GOLPE DE ESTADO
Aquella tarde, me dijo, le hervía
dentro la misma desidia cansada que cuando me lo contó.
- Como siempre, a las cinco había
ido a recoger a la niña a la guardería y, me acuerdo, estaba adormilada. Comí
más tarde de lo habitual y estuve trabajando hasta última hora. Casi no llegó a
tiempo.
Hizo un inciso.
- Entonces no le sonaba mal a
nadie ese nombre de una escuela infantil: la guardería Sonrisas. Hoy he visto el
nombre como propaganda de una residencia de ancianos.
Le entendí la ironía. Seguía
siendo la misma. Se echó a reír.
Hizo otro inciso, como si tomara
fuerzas.
- Isabel, la profesora, era una
rara especie de maestra de pequeños. Estaba llena de ideas innovadoras que trajo
de sus años de profe en Inglaterra y
las puso en marcha en su escuelita, allí, en un bajo de alquiler, sin jardín,
en un bloque de una urbanización de una localidad del extrarradio madrileño. Entrar
en aquel pequeño local comercial lleno de niños, con su chándal azul y naranja,
todos iguales, era como entrar en un trocito del país de las maravillas. Ella y
José Manuel incluso daban clases a los padres. Eran unos valientes y muy progres. Una vez, llegué a dar una
charla a los padres. Lo hacíamos por turnos una vez cada quince días. Me pidieron que preparara
algo sobre las ideas de la Escuela de Summerhill, las escuelas libres. No tenía
ni idea de qué era eso. Bueno, ese es otro asunto. ¿Dónde estaba? Ah, sí. Isabel
me dijo que, un día más, la niña no comió bien el puré pero que estaba muy
contenta.
Me sorprendió que se acordará de
tantos detalles. Y sobre todo, ¿para qué tanto preámbulo?
-¿Te aburro?, me dijo.
- No. Me sorprende tu memoria,
contesté complaciente.
Pero resultaba difícil esperar a
que entrara en el asunto de una vez. Me sobraba una hora hasta el momento de
volver al hotel y su manera de contar me iba atrapando. Por eso aguanté.
- Otra vez llegaba sin apenas
comer. Prefería llegar pronto a casa para intentar que la niña merendara bien. Te
cuento todo esto porque, si comprendes cómo pasó todo, entenderás por qué no he
vuelto a hablar con tu madre, nunca, nunca, ni siquiera el día de tu boda, el
único día que la volví a ver.
Era verdad y no me había dado
cuenta pero, jamás, en tantos años, había estado con ella y con mi madre
juntas. Desde los años de la niñez. Siempre los veía con mi padre.
Estaba claro que ella necesitaba
el recuerdo de los detalles nimios de aquella tarde para entrar suave en lo que
me quería contar y, ya, me apetecía saber.
- Me detuve un momento para
charlar con la mamá de algún niño. Eso, seguro. Era lo habitual y, de paso, me
disculpaba por no quedarme un rato más en el parque. Odiaba las tardes del
parque, mamás y niños. Me justifiqué, como siempre, con que tenía cosas del
trabajo en casa. Cuando entré en el cuarto de estar, casi por rutina, encendí
una vieja televisión que nos regaló alguien y la niña se fue a jugar mientras preparaba
su merienda. Y allí estaban las imágenes, como un acompañamiento de fondo, casi
un rumor como la lotería de navidad: retransmitían el debate sobre la
investidura del presidente Leopoldo Calvo Sotelo. Como no me voy a acordar, era
el 23 de febrero
de 1981 .
Mientras seguía hablando, se fue
borrando despacio la desazón que, un poco antes, había notado en su cara, esa
especie de angustia blanquecina que le subió cuando, al encontrarnos, le dije
que mi madre había muerto, después de un Alzheimer demoledor, hacía dos meses.
El color le volvía, quizás un poco porque el recuerdo de aquella tarde le brotaba como los diálogos de una
vieja película mil veces vista o, quizás también, por el efecto saludable de la
tostada que se comía despacio, mojando en su café.
- Lo siento mucho. Era joven
todavía. De verdad, todo esto se lo tenía que haber contado a ella y no a ti. Se
lo debía. Y ya no podré. Te he visto muchas veces en todo este tiempo, con tu padre pero, a ella,
no. Lo siento de verdad.
Sentadas frente a frente en la
mesa de la terraza de la cafetería, tras nuestro encuentro fortuito y agolpado en
la tienda de ropa, estábamos charlando amigablemente y ya hacia tres o cuatro años
que no nos veíamos: ella tenía razón. Pensé que me podía haber buscado una
excusa y librarme de estar ahí para de escuchar lo que, quizás, no me iba a
gustar demasiado. Pero me intrigó. El asunto se trataba de mi madre, de las
cosas con mi padre y del 23 -F. Rara combinación, pensé. Además, me lo soltó
así, a la cara, de golpe, acelerada por las prisas de la cola delante de las
cajeras, respuesta automática al oír mi
triste noticia. No me pude zafar. Presentía que me iba a desvelar algo que yo no
sabía o que tenía muy olvidado y, tal vez, no debería olvidar. Ciertamente, me
picaba la curiosidad. Por un momento, tuve la sensación de que todo aquello no
me iba a caer del todo bien aunque
sentía, lo reconocía desde muy dentro, que era irremediable. En todo caso, y
sin pensar mucho mas, accedí a tomarme un café. Yo era apenas una adolescente en
aquellos años y, desde luego, no recordaba de nada de ese día concreto. Disponer
de un rato libre hasta la hora del volver ponía las cosas más fáciles y, así
sin más, estábamos las dos, frente a frente. Aunque estábamos rodeadas de gente,
estábamos muy solas. Prosiguió.
- Yo estaba liada con la merienda
cuando sonó el teléfono. Estuve a punto de no cogerlo. La verdad: no tenía
ganas de hablar. Pero lo cogí. Eran las 18,05,
lo sé seguro. Fueron unos minutos que tengo cronometrados en el alma. Hola Lola
¿Cómo éstas?, contesté al reconocerla.
Gesticuló como descolgando el
aparato y, a partir de ese momento, su relato fue una suerte de singular
dramatización, toda una puesta en escena. Su memoria fluía vertiginosa. Ya conocía,
de tan repetida, parte de la secuencia - cada año las televisiones, y no solo
la "Única", se encargaban de que los españoles lo tuviéramos bien
presente, con su serie de varios capítulos incluida -, pero sus palabras por medio y el eco de mi
madre a la que me parecía estar oyendo, no me permitieron interrumpirla. Ella
seguía hablando, ya muy tranquila.
- Fatal, hecha polvo, no puedo
aguantar más. Lo de ayer fue.... Tu madre me lo soltó de golpe, como yo a ti,
casi un grito al oído. Noté su voz llena de angustia y me paré a escucharla. La
niña tendría que esperar, se quedaría dormida. No me quería meter en los líos de tus padres pero ya
estaba dentro.
- Lola - le contesté -, me coges un
poco atareada. La niña se me va a dormir ya. Acabó de llegar con ella. Pero tu
madre parecía no oírme. Parecía una de esas que hacen monólogos. Lo soltaba a
borbotones. Y, de fondo, en la televisión empezaron a cantar nombres seguidos
de un sí o un no que se mezclaban con su "no puedo más".
- No puedo más. Tienes que
escucharme. No sé que hacer ni tengo con quién hablar. Tengo que acabar con
esto - me lo repitió varias veces-. De verdad, su voz sonaba desesperada, como
pidiendo auxilio. No me quedaba otro remedio que escucharla ¿Qué te ha hecho
esta vez?... logré decirle. Y me senté en el sillón dispuesta a atenderla
mientras la televisión seguía. Yo la tenía enfrente y oía a tu madre y esa
lista pesada de nombres a la vez, como dos bandas sonoros superpuestas.
- No me puede humillar más. Ahora
me la ha metido en casa. Tu madre seguía como en un delirio.
- ¿Qué dices? - me paré más
atenta -. No puede llegar a tanto.
- Qué sí, como lo oyes - me
contestó, algo mas reposada-. Ella, su
novia - la llamó así- ya había venido
varias veces a cenar a casa y siempre me la presenta como una buena amiga del
trabajo con quien tiene mucha confianza. Lo cierto es que ella es amable
conmigo, a veces me habla como si fuéramos amigas de toda la vida. Y él, encima,
me lo niega pero sé que están liados. Tiene el valor de hacerme pasar por loca,
por tonta. Me amenaza con dejarme porque se me ha ido la cabeza. ¡Él, él sí que
me está enloqueciendo y todo esto pasaba con los niños en casa! De buena gana
lo echaba pero no sé de qué voy a vivir. No tengo fuerzas pero no puedo seguir
así.
Mientras asistía a su relato pude
recordar esas imágenes del Congreso de los Diputados, mil veces repetidas. Mientras
ella hablaba, yo me sentía como en una realidad multiplicada, con varias
pantallas simultaneas en mi cabeza: mi madre al teléfono como enajenada, como
tantas veces la había visto de niña; ella, en ese cuarto de estar que conocía
perfectamente de cuando había jugado allí; la televisión, con su soniquete
imparable de nombres; y nosotras, treinta años después, sentadas en una
cafetería llena de gente. Sentí un vértigo extraño, un cierto mareo. Pero la
oía.
- Yo seguía oyendo a tu madre y,
a la vez, esa retahíla de nombres con Sí o No, y mi cabeza se desdoblaba. Sentí
que tu madre lloraba sin consuelo. A la vez parecía escuchar lo que mi marido -
ya sabes, amigo de tu padre y de ella desde muy jóvenes - me había contado unos
días antes. Y no se lo debía contar. Parece mentira lo deprisa que puedes pensar: su llanto, la
tele, la niña por medio y yo con el "Lola cálmate". Él se lo había
encontrado unos días antes en la calle, por la tarde, con una mujer que no era
tu madre, como una pareja de novios, cogidos de la mano, cariñosamente. Tu
padre le hizo un gesto como para presentársela con camaradería, con
complicidad. Y él se sintió violento, desconcertado. Sabía que, tras aquellas
miradas sonrientes de tu padre, se escondía el encontrar una aprobación por el
asunto que él no le iba a conceder nunca. De hecho, me contó que le llamó después
para avisarle que le no iba a permitir que lo metiera en su juego, que eso se
había acabado. Mientras yo me acordaba
de todo eso, tu madre seguía hablándome sin parar. Y aquel pasar lista seguía
como música de fondo. Entonces, tu madre dejó de llorar.
- Pero anoche fue el colmo. No te
lo vas a creer. Quería que se quedará a dormir en casa. Bueno, se quedó. Y yo
sabiendo todo. De disgusto, me fui pronto a la cama. Soy una consentidora, lo
sé ¡Qué podía hacer!
Recordaba vagamente a mi padre
con los amigos y amigas que llevaba a casa muchas veces pero no podía
identificar a esa mujer concreta de la que me hablaba. O, tal vez. sí. Tomó un
sorbo de agua y siguió hablando.
- Yo mire el reloj: eran las seis
y veinte. No sé bien porqué pero la voz de tu madre, de pronto, pasó a un
segundo plano. Ahora era ella la música de fondo. Lo que salía de aquella
pantalla se impuso. La niña se había dormido a mi lado.
- "Sí. Centristas los tres.
Carlo Navarrete Medina. No. Manuel Núñez Encabo. Algo...En estos momentos. En estos momentos..."
- Lola, algo está pasando - la
interrumpí-. Lo estoy viendo.
- "Se ha oído un disparo. Se
ha oído un golpe muy fuerte en la Cámara".
- Lola, te hablo en serio, lo
estoy viendo. Algo grave sucede en el Congreso. Pero ella seguía y seguía. No
me oía, estoy convencida de que no se enteraba de nada. Yo, tampoco la
escuchaba.
- "No sabemos los que es. ..
porque se ve a la policía".
- No sé cómo seguir con él, me
pareció entenderle.
- Ponle en la calle - casi le
grité, más pendiente de lo que salía de la pantalla. Como pude, le dije algo
más. No me acuerdo. Algo así como no le consientas esas cosas. Y la corté. De
verdad, Lola pasa algo muy grave.
- "La Guardia civil entra en
estos momentos en el Congreso de los Diputados... - Hay un Teniente Coronel
que, con una pistola sube hacia la tribuna. Quieto todo el mundo. Es un Guardia
Civil".
- Ya no soy capaz de contarte lo
que tu madre, llorando, repetía una y otra vez. En mi cabeza sólo sonaba la
maldita televisión.
- "Entran más policías. Está
apuntando con la pistola. Entran más policías. La policía".
Ambas habíamos acabado nuestros
cafés y yo estaba cada vez mas sorprendida. Ella recordaba todo tal y como yo
lo había visto cien veces. Y de pronto, como un mal sueño, veía a mi madre y a
mi padre dándose gritos. Apenas podía interrumpirla para decirle que yo,
también muchas veces después, no había querido oírla. La dejé terminar.
- Lola, te tengo que dejar, le
repetí, sin ser capaz de soltar el teléfono. Aquello continuaba. Me separó y le
dejo sin nada. Le echó de casa, repetía una y otra vez. Mientras la televisión
seguía.
- "Está apuntando al
Presidente del Congreso de los Diputados con la pistola. Y vemos cómo....Cómo...
La policía, la policía. Al suelo, al suelo todo el mundo. Llevan metralleta. No
podemos emitir más... Llevan metralleta".
- Yo ya no escuchaba nada de lo
que decía la voz del teléfono. Oí
claramente los tiros y la cámara de televisión se quedó fija apuntando al techo
de la sala. Pero seguían hablando. -
"Cuidado, eh. No intentes tocar la cámara que te mato".
- Lola te cuelgo, perdona. Ya
hablamos mañana. Tengo que llamar antes de que mi marido salga de la oficina.
Sale a las 6,15 y ya son
pasadas. Con suerte le pillo todavía. Y colgué, sin más. Marqué el teléfono del
trabajo y ya nadie lo cogió. Entonces, se despertó la niña. Eran las seis y
veinticinco. Miré hacía dónde estaban todos los documentos de sindicato. Ya conoces
nuestra implicación política en ese momento. Y esperé tres largas horas hasta
que él llegó.
En ese momento, de nuevo reviví
todo lo que pasó después en mi casa, las peleas inagotables, los insultos de mi
padre y de mi madre, el horror en la cara de mi hermano. El juicio, los
abogados, mi madre sin saber por dónde tirar. Y la entendí pero no supe qué
decir. Yo también había colgado el teléfono a mi madre demasiadas veces. Y mire
el reloj. Tenía que salir corriendo.
- Se me ha hecho tarde, le dije.
Tenemos que vernos con mi padre antes de la cita navideña de todos los años.
- Ya sabes, como siempre. Nos
vemos, respondió.
No me dejó pagar. Y salimos en
direcciones opuestas.