NENA, AHORA
VENGO
En recuerdo
agradecido de Carmen de la Cruz
No es sólo la llamada de una niña. Olga había llegado
nueva al pueblo, era una extranjera aunque su pasaporte estaba escrito en el
mismo idioma del rótulo de la calle. Apenas cuatro años para sentir el cambio
vida, algo que unos ojos infantiles ven tan claro como las paredes que se han
ido, o los olores que no van por el aire con una luz que no despierta igual.
Acostumbrada a jugar en la calle, salió a la entrada de la casa a retozar
intrépida y aburrida entre los barrotes
de la valla. Carmen iba hacer un
recado a su madre, cuatro años lo mismo y unos días de diferencia que toda una
vida la harán ser la mayor. La población era pequeña y tanto daba la edad para
participar en las tareas domésticas. El peligro de la urbe no iba más allá de
un charco.
Carmen vio a Olga mientras corría a su mandado. Y le
grito: “ Nena, ahora vengo a jugar”. Cumplió con lo suyo, hija diligente –
compró - y amiga solidaria – volvió -. Y
hasta hoy, viva amistad. Olga es la memoria de Carmen, recuerdo de una vida que
a veces quiere olvidar, lucha, represión, frío en el alma cuando viene del
verano austral a este invierno madrileño y no por el enero feroz sino por las
ausencias de un país en crisis, sí, pero el suyo. Carmen sabe tanto de
acogimiento, de solidaridad con el sufrimiento ajeno, de estar cercana cuando sabe que alguien
“necesita jugar” que los demás, los que durante tantos años se han acercado a
su valla para compartir su juego, veneran su acento cordobés, el español más
leal a ambos lados. Olga y Carmen son casi sesenta años de compartir en la
distancia y en la emigración, en la represión política y en la doble
nacionalidad. Olga dirigió hoy un centro escolar español y público donde cada
día iban llegando niños de países tan lejanos como el suyo, de aromáticas
comidas como las que hacía su abuela libanesa, en idiomas que ella entiende
bien, políglota a base de mucho estudiar, leer y vivir. Carmen fue - y es ya
para siempre - una defensora de los derechos de todos viviente y consciente,
con alma y hechos de refugiado político, profesora para universitarios
españoles con aspiraciones solidarias y no tanto, sabedora de la lucha de
mujeres a las que una suegra obliga a quitar el DIU, sin demagogias al hablar de malos tratos que no se denuncian
cuando no se sabe a dónde ir. Ambas han cobrado de un Estado que al que le
ganaron con creces y reconocimiento general un trabajo que no conoce de acentos
extranjeros.
Olga y Carmen son la expresión de esa hermosa solidaridad
que tanto nos hace falta, una forma de comprender el mundo que aliviaría las
penas, la soledad y, a veces, la muerte de muchos, metanol asesino por
añoranzas de sabor lejano. Representan la emigración que llegó a este país
cuando nadie hablaba de pateras, ni de nación de naciones, con cultura y
modernidad de las que mucho tenemos que aprender, gente que se ha colocado a la
cabeza de nuestras luchas particulares, democracias, libertades, sindicatos,
ONU y proyectos europeos, a la que no llamamos extranjera porque en su casa
estamos en la nuestra. Son muchos los que cada día llenan más estas calles de
un país de castellanos ya muy viejos. Son miles los que como Olga y Carmen
vienen, desde hace treinta años, a dar más de lo que les damos, ganado por
derecho y por lo derecho; como ellas son
ya ese “nosotros” sin fronteras. Es estupendo pensar que Olga y Carmen y todos
los suyos, o sea, los míos, los nuestros, hayan decidido venir a jugar conmigo,
contigo, con nosotros. Nuestras canicas brillantes ya estaban rotas, la
imaginación y la cultura necesitaban vida, calor y mucho color. Carmen se nos
ha marchado a otro sitio, sin lugar ni tiempo, demasiado pronto. Olga nos sigue
alimentando las ganas de dar abrazos y
muchos besos de hermanos. Gracias.