LA MALETA
Siempre cambiaba de casa con su
carpeta marrón, de doble solapa, de cartón satinado y con desgastadas gomas
negras. La línea de tinta para poner el nombre se había borrado, impregnada
entre sus viejos dedos. La llevaba entre la ropa, dentro de su maleta, que no
cerraba con llave alguna que, hacía muchos años, él mismo debió perder. Estaba
seguro de que jamás, nunca, nadie haría el intento de abrir su equipaje sin su
previo permiso.
Era una maleta mediana, como
mucho para dos personas de poco equipaje y, a ojo, no medía más de tres cuartas
por dos. Estaba forrada de una tela marrón, su tapa era gruesa, rígida, con los
refuerzos de cuero en las esquinas, despellejados. El color pardo y mortecino
de la tela se percibía levemente alterado por unas rayas rojas y verdes difusas
que fueron, en tiempos, de la trama de un corriente tejido como arpillera. Sin
embargo, aunque no tenía mucha capacidad, no resultaba ligera. Tenía un asa de
cuero que era más nueva que el resto, arreglo reciente de zapatero remendón. Le
faltaba el remache original de la esquina trasera derecha, que había sido
sustituido por un clavo de cabeza redonda, aplastado por dentro para no
engancharse con algo del interior. Lo hizo él mismo. Sus dos cerrojos
funcionaban perfectamente porque jamás cumplieron su función completa. Una
correa de cuero marrón, un viejo y ancho cinturón de hebilla de doble enganche,
con el que la rodeada como cincha de caballo, era toda la seguridad que
consideraba necesaria para su contenido, aunque viajase en tren o en autobús de
línea. Nunca se la intentaron abrir pues su destartalado y decrépito aspecto de
valija de hombre de campo no despertaba las esperanzas de encontrar dentro
algún objeto de valor. Para los ajenos a los suyos; en los de casa, sí. Él lo sabía
y viajaba tranquilo. El reloj y su gastada alianza de casado los llevaba
siempre encima, en su mano y, si necesitaba llevar algún documento, lo metía en
un bolsillo con el dinero, debajo de su viejo, parduzco y siempre limpio blusón
negro sin abrochar. Un pañuelo de luto como corbata y su sombrero de ala corta
completaban su atuendo de castellano.
En los muchos años que le vieron ir de aquí
para allá con su inconfundible maleta, de casa en casa, entre el pueblo y
Madrid, de un barrio a otro de Barcelona, ninguno de sus hijos mayores tuvo la
osadía de intentar abrirla sin su permiso y, ni siquiera, se atrevieron a
pensarlo. Seguro, se barruntaban todos los demás, que se hubiera dado cuenta.
Sus casi noventa años mantenían intacta esa capacidad de tener ojos en la nuca,
pendientes siempre de lo suyo, de controlar todo lo que le importaba. Casi
todos lo sabían pues casi todos, de hijos a biznietos, habían cargado con la
dichosa maleta alguna vez, bajo su atenta y sagaz mirada de zorro viejo.
Cuando cambiaba al destino en el
siguiente turno mensual y la mujer de la casa trataba de ordenar su ropa (dos
mudas completas y dos calzones de algodón, tres camisas, una blanca lisa y dos
de fondo blanco con rayas – una más nueva que las demás -, un pantalón negro,
tres pares de calcetines, y una chaqueta
de punto con ochos en el delantero, todo cubierto por encima con su otro blusón
negro de recambio), él cogía antes que nada su carpeta marrón y la dejaba
siempre en el mismo sitio, en su sitio:
junto a la cama que le tocara ocupar.
Acostumbrado a dormir en las peores garitas, como decía, aunque no hizo la mili
ni jamás pisó un frente de guerra, comenzaba con el mismo ritual quejumbroso
según aparecía en el umbral del nuevo salón familiar: yo puedo dormir en cualquier lugar, me da igual el dormitorio. Pero
el mensaje lo entendían todos, muy nítido y muy otro: dormiría solo, sin ningún
nieto con él, aunque los demás de la casa se tuvieran de amontonar. Llegó el
tiempo del abuelo Nino: no hay más discusión.
A veces, ya instalado, cuando
estaba sentado para leer su periódico como todos los días, a media tarde,
llamaba a alguien de la casa, chico o grande, al que pillará más cerca, para
que fuera a buscar la carpeta marrón. Daba igual su nueva residencia: todos
podían encontrarla, allí junto a la mesilla de noche de su cuarto. Y allí la
dejaba también cuando, por fin, llegaba el verano y dormía - ahora sí- en cama
propia, en su sitio.
Ninguno le preguntó nunca qué llevaba dentro,
ni siquiera los más pequeños, curiosos al ver su trasiego de papeles. Eran las
cosas del abuelo y, aunque su contenido lo intuían variado, con papeles, fotos,
y sobres, a base de sentir su mirada obligándote a desviar la propia, todos
fueron perdiendo poco a poco el interés.
Padre, siempre con este carpetón a cuestas, decían sus hijas o sus
nueras cuando la encontraban, otra vez, entre la ropa, tratando de hacerle
hueco en el armario. Pero él, sin
levantar la voz apenas, contestaba seco, déjala
ahí, donde yo la vea.
Padre, meta lo que sea en otra cartera, yo le compro una nueva, esta
está muy vieja, replicaban ellas. Pero un seco te he dicho que ahí, resolvía con el problema. Porque la carpeta
marrón se unía a una particularidad que se volvió señal inconfundible de que
eran los días del abuelo en casa: la habitación empezaba a oler al pueblo en el
frío invierno, mezcla de paja cortada y húmeda con tufo de rescoldo de madera
quemada y papel amarillento, reseco, de viejo libro olvidado.
Por eso, cuando le tocaba cambiar
a casa de otro hijo o marchar feliz para el pueblo a pasar el verano, antes de
nada, la metía en su maleta, aunque las encargadas de ordenar su atavío en tan
pequeño espacio la recolocaran después dónde quisieran. Pero dentro, eso sí,
sin dar lugar a un posible olvido que él no consentiría o, simplemente, a que
no la localizara rápido.
Cuando, de pronto, en cualquier
momento la abría, no le gustaba que rondarán cerca de él y, a base de decir,
impositivo, autoritario, casi con un grito seco y militar, vete de aquí, verle hurgando en su carpeta era señal inequívoca de
no poder acercarse mucho. No fueron pocas las veces que discutía airadamente
con yernos o nueras por su afán de secreto con sus manoseados papeles, como
fueron las mismas que esos ajenos a su apellido le dejaron por imposible, en
una combinación irracional de respeto por sus ya escasas canas y un cierto
desprecio por lo que parecía una chaladura de anciano. Pero en todos despertaba
un recelo y curiosidad que ellos mismos amortiguaban. Mientras vivió.
Pero nadie hurgó en la vieja
maleta, con su omnipresente carpeta marrón dentro como solitario y último
contenido, cuando el anciano falleció.
Y allí dentro se quedó oculta
durante años, sin ropa dónde cobijarse, secreta y abandonada, sin que nadie le echara cuentas, como esas cosas
olvidadas, viejas o inútiles que, sin saber muy bien porqué, siempre se guardan
obstinadamente en los altillos de los armarios que nunca se mueven. Allí
permanecía en casa de su hija menor que, con extraña veneración, jamás se le
ocurrió volver a abrir.
Y poco a poco, dentro de un sobre
sin timbre, la foto del hermano menor de Nino, Pascual, se fue poniendo más y
más amarilla con el paso de los años, ese muerto demasiado pronto por falta de
penicilina, vestido de camarero niño, el auténtico fundador del casino que el
abuelo regentó después tantos años y que a tantos dio de comer y beber, el
sitio donde se fueron cobijando entre silencio cómplice facinerosos mezclados
con los pertinaces y cotidianos jugadores y demás fuerzas vivas de la comarca,
ese local que nunca fue de su propiedad y que dio el sustento a tanta familia.
Junto a ella, allí guardado
también envejecía el retrato de su hijo Pepe, muerto en la batalla de Teruel de
su gloriosa contienda, como él la llamaba, un adolescente de 17 años entregado
a la Patria para salvar el pellejo y la adhesión sin duda de todos los demás,
padres, hermanos y allegados, salvoconducto
con plenos poderes por guardar metralla entre las costillas, enterrado dónde
nadie nunca le visita - un cementerio, sí, eso es de buen cristiano - pero que
permitió paga vitalicia por damnificado de guerra a un padre que calló la
verdad avergonzada de su reclutamiento forzoso. Un único y borroso recibo de lo
cobrado también reposaba en el sobre, dando fe del alto precio pagado.
Tres fotos más componían el
imaginario álbum durmiente: el retrato de un hombre donde ponía familiar argentino, un pariente lejano
que nadie hubiera reconocido nunca; el de él con tres biznietos; y otro más,
ahora de él, viajero zascandil, plantado derecho, mirando a cámara, orgulloso
castellano de blusón negro ante Quijote y Sancho de piedra en la plaza más
grande de la capital, retrato de fotógrafo de parques y calles.
Poco a poco se deshacía a bocados
de confeti arratonado un certificado de haber desempeñado un cargo comarcal
dado por la Falange Española y de las J.O.N.S. a alguien que sólo fue
importante por representar un proyecto cooperativista que nunca se llevó a
cabo. Igual suerte corría esa carta de un familiar emigrado a Argentina, sin
santo y seña, y del que no cabía esperar herencia millonaria, o esa otra a un
importante cargo político de los tiempos del dictador, de pura cortesía, que
nunca recordó enviar.
Y una libreta con anotaciones de
compras y ventas, sin cerrar y sin fecha, con anotaciones elementales de kilos
y pagos de un negocio que solo él sabía llevar.
Pero había algo más. La maleta
guardaba celosamente ese carpetón con algo más: unos folios escritos de su puño
y letra. Nadie le había visto nunca escribirlos, pero eran suyos, sin duda.
Nadie sabía que contaba. Nadie los leería nunca. Pero encerraban su más celoso
tesoro, el de su silencio: silencio de lo que en verdad reposaba en el alma del
abuelo. Él mismo y sólo él, al ojearlos
a solas, sabía rellenar los huecos que quedaban escondidos entre tanto yo y a
mí, como esos cuarenta años que le llevaron a emigrar de sus eras para mejorar
cuando el futuro se lo llevó el viento del norte, un pueblo donde él fue alguien porque los demás se lo
reconocían y, por más de una razón, le temían, con un temor que él llamaba
respeto; como, entre su autocomplacencia, el recuerdo de que su influencia
logró salvar del paredón a uno que nunca quiso bien pero al que condenó a una
tristeza de soledad rodeada de muchos hijos y una buena mujer. Y donde quedaba
oculto el mayor dolor: su responsabilidad por enviar a la muerte segura a un
hijo, destrozando a una madre, mi santa
esposa, a un llanto eterno y callado.
Como fuera de lugar, se
escabullía entre tanto papel viejo, una cartilla de ahorros del banco que,
alguien debió sacar y volver a meter con urgencia, casi a hurtadillas en dónde
nunca había estado. Tenía un corte de tijera que la anulaba. El apunte del
dinero que se sacó al final, cerrando su valor, era la suma de pequeños
ingresos durante muchos años: la pensión puntual de un Estado poco generoso,
las cantidades mínimas pero muy continuas que él mismo iba haciendo seguidas, a
veces, de alguna que otra salida muy dispar en el tiempo.
Y así, cerrada y en el olvido de
los que se miraban en el espejo de su viejo armario sin levantar la vista, la
maleta seguía en él altillo cuando la casa se desmontó por los que ya no sabían
de su existencia. El silencio de cuarenta años callados, entre recuerdos
meticulosamente escritos con la conciencia de ocultarlo, terminó arrumbado
entre las cosas viejas que ellos decidieron tirar porque no les servían.