpatía, se acordaban de cuando otros se le habían acercado para besarlos.
Siguió viendo la tontada previsible de verde praderas de jardín urbano con banco de madera sin pintadas mientras, como por encanto, el pensamiento se fue por donde le apetecía. Todavía le quedaba un buen rato de estulticia dulzona y la vería hasta el final,  mientras una sensación física, real, como el agua fresca cuando bebes deprisa, casi sorpresiva, grata y necesaria, se le subió a la boca. Pudo discernir uno y mil besos, todos distintos, agolpándose en sus labios. Fue una explosión como de fuegos artificiales en boca, cada uno con su color y su nueva palmera final, un Calabuch bucal.
Se despertó su TOC de administrador de sensaciones y empezó a ordenarlas. Mind maps, excell mental. Por cualidad, no por cantidad. Los labios recordaban categorías, no unidades. Imaginó su archivo como el de una enorme mercería: un solo botón en el frente del cajón y mil ejemplares dentro.
No, no todos eran besos de amor, ni mucho menos. ¿Cuántos eran de amor?: Pocos. Lo tenía que pensar, ordenarlos, intentar distinguir. Pero ¿eran sabores distintos o era un solo sabor? Lo descubrió de inmediato. No recordaba el sabor, aunque un beso de ajo era inconfundible. O de ron añejo. O de chocolate con leche. O de pasta de dientes. O de despertar. O de colonia infantil. O de lágrimas saladas.
Era más bien una textura mental, una sensación epitelial suave o áspera, una mezcla de calor y olor, una humedad o su ausencia, una fuerza de empuje o un leve roce, un tiempo largo o un instante, una repetición o un golpe seco, un peso o una ráfaga. Pero no era un sabor. Los labios besados no recuerdan el sabor.
Tenía que ordenar los pensamientos, los besos dados y recibidos, contabilizarlos sin números, clasificarlos, adjudicarles bien su categoría, no mezclarlos, hacer una base de datos de besos útil y de fácil manejo.
Volvió a pasar su lengua por los labios.  Ahí estaban todos. Tenía que hacer un zoom como los de Wim Wenders, plano final acercándose al muro hasta que, poco a poco,  microscopio y lente de aumento, van apareciendo los ladrillos y, dentro, simples granos de arena.
Esa era la sensación.
Todos los besos estaban ahí, en sus labios, solo tenía que aproximarse, buscándolos, no uno a uno - misión imposible - sino universo a universo, haiku a haiku.
Había  unos, muchos o pocos, de edición limitada, otros únicos en su especie. Otros se repetían y en su casilla eran miles, cientos, decenas. Unos seguían vivos, otros perdidos, de fondo de armario, de placa base. No le importaba la cantidad de besos repetidos, los labios solo distinguían esencia de calidad. Eran el mismo gesto o parecido, labio contra labio, de lado, de frente, desde arriba, escorados, inclinados, de presión, de broche, palpitantes, para distraer, pero nada era igual para ellos.
Decidió afrontar la ardua tarea clasificadora, empezó a ordenarlos y siempre desde lo obvio: la hagiografía de su vida. Pensó, por un momento, coger boli y papel para apuntar, pero ver aquellos nombres besados sobre el papel le resultaba obsceno, de fuera de sí, un poco flor seca dentro de las páginas de un libro olvidado. Solo lo pensó.
Eso sí, el criterio lo tenía claro: besos en los labios. Buscaba la sensación labial, una memoria que reescribía su lengua.
No valían los achuchones de despedida o de recibimiento, le parecían como emoticonos grabados en el carrillo.
¡Ni pensar en los besos depositados en la frente!
Fuera las cortesías de acercar mejillas corriendo el aire por medio, que en este país se besa demasiado. Sólo besos de verdad, esos de la española que cuando besa es que besa. Besos que los labios recordaban prístinos. Solo esos.
Pero necesitaba un criterio selectivo para organizar el conjunto, una buena negantropía, un eje sistémico que ordenara el caos besual. Y vio cada boca. Y no se pudo resistir y tiró de lápiz y papel, una tira del periódico que estaba encima de la mesa, como para hacer la lista de la compra del súper.
Lo tiraría.
1.- Sexo: sexo consumado o deseo.
2.- No sexo: familia, amigos o extraños
Familia creada o recibida
Amigos  presentes o recordados
Extraños reconocidos u olvidados
3.- Orden de recuerdo: cronológico
4.- Valoración
Le tentó esa idea de darles una calificación final numérica, su lista de tripadvisor, rastreator oscular, pero la desestimó inmediatamente. El recuerdo de los labios era pleno, de diez. Si no los recordaban, los labios sabrían porqué. Quizás su mente perturbada de tanto vivir trajera el recuerdo, una imagen, una situación, una historia, pero esos no valían. Solo contaban los besos sentidos.
Un leve roce de barba, un olor familiar, apenas en la comisura, alargando los músculos bucales como un cono, hasta apretar la nariz, con la boca ligeramente abierta, sintiendo la humedad de la lengua, con mocos, con calor febril, monacales, a lo brothers, con frialdad mortal. Y se le agolparon de pronto. Rompió el papel. Ya estaba la sintonía del diario de medianoche.