domingo, 2 de julio de 2017

EL


Él caminaba por el pasillo oscuro, lleno de cables y luces pequeñas, de aviso, rojas, blancas, azules, restos de aparatos irreconocibles y más cables por arriba, por los lados, por el suelo. Y polvo, mucho polvo, en los rincones, en las juntas infinitas entre ese ramaje interminable de más cables, en enchufes y conexiones, en los empalmes. Lo respiraba y le picaba la nariz más que con el guano pulverizado que, con destreza descuidada, repartía alrededor de los troncos.  Le habían avisado que no se tocará la cara y el leve maquillaje, que una amable señorita le había puesto en la cara, desapareciera. Su cara morena de tanto campo y casi nada de playa, cuero cuarteado, esteparia, podía dar muy pálida. "Un poco solo" le dijo, con su esponjita llena de crema oscura "para que no salgan brillos". Pero ese picor tirante le ponía aún más nervioso.
El suelo era como asfalto, parduzco, liso y caliente, poco agradable para unos pies pétreos, curtidos en botas viejas y en sandalias con suela de yanta, también viejas, endurecidas. Sus plantas encallecidas de tanto pisar entre surcos de tierra y de huerta, terraplenes llenos de hierbas escurridizas, bancales pequeños y empapados de riego a manta, entre piedras y ramas secas, de caminos sin asfaltar o pedazos de terreno cubiertos de una fina capa de hormigón casero, "con su poquito de portland" que tanto le gustaba extender, para conducir regatos de agua hasta el último árbol del último bancal, esos pies reptilianos no soportaban un calor que salía de abajo, como del infierno. Sus calcetines nuevos y los zapatos de domingo  le empezaban a resultar insoportables, los sentía más cansados que un largo día de poda y quema. Los metería, si pudiera, en el agua de un balate  hasta que se enfriaran. Pero el dolor era un viejo olvidado en un cuerpo hecho sarmiento, de viejas heridas curadas con agua y jabón en músculos como estopas enrolladas en sus huesos, en esa columna retorcida de tanto doblarse. Sin embargo, ahora esas molestias le crispaban. No dolían, hervían.
Sus ojos, hechos a la oscuridad de caminar de noche por los campos, con una vista de animal casi alimaña, no terminaban de adaptarse a esa penumbra de túnel, de tubería. Le faltaban sus viejas gafas, de patillas rotas liadas con esparadrapo que había dejado en casa por aparentar mejor. No reconocía las sombras. Se sentía más perdido que nunca. No podía dejar de imaginarse como uno de esos cerdos que crió en una granja porcina industrial de Barcelona que arreaba a las naves cochiqueras para engorde o para subir a esos camiones de transporte para un matadero. Allí trabajó los años necesarios para ahorrar lo suficiente y comprar tres marjales de tierra en la vega de su pueblo y levantar con sus manos un cortijillo mirando a lo lejos a un cercano mar azul, Mediterráneo,  20 metros cuadrados apañados, con cocina y pila, mesa y sillas de aquí y de allá y un viejo sofá con manta de ganchillo; y también para hacerse con el piso bajo, de dos dormitorios, con baño con bañera, muy arregladito por su mujer, la María, allí en el ensanche urbanizado de la ladera del casco viejo, a la caída del Castillo.
Como si viera una vieja película en el cine que cerró el ayuntamiento, venían a su cabeza esos mansos marranos de cría y cebo, orondos, que le seguían hociqueando con la cabeza gacha: ahora era él el sumiso detrás de una chica nueva, bajita y de culo apretado por los vaqueros, que se atrevió a mirar de reojo solo una vez, coronada con sus cascos en los oídos y un micrófono pegado a la cara que al que hablaba bajito.  "Ya llegamos", le oyó repetir un par de veces, acelerando el paso.
Se sentía más joven con la nueva camisa de rayas azules y su pantalón gris bien planchado aunque esa señorita del potingue de la cara le había comentado, sin demasiada atención, que tantas rayas harían un efecto raro. No la entendía. Él, que ya dudaba de que saliera bien lo que estaba haciendo, sintió un pellizco en la boca del estómago, como de hambre. "Francisco, ya vamos a entrar. Tranquilo. Está usted muy guapo", se volvió a mirarle, con una amabilidad tensa, un poco falsa, profesional, que él, perro viejo, rápidamente olfateó.  Pero apretó el paso. Ya no notaba los pies calientes ni le picaba la nariz. Ya estaba subido al camión.
Hizo un esfuerzo por recordar las indicaciones que le habían dado un poco antes de entrar en el túnel, en una sala impersonal donde esperaba sentado junto a otras cuatro personas que no conocía de nada y que apenas saludó. "Francisco, usted espere a que ella le pregunte. Esté tranquilo ya verá como todo sale muy bien. Son unos 15 minutos y se acabó".
Ya estaba ahí, lo había logrado pero daría algo por salir corriendo.  Y ya no podía.
De pronto un fogonazo que le hizo cerrar los ojos y un estruendo le aturdió aún más. Focos, miles de luces colgando, neones, grúas, raíles, personas cargadas con cámaras y mucha gente sentada. Y la señora Patricia allí, en el centro. Reconoció el lugar. Había visto el programa varías veces sin demasiado interés, en esas largas tardes de invierno cuando oscurece temprano y hay poca faena en el campo, sentado en el sofá de la casa, antes con la María y ahora con su Paca, hasta que un buen día se decidió.
Entró en esa especie de plaza, despacio, cansino y, como un eco, oyó decir su nombre.  En un despacho, por la mañana, había contado a un chico simpático su historia que, a breves retazos, ya relató en una carta cuando tomó la decisión: "Muy señores míos, les escribo para...". Estaba arrepentido, le bullía muy adentro. Lo mejor era acabar rápido. Él, que reconocía bien cuando una tierra era "histérica" y no iba a dar frutos como Dios manda, sintió que aquello no podía dar nada bueno.
Como una aparición milagrosa surgió todo lo antiguo ante sus ojos. Se vio joven recluta de 21 años, medio rubio y de pequeños ojos azules y vivarachos, de lengua alegre y ganas de tragarse el mundo, con manos ya duras de tirar de azada y pala, con la espalda como un junco doblándose ligero para hacer hoyos más rápido que nadie. Hacía la mili en Granada cuando conoció de caqui a esa Paca, medio gitana medio paya que, con tanta gracia y soltura, le sorbió el seso. Se vio despidiéndose de ella en la estación de la Alsina, llenas las manos de promesas de volver a buscarla y casarse por lo legal. Se vio de nuevo en el pueblo, recibido por su madre fuerte y mandona que rápido le mandó a faenar a un campo ajeno porque el amo tenía  mucha labor. Se vio paseando por la playa con esa chica callada, bajita y un poco tristona que su madre se empeñaba en repetir que era muy buena y muy limpia y hija única de familia con tierras, de un pueblo cercano, de la vega, la María. Se vio guardando a su Paca entre los recuerdos mozos y olvidados, ella que nunca contestó a sus cartas y que su madre repetía sin parar que ya no se acordaba de él y que ya se habría buscado, tan fresca la quinquillera, a otro con más posibles que un jornalero.
Se vio casado con la María, que resultó gobernanta como su madre, cada vez menos simpática y un poco metiche pero - eso sí - buena para la faena de la casa si no se levantaba cansada. Se vio triste acompañando a la caja del hijo que perdieron al poco de nacer y que dejó a María seca, otra histérica como la tierra baldía, amargada, beatona, siempre encerrada en el piso con su perro de lanas entre las piernas. Se vio en la casa del barrio cercano a Barcelona de donde María no salía nunca porque no le gustaba el catalán, no lo entendía y no hacía buenas migas con nadie. Se vio acompañado de su suegra,  la señora Josefa, que venía cada mañana hasta el cortijo, 5 kilómetros campo a través de ida y vuelta desde su pueblo, para verle y estar con su María, llevando y trayendo habichuelas y cebollas frescas de su huerta. Se vio envejecer, faenando de amo en amo, cuidando tierras ajenas, rebuscando por la noche las papas de campos de otros o los chirimoyos, nísporas y aguacates que se quedaban en los árboles de vecinos porque no valían nada en la corrida. De todo lo ajeno y lo propio sabía sacar sus buenas pesetas vendiendo con sus banastas en un rincón del mercado, una ayuda para el jornal, que su suegra aumentaba con su cesta. Se vio acompañando a María una y otra vez al médico del ambulatorio, eternamente enferma, quejosa, de piernas pesadas y dolor de riñones, gorda y oscura; que solo, si hacía bueno, salía para ir al cementerio a la caída del sol y llegarse a poner flores nuevas o secas del mercadillo en la tumba de su hijo, acompañada por una madre que siempre parecía su hermana.
Era su cabeza como un álbum viejo de fotos sin color que pasaba las hojas sin parar. Se vio en el Hospital de Granada donde María murió por un corazón cansado de tanto descansar enganchada a una pena negra, que nunca disfrutó ni sentada debajo de la parra de cortijo al que no iba porque era mucho andar.
La voz de radio de la señora Patricia le hizo volver  a su sillón, al chico de la cámara pegado a sus narices, a ese público que aplaudía cuando otra chica levantaba los brazos desde un rincón.
"Francisco hemos conseguido su deseo, entre el público está su hija". Miró entre tantas caras para intentar distinguirla. Era buen ojeador y los gestos del que estaba enfrente le bastaban para presentir su respuesta. Muchos años de servidumbre y demasiados amos le habían enseñado por dónde iban las cosas. Pero ahora no sabía a qué mirar.
De pronto el chico de la cámara al hombro subió rápido entre la gente. Parecía saber seguro su camino. Observó y, aunque la señora Patricia  indicaba aquella mujer cuarentona sentada en la tercera fila que bajara a sentarse junto a él, ésta parecía extrañada, disgustada, huraña, como enfadada, poco dispuesta a obedecer. Notó que ese hombre sujetando la cámara de la grúa le estaba enfocando mientras el otro bajaba por las escaleras siguiendo a aquella mujer que sentaron a su lado. La reconoció. La había visto alguna foto con la Paca y dos niños pero le pareció más mayor de lo esperado. No le miraba. Estaba tensa y él no podía mover ni un músculo. "Carmen, Francisco es su padre y sabemos que usted nunca antes había estado con él. Él nos escribió contado su bonita historia, las ganas que tenía conocerla y de poder darle un abrazo. Nos emocionó mucho y nosotros lo hemos hecho posible", oyó decir a la señora Patricia.
La mujer cuarentona contestó enfadada. "Ustedes me han traído a esto engañada. Yo venía a ver el programa como otras del pueblo que están sentadas ahí. Ya sé que este señor es mi padre pero no lo conozco de nada. Me lo dijo mi madre. Pero yo me voy".
"Carmen" le dijo la señora Patricia un poco irritada. "Nosotros pensamos que este bonito encuentro le gustaría. Francisco quería darle el abrazo que la vida le había impedido".
"Pues se han equivocado", dijo levantándose y saliendo por la puesta por donde él había entrado.
Se hizo un silencio raro que la señora Patricia cortó como un cuchillo. "Lo siento Francisco. Lo hemos intentado. Nos ha gustado tanto su historia que no la podíamos dejar pasar. A veces las cosas no salen como queremos. Un fuerte aplauso para Francisco."
Él se levantó deprisa, avergonzado, y salió por dónde había venido. Allí le esperaba la chica que le acompañó al entrar. No dijo nada. De nuevo sintió que no veía bien. Pero caminó seguro. Como si sus pies conocieran el terreno. Y de nuevo ese polvo, ese enjambre de cables, esas luces mortecinas. Y de nuevo las imágenes. ¿Por qué había venido?
Se vio buscando en la guía el teléfono de la Paca en Granada. Era buscar una aguja en el pajar. Tenía mucho tiempo. Ya no faenaba para los demás. González Ruiz había muchos. Se vio recordando el barrio alto dónde ella vivía y subiendo en la Alsina para llegarse a Granada y buscar la comisaría del barrio para preguntar. Un impulso, le había llevado un impulso. Y la soledad. María había muerto tres años antes y con ella el perro y se quedó muy solo. Su suegra tampoco vivía ya y tenía pocos amigos más allá de los del chato en la taberna. La Luisa y el Ignacio, los del cortijo de al lado, aunque eran como familia propia, tenían su vida y la Luisa, la madre, él que tanto la ayudó cuando se quedó viuda joven y siempre trató a sus hijos como suyos, no estaba dispuesta a tener nada con él. A ella no le gustaban las habladurías y, aunque todos sabían los buenos ojos con los que él miraba, viuda lozana, guapa y cincuentona que tanto le alegraba la charla y la vista, no estaba por la labor de comenzar con amoríos de viejos. Bueno, mejor amoríos con él, ya viejo, que luego Luisa se echó un novio de su edad.
Hasta esa visita a la señora Patricia, todo había rodado como un milagro o como una novela de mano de sus años mozos.
Se vio contando su historia a un policía viejo de la comisaría del Zaidín, que conocía dónde vivió siempre la señora Paca González, y que se ofreció para hablar con ella por si le quería ver. Ella no había abandonado nunca el barrio. Y que, a los pocos días, le avisó.
Se vio llamando a la puerta de su casa y diciendo, ante una mujer menuda, agitanada, delgada pero de tripa abultada, de cara sonriente y cigarro en la boca, "Hola, soy Paco, Francisco Ortega, tu novio de mozos, el soldado". Y a ella contestando. "Lo sé. Te reconocería en cualquier sitio. Me he cruzado contigo alguna vez por el Hospital de aquí. Con una mujer que imagino que era la tuya. Yo iba con mi marido, bueno, el padre de mi segundo hijo, que murió hace un año. Y ¿qué quieres? Pero pasa hombre, pasa".
Se vio a sí mismo entrando en aquella casa de barrio pobre, limpia y sencilla como la suya del pueblo. Se vio escuchando una historia que era la suya y desconocía.
Paca bajó al pueblo al poco tiempo de que él volviera de la mili. Le extrañaba que no contestará a sus cartas, que la hubiera olvidado tan pronto. Algo muy importante tenía que contarle. Y no lo pensó: se presentó en la casa. Le abrió su madre y ella, sin más, le dijo que estaba preñada de Paco. Él estaba en el campo y nunca se enteró de nada. Su madre, violenta y sin dejarla hablar más, le gritó que dejará en paz a su hijo, que quién le decía a ella que esa barriga era él, que  solo buscaba arreglar su asunto, que volviera por dónde había venido, que Paco tenía una novia en el pueblo de al lado y que pronto se casaría, que era una gitana desgraciada, que Paco le había dicho que fue un apaño mientras estuvo en al mili y que como le buscará se las iba a ver con ella. Paca era muy joven, era orgullosa y se volvió a la capital. Desde allí le volvería a escribir. Él nunca le contestó.
Se vio sentado en el sillón del cuarto de estar de Paca escuchando lo que no podía creer. 40 años sin saber nada de ella, 40 años sin saber que tenía una hija que Paca crió con muchas penalidades hasta que conoció al padre del segundo, que ella llamaba marido y que no lo era porque no quiso casarse. 40 años buscando tener una familia cuando ya la tenía ¡quién se lo iba a decir!. 40 años guardando en el olvido los buenos ratos que había pasado con ella.
A partir de esta visita, todo lo demás fue rodado.
Se vio viviendo tranquilo en su casa del pueblo con Paca que ya tosía demasiado y nunca dejaba de fumar; sin casarse que dos pensiones suman más, sentados debajo de la parra del cortijillo a la fresca porque a Paca le gustaba pasear por el campo, ver los árboles, recoger las habichuelas, hablar con las vecinas, comer en el chiringuito de la playa los domingos y vivir, sobre todo vivir.
Se vio diciéndole una tarde que él quería conocer a su hija, la que vivía en Melilla y no veía con buenos ojos que se hubieran ido a vivir juntos al pueblo; que tenía dos nietos que apenas veía nunca; que siempre trató a su marido como padre y que, con suerte y esas cosas que tiene la tele, esa señora Patricia les podía ayudar a que las cosas entre ellos fueran mejor.
El camino de vuelta por ese túnel feo y sucio, que ahora se le hizo más corto, fue suficiente para recordarlo todo, por qué estaba en un Madrid que no le gustaba, porque llevaba la cara con un maquillaje que le duraría dos días por más que frotaba, por qué se había sentido como un cerdo camino del matadero, porque esa mujer del público le miró solo una vez y de soslayo con odio y mucha rabia, que se marchó corriendo por el maldito túnel lleno de suciedad.
Sólo una cosa le pellizcaba aún el estómago. Se había hecho a la ilusión de ver chiquillos a su alrededor, de esos que podían pegar pellizcos a los cristales como la pequeña de uno de sus amos, corriendo por sus cuatro marjales, entre chirimoyos, nísporas y aguacates, trepando como monos por los árboles que ya les enseñaría cómo para no caer, pisando las matas de tomates y corriendo tras su perro ratonero, mientras él se sentaba bajo la parra con su agua de limón. Pero se consoló. Ahora sí podía dejar en herencia sus bancales a alguien de su sangre que había visto, al menos, una vez.
Se vio oyendo a Paca en el sillón de la casa."Paco, esto es lo que hay. Tú lo has intentado. Esta chica siempre fue triste y un poco malaje. Lo llevaba en la sangre como tu madre. Déjala. Termino este pitillo y cenamos. Tengo un pescado asado que está muy fresco para cenar". Se vio saliendo del túnel al aire fresco, de ciudad pero aire limpio, fuera de una tele llena de mugre.