martes, 23 de mayo de 2017


ALMADREÑAS


- "¿ Al final, cuándo te vas a Madrid?", le preguntó a la salida de misa. El tono de Nines era un poco más hosco que otras veces.
- "La semana que viene. Todavía me quedan cosas que arreglar". contestó Minuchi mientras recogía el velo y le prendía el alfiler. Cuidado al meterlo en el bolso, no se vaya a enganchar.
- "¿Vendrás un rato por la tarde?", replicó Nines más contenta, con su sonrisa franca, afanada también en guardar el suyo junto a su viejo misal.
- "Seguro. Aunque sea un momento. Cuando cierre la ferretería y haga la caja". Sacar el negocio adelante siempre fue mucho esfuerzo aunque ya, por suerte, no la saqueaban rojos ni azules. Y daba igual el bando, hala niña, dame la caja, la cantinela semanal durante los años negros. El que bajaba antes de la montaña, ese se lo llevaba. Y otra vez a cero. Eso sí, llevar la contabilidad entonces era más fácil: el haber siempre negativo. Pero Minuchi dormía más tranquila. Arqueo terminado.
Se despidieron en la esquina de la calle, una para El Progreso y otra para El Sol.
A Nines le dió un vuelco el estómago. "La voy a echar de menos. ¡Mira que irse a Madrid! Allí, sola con el madrileño, empezando todo de nuevo. Sin este aire limpio. Pues no lo entiendo. Pero tengo que entenderla, meterme en sus pies. No nos vamos a despedir así".
Minuchi corría pensando en los últimos arreglos de la ropa de la  boda. No era mucha cosa, pero era lo suyo. "Me tiene que dar tiempo a acercarme a la farmacia. No la voy dejar así. Todavía tengo cosas que explicarle. Lo tiene que entender, Dios mío. Le tengo que meter en esa cabeza dura que estoy contenta, que es lo que quiero hacer, que en la capital sobreviviré como siempre, que ella a su Publio, que yo a mi Enrique y a tener hijos y sacarlos adelante. Le llevo las almadreñas y la obligo a meter los pies. Ah, que no se me olvide: la receta del bacalao con ajos que le sale tan bueno. En Madrid no tenemos el mismo pescado".

Se miró en el espejo buscando qué ponerse en el cuello. El traje le quedaba bien pero su pequeño escote pedía a gritos un  detalle de brillo. Nada que destacara mucho. Era el acto oficial de nombramiento de su cargo. Buscó en el joyero. Determinar las variables, analizar características, visualizar resultados,  y tomar decisiones. Segundos, 101, 102, 103. 104, 105, 106. Y decidir. Lo reconoció: el colgante de las almadreñas de oro que le había regalado Nines el día de su comunión.  Las apretó con la mano "qué pequeñas, como me ha crecido la mano". Se lo colgó y se volvió a mirar. Perfecto. Ahora, sí. Vámonos, no lleguemos tarde, habrá tráfico.
El acto se desarrolló como esperaba, protocolario y sencillo. Personas, las justas y más cercanas, sonrientes y tranquilas. Situadas detrás, como un muro de contención infranqueable, lealtad sin fisuras, ojos que te ven y ven lo que tienes delante. Ojos de lince burgalés que otean todo el prado y los más mínimos movimientos alrededor del ganado que hay que proteger. Su marido, su hijo mayor y quién le había hecho la propuesta "¿para qué más?". Mientras sonaban las palabras necesarias, domésticamente solemnes,  de la toma de posesión, sin perder comba, como en el patio de colegio, podía pensar  en dos cosas.  Hacer tortilla de patatas y  redactar el problema de física que iba a poner en el examen de mañana. Tenía mucha práctica.
De nuevo se iba alejar un poco, de nuevo la iban a prestar  a los ajenos pero no le faltaba la certeza de que al volver a casa no habría reproches, ausencias ni soledades. A la mañana siguiente empezaría en su nuevo despacho un difícil trabajo del que - "esto no va a ser fácil" - apenas vislumbraba la punta del iceberg. "¿Conozco mis fuerzas? Creo que sí". Una vez aquí, no caben titubeos, y esperaba tenerlas cuando las necesitara. "Método, método, método, ciencia, ciencia, ciencia y escasos recursos exprimidos al máximo, rectificados, ajustes según necesidades, lo que sea preciso para que se adapten a lo inesperado, ensayo - error - ensayo - acierto - verificación, volver a calibrar, probar otra vez, empezar de nuevo, cambiarlo todo pero siempre con el fin claro, lo que busco se puede encontrar". Se sabía la lección. Sí, conocía sus fuerzas. Desde muy pequeña aprendería deprisa a ser mayor y a crecer mucho, tanto que terminó por sacar una cabeza a las demás y media brazada al estirar la mano. Como a algunos arrogantes que se le cruzaron en el trayecto, poniéndose de puntillas. Por eso podía ver un poco por encima el panorama.  Por eso le encontró a él: era más grande.
Experiencia en lo nuevo: insuficiente tal vez, pero con la dosis  de sentido común calibrada, de fabrica, que para tanto le había servido. O, al menos, eso creía ¡qué caramba! que ya eran muchas las decisiones que tomó en esa vida que ya era larga pero corta en años porque tuvo que madurar antes. Y algunas, a contracorriente.
Muchas felicitaciones, te lo has ganado, lo vas a hacer muy bien: voces conocidas. Gracias por vuestra confianza, cuento con vuestra ayuda: respuestas amables y agradecidas. Pensar y hacer dos cosas a la vez.
 Y, pensaba mientras tanto,  se vio en la casa del pueblo, de la mano de su madre, acompañándola a casa de Nines. Se volvió a tocar el colgante. Y la reacción química en su cerebro reptiliano se puso en marcha. Era solo cuestión de cambiarse de almadreñas, ahormarse a otras distintas y ver por dónde te apretaba el juanete, qué huecos no rellenaban tus pies y tenías que ponerte unas zapatillas más grandes para que se ajustaran o, si al contrario, había que contraer un pocos los dedos, de  natural expansivo, o con el pie suelto, para caminar por los difíciles caminos que había que recorrer. Piedras inesperadas, algún charco que no preveas. Despacio pero con ritmo. Lo había aprendido de dos mujeres que intercambiaban sus almadreñas para que los pies ajustarán lo que las cabezas no sabían.

Minuchi y Nines. Nines y Minuchi. Minuchi, su madre, Nines, su amiga: dos pares de almadreñas intercambiables. De allí arriba, en el Burgos de arriba, el de los cántabros que no lo son hoy - tiempos de Autonomías constitucionales- , pasiegos de verdad - remota comarca común -, donde hombres y mujeres deben saber leer por Dictado Real.
Nines era algo mayor que Minuchi, niña de ocho años que se quedó sin padres y Nines cuidó. Desde 1920, allá en su escuela, amigas inseparables, hermandad voluntaria, hasta que un matrimonio llevó a Minuchi a la gran capital en el 47.  Después, amistad hasta la muerte y en el más allá. San Pedro les guardaría una silla juntas.

"¿Por dónde me vendrán las dificultades?". "Muchas gracias, espero no defraudar vuestra confianza", contestaba sonriente, doble cerebro y triple si el asunto lo requería. "Las estoy viendo", pensó mientras seguía saludando, hasta el gran jefe estuvo cariñoso

Nines, con ocho años, no era tímida, y Minuchi, más pequeña  podía agarrar su mano para no sentirse tan sola, con tanto hermano mayor. Nines, impulsiva y extrovertida podía tirar del carro de sus pequeñitas vidas, y sacarlo del barranco cuando la tristeza embargaba a su niña adoptada. Minuchi iba creciendo y cada vez más reflexiva y lista, apretaba la mano de Nines para que el camino fuera más seguro y firme para las dos. Compartían una extraña dualidad: libres y religiosas, quizás se sentaban en el banco de la iglesia para meditar mientras parecía que rezaban.  A eso el párroco le llamaba la Comunión de los Santos. Ellas sabían poco de tanta teología pero pensar a la vez, en la intimidad del banco oscuro del final de la iglesia, cavilar en lo que a las dos les preocupaba hacia que las soluciones fluyeran mejor. A la salida, con solo mirarse, las cosas empezaban a estar más claras. Hasta cuando se echaron novio. Nines se enamoró por correo forzoso con los del Frente, su Publio, alma desigual pero paralela. Minuchi con su guapetón madrileño que la volvió a dejar sola demasiado pronto con tres bocas y mentes que alimentar y nueva contabilidad por cuadrar. Nunca dos matrimonios amigos, siempre dos hermanas, sin leche ni sangre común.
Nines, más convencida de lo beneficioso de la protección eclesial que de la posibilidad de una futura vocación religiosa de sus hijos, los mandó a educarse al seminario, ella, una mujer de ciencia, que pasó su vida detrás del mostrador de una farmacia, con culebras en la bañera para que las niñas no tuvieran miedo al verlas en el campo. Solo uno se le hizo cura entre esas paredes, llamado por ese Dios al que, como oráculo al que ambas hablaban, se lo llevó a su servicio. Eso sí, uno salió cura "revolucionario" como Nines le llamó siempre.
Minuchi, viuda joven con tres hijos, adelantada a su tiempo con su carrera de contable, siempre al frente de su negocio, se empeñaría en que estudiaran, al precio que fuera, con los sacrificios que fueran, aunque su espalda se quebrara en el intentó. Y lo logró.
A ambas la vida les dio tiempo para ver, entender y compartir los vericuetos de la vida del fruto de sus vientres: un buen resultado.

Terminada la toma de posesión, respiró hondo. Los tres se fueron tranquilos para casa. El pequeño esperaba para cenar. Frente al espejo se quitó el colgante guardando lo más profundo de su alma en su joyero. ¿Lo había meditado suficiente? Se preguntó que le dirían esas mujeres: ¿qué ganas y qué pierdes?, ¿a qué renuncias y qué puedes alcanzar?, ¿qué puedes obtener después y qué tienes ahora? Cien gramos son cien gramos, de Flor de Sauco o de tornillos. ¿Es lo que hay? No. Se cambia.


Nines y Minuchi. Minuchi y Nines: un intercambio de almadreñas para enseñar, para aprender. 

martes, 16 de mayo de 2017

"Voláre, voláre, voláre"

BARCAS

Mi abuela tejía los calcetines a ganchillo. Eran preciosos aunque quizás el polvo del tiempo los suaviza  y ablanda sus arrugas. Seguro, me molestaban los zapatos porque el hilo de algodón, con caracolas y puntos largos, crecía un número. Como la rebeca de angorina: otra vez la abuela y sus primorosas labores. Como la colcha que hoy doblé en mi cama. Mi madre había cosido el vestido, y otro más, y otro más, por si me manchaba. Íbamos al pueblo de mi padre. Bueno, la verdad, era La Mancha de mi madre. Ella creció allí aunque parecía ajena. Él, mi padre, era de otro lado, un hermano de cada sitio, que la juventud herra mucho y uno siempre termina por ser de dónde elige. Así se forjan las patrias. Total que iba a las fiestas de septiembre, las importantes, la Virgen. A la casa de mi abuelo, que parecía suya y que nunca lo fue. Estaba en los soportales de la plaza, en todo el centro. Donde se ponía la feria. Tachum-tachum.
Olía a churros de la mañana a la noche. ¡Porque las patatas fritas del medio día mantienen olor a churros!. Los puestos de chuches  - para mis hijos -  estaban entre los soportales. Me parecía que lejos. Vendían de todo, pulseras de cuentas, anillos falsos, pendientes de colores. Y regaliz. Sin accesorios para el móvil, los bolsitos eran pequeños y de plástico con olor a coche nuevo, ajenos a made in Hong Kong. En el centro del empedrado los carricoches, los caballitos, la gran noria y mis preferidas, las barcas. Porque me gustaban mucho. Más fuerte, más fuerte, envite, envite, que se muevan las faldas. Un día me di la vuelta, volé cabeza abajo: vértigo prohibido a mis hijos. Mito y sueño: lo más, la horizontal.
Total que con zapatos apretados, mi vestido de piqué y una libertad que no daba la glorieta del metro, salía a la calle. A pasear hasta las dos, ¡todos a la mesa! Podía ir de casa en casa, buscando a amigos que no he vuelto a ver, comiendo pipas saladas y mantecados para invitar, eligiendo lo que rogar hasta la extenuación de  hartura de una tía que lo escamoteaba. “Esta tarde te lo compró” “¿por qué no ahora?” “Marisol, cállate o te doy”.”Anda, tía”. “A la tarde, jodía niña”. Mis padres salían a tomar una cerveza con gambas y allí estaba yo, patatas fritas y una naranjada de botella redonda, gordita, mirinda. Y sin ganas de comer. Era mamá la que guisaba y me mandaba a la siesta. Mentira: no me gusta dormir cuando el día brilla. Y otro vestido para la tarde hasta que pasara la procesión. Imponía, era guapa, de blanco y oro en su gran corona y tenía que callarme, yo que ni bajo el agua tengo silencio. Mi madre: siempre tan guapa, mis hermanos: estúpidos, mi padre: Glend Ford y mi tía: buscando novio. Por fin, estaban en mi territorio, algo me compraban, a los caballitos como una pequeña, con el llorón, los coches de choque aguantando a la fitipaldi de la segunda que ahora tiene miedo a conducir. Y a volar a las barcas, una vez, y sólo otra vez más. El bocata para cenar, cómete la fruta y vamos a los fuegos. El llorón seguía llorando, nunca le gustaron los castillos artificiales, le tapaban la cabeza, con el rabo entre las patas como siglos después gemía mi perra. Y a dormir agotada.

TERNERAS

Ya llegó: 16 años y una pandilla. Vaya fastidio madrugar para ver el encierro de los toros. La Virgen de Agosto. Ella y yo salíamos juntas de casa. 6 de la mañana. A diez pasos, cuesta arriba, ya lo sabía: “Cállate, que voy a correrlos”. “Ten cuidado”, le decía. “No te pienso ayudar como mamá se enteré”. Era la mayor. “Déjame en paz, en mí no mandas” y salía corriendo, la canija. Hacía fresco en las mañanas de la sierra madrileña, agosto cruzaba la mediana y a la piscina le quedaba poco para el verdín. Los esperaba en la plaza sentada con las amigas: la panda. Ellos, veraneantes de fiestas y tienda de campaña, estaban por llegar, apelotonados. El Toro del Aguardiente, entre troncos de burladero, sin leyes de protección urbana. “¡Cuidado, Bravo; salta Pedro; Conchi que te veo! Ya verás “. Nunca de acusica, un secreto a voces oculto para seguir como la buena, la mayor responsable, destino para toda una vida de pelusa compartida. Luego piscina, salto desde el trampolín y música de los Beach Boys. Cada día un pantalón nuevo, de los que en rebajas podía comprar sola, minifaldas a lo Massiel, y guateque en casa del Juli. Había procesión pero no me enteraba. ¿Cómo lograban ellas que él les hiciera caso? El cuerpo me había explotado y a las otras también, pero menos. Tiernas terneras. Me pareció mucho pero tardó poco tiempo en ser una ventaja: siempre te llega un día en que eres la reina - si te lo dejan creer -. Más patatas fritas y Adamo con cubata. Me gustaba el baile, porque era volar, girar en el aire para buscar unos ojos que  miraban a otra. Una noche me enfade. “Ven conmigo”. Y me besó. Años después descubrí porqué. Me dio asco y él también se enfadó su tanto, macho herido. Era mi sueño pero no mi tipo. A la noche a los fuegos con manta para el relente serrano. El último castillo era un trapo con la efigie de la patrona y el himno nacional. Chunda-chunda. Mi hermano se metía debajo de las tablas y ella, la canija, se escapaba al ruedo para que las chispas quemaran su camiseta. Ya no la veía, eran mejor los otros, como novillos.

 Y VOLANTES


Aunque no eres de la tierra me apetecía ponerme el traje de volantes, sin disfraz. Un dineral gastado en su hija que, ¡buena amiga!, me dejó pasear cuando los años y los partos y la eterna dieta aún lo permitían. 12 kilos de bata de lunares amarillos, peinetas, y una falda que volaba. La mayor no me dejaba en paz y la pequeña se podía dormir en cualquier rincón. Pero una luna de agosto en la costa de este lado de África, pasando de procesión, agotada de recorrer la feria, mareada de subir a la lanzadera, de la casa de los horrores, de “mamá, cómprame, mamá dame, mamá quiero, mamá me aburro, mamá me canso”, era el sueño realizado del envite. El traje era perfecto; mi sueldo pagaba el chorizo frito; cuidaba de los que elegí cuidar; la Virgen era de otros, del otro bando; lograba sortear el toro diario; y bailaba en sus brazos. Después de los fuegos. De nuevo, oí la voz de su abuela, desde muy adentro: "Es lo que hay". Giré, como en la barca, ternera morucha, aunque fuera sólo otra vez.

domingo, 7 de mayo de 2017

Negrete y la Virgen de Fátima


Se venden melones en la cuneta. Seguro que había alguno en la nevera de la casa. Aunque intentaban salir pronto de Madrid, siempre llegaban a media tarde. Hacía un sol de justicia.  Cruzando los pueblos de este lado del Mar Menor, no se veía a ni un alma en las calles pero se olía el salitre. Entraba suave por las ventanillas abiertas del coche, eterna pelea. -"Cierra que entra la solanera".  Ya no sabía cómo colocarse, el culo planchado después de siete horas de viaje. Echó un trago a la botella de agua. Caldo.
Él corría a todo lo que daba el coche. Había que cruzar cuánto antes la zona del centro comercial y los grandes hoteles. Se empezaba a enfadar. Mejor callada. El atasco, como a toque de corneta, se montaba a las cinco. Entre los que van a comprar y los que buscan el baño de la tarde, parece la acera de la Gran Vía madrileña en Navidad con cada peatón en su coche.
- "Que barbaridad, estas moles de edificios. No veo el mar. ¡Qué ganas de bañarme! Ya hemos pasado la heladería. Ya queda menos", pensaba sin decir palabra. Estaba como anestesiada, ausente, dispersa. Entre el disgusto por un suspenso incomprensible en la primera defensa del tema oral y la alegría de esa buena nota en la segunda con el mismo tema, entre un trabajo seguro para toda la vida pero que no había hecho nunca y el miedo por un destino muy lejos de casa, su cabeza estaba a punto del crac. "Estás neurótica".  Tardaría décadas en entender que su vida siempre fue igual. Lo que buscaba no lo conseguía y, a cambio, siempre llegaba a algo que resultaba distinto, casi mejor. Ella quería un caballo que no sabía montar y los de Oriente le dejaron una bicicleta Orbea roja para su disgusto y el de su padre. Y una buena herida en la rodilla.
Él conducía a su lado. Sentía seguridad.
La carretera se iba cargando, poco a poco, como un camino de hormigas que se va llenado hasta colapsar, miles de las hormigas que se incorporan por cada lado, vaciando su hormiguero vertical.
-" Ya llegamos. Por fin", se dijo silenciosa. "Estamos casi al final de esta lengua de tierra entre dos mares". Maldita literatura. Consigue imaginarla sin casas. Una playa infinita a derecha e izquierda. Aguas bravas y aguas mansas, frescas y calientes, juntas, a cien metros. Una mano en cada mar.
Ya está harta de pensar. Está cansada de pensar. Su mente es como un perro con heridas, se metía en su rincón, se lamía sin parar y esperaba. El dolor se irá calmando. Al final, " es lo que hay", o te paras en lo que tienes o sigues. Una y otra vez, una y otra vez.
Cuando salieron de Madrid, hablaron un rato del asunto, analizaron los detalles machanonamente, ese proceso duro entre las ansias, el esfuerzo y una recompensa a medias. Pero se calló. Se aburría de sí misma. Era como si hubieran cortado su cerebro a la mitad. El silencio mental, con su "runrun" de fondo, no cabe otra salida. Era su manera de reponerse.
Cuando subió los peldaños hasta el apartamento, ya se oían las voces. Los chicos bajaban a darse su chapuzón de tarde: el mejor.
Estaba deseando ponerse el bikini y nadar un rato. Su piel pedía sol.
La casa, como siempre, estaba llena.  Su padre había recogido a la niña la semana anterior y la pequeña salió corriendo a recibirlos, tostadita, carita de luna con sus dos años.
-"Ya bajamos a la playa, déjame dejar la maleta. Espera", le dijo al verla tan alegre.
-"Hola bonita. !Qué guapa estás, como siempre!". Era la voz amigable de una mujer de 60 años en el quicio de la puerta, familiar desde su nacimiento, con un olor a limpieza doméstica que desprendían las manos más blancas imaginables por tanta lejía fregando suelos, que planchaban con primor profesional, como su bata fresquita de flores pequeñas que se separaba de un cuerpo en el que se contaban las venas como rayos azules.
-"Hola Juana", contestó con un beso en aquella mejilla de piel finísima. "¡Qué gusto verte!".
-"Mamá me ha invitado a pasar unos días con vosotros. "Estaréis cansados de tanto viaje. ¡Y este calor!".
¿Cómo vamos a dormir?, pensó al momento. Eran muchos. Como siempre. La casa era grande, raramente grande para un apartamento de playa.
-"Deja la maleta en la habitación de las dos camas. Los pequeños duermen los tres en la otra.  Juana en el sofá del salón. Sale la cama de debajo", oyó decir a su madre que siempre tenía todo controlado, leyendo su pensamiento.
Reconoció la rutina. Ya sabía que cada noche, a media noche, mamá se levantaría como una sonámbula de gran camisón, arropando  a todos, andando por las terrazas para mirar por las ventanas por si estaban destapados: "El relente es malo. De madrugada refresca". Conocía la respuesta y el primer problema: conseguir una camiseta vieja, pudor molesto y ancestral. No había contado con ello. Ellos dormían sin pijama.
-"Hay toallas suficientes. Quitaos la arena antes de subir. Papá se encargará de traer comida y bebidas. Daos crema que el sol quema mucho este año. Me paso la mañana guisando. Esta nevera no enfría lo suficiente. ¿Mañana qué comemos?" La misma retahíla de siempre, apuesta segura, siempre mamá. Pero ya estaba en casa. Ahora podría descansar. El agua del Mediterráneo y el sudor de la bicicleta harían de eficaz ansiolítico. California dreaming.
Esa noche no salieron con sus amigos a tomar una copa. La terraza de delante parecía fresca por el rumor de los olas.  Los niños ya dormían y los demás estaban en el bar de la piscina de la urbanización, blanco y negro y un buen gin tonic. A ella no le apetecía bajar. Un descafeinado con hielo en la tumbona de rayas. Juana se sentó a su lado.
-"¿Qué tal van las cosas, Juana?" le preguntó por charlar un rato. Una rara compañía, una voz tranquila después de tanto jaleo.
-"Bien, como siempre. Madrid está asfixiante. Me llamó tu madre y me vine con tu padre. Ya sabes como me quiere. Desde que murió Román, a veces estoy un poco sola. El chico no se puede ocupar de mí, tiene su familia y se han ido unos días al pueblo. Aunque no me bañe, aquí estoy más fresquita".
Se acordó de tantas tardes con sus padres en el campo, con Juana y su chico, de ese "respira hijo, respira" que decía convencida como si el aire de la ciudad no fuera aire. Nos hacía mucha gracia.
-"¿Has visto a la abuela? No he podido ni ir a verla" le preguntó.
-"Como siempre. El viernes estuve con ella en Conde de Súchil. Ella por las noches, al menos, se sale a la azotea y respira. Mira que lo ha pasado mal en la vida, pero ¡es tan fuerte! Está bien, le duelen los juanetes, pero está bien".
- " Las de tu generación sois tremendas", le respondió.
-"¡Qué va, hija! Aunque vivimos lo nuestro, no creas. Eran otros tiempos". Era poco locuaz. Se sorprendió al oírla un comentario. En verdad, nunca habían mantenido una conversación. " Voy a recoger el toldo". De nuevo se sentó. y tomó una sorbo de su agua con limón.
Ella conocía desde niña la enorme amistad que unía a esas dos mujeres mayores, siempre presentes, extrañamente unidas, tan distintas que, a veces, llevaron a su abuela a criticar, con cierto desenfado mordaz, su mansedumbre, tanta capacidad para aguantarlo todo en silencio, a ese marido que llegaba borracho hasta caer rendido y a ese hijo único y mal criado que la tiranizaba como un rey a su esclavo. Y ahora la dejaba sola.
-"¿Te he contado alguna vez cómo me quede embarazada del chico ya con 38 años?".
Se extrañó de su tono cordial y cercano, de que le contará algo de sí misma. Siempre tan discreta. Ella había oído contar esa vieja historia familiar muchas veces, pero nunca de su boca.
-"Fue por Jorge Negrete y la intercesión de la Virgen de Fátima. No me quedaba en cinta nunca. Tu madre era como nuestra hija. Tu abuela cuidaba de tu tía  y tu madre venía muchas veces a comer conmigo y a coser. Ya sabes las manos que tiene.  Román - no se puede ocultar-,  a veces se pasaba con los chatos y yo pensaba que un hijo le haría dejarlo".
-"¡Vaya Juana! Buena combinación, un poco extraña, ¿no? ¿Cómo fue?" siguió, mostrando un interés sincero. Nada mejor que una buena historia.
-"Era el año 48. La Virgen de Fátima llegó a Madrid. Cosas de Franco. Y se me ocurrió. Hice una promesa. Me acerque con tu madre a la procesión a la Glorieta de San Bernardo. Le pedí con todas mis ganas un nuevo embarazo y le toque le manto. 13 años buscándolo después del primero que perdí. Un hijo cambiaría a Román, estaba segura. Y a los pocos meses ya tuve mi primera falta.".
- "Juana, ¡parece un milagro!", le contestó un tanto burlona, mujer de poca Fe.
- "Los periódicos dijeron que la Virgen había hecho muchos en Madrid. El mío no salió en los papeles pero yo !me quedé!"
- "Y Jorge Negrete, ¿qué tiene que ver? ¿Os animaron las rancheras?", preguntó capciosa.
Esa mujer de ojos claros tenía una gracia particular para decir sus cosas, una retranca en la intimidad entre gallega y de madrileña cañi que ella recordaría toda la vida. Como la de su abuela: menudas lenguas para "cortar trajes" a la que se pusiera a tiro.
- "También vino a Madrid ese año el cantante. Tu madre quería verlo, como esas chicas de ahora con los que llevan melenas, y yo la acompañaba por las tardes a las puertas del Palace. Se llenaba de mujeres. Nunca lo vimos. ¿Sabes que dijo que dónde estaban los hombres en Madrid? A lo mejor eso animó a Román. Poner en duda  a los españoles, mira tú".
- "¡Qué cosas tiene Juana!". Pensó en el honor patrio que un mejicano se atrevió a poner en solfa. Pensó en aquella mujer que confió a la Fe y la testosterona para cambiar su vida. Se estaba levantando una brisa agradable. "Hoy vamos a dormir mejor".
Empezaron a llegar todos, camas por medio, doblar las toallas secas para que el relente no las humedeciera, prisas por entrar al baño, pijamas, un vaso de leche para el llorón de cada noche.
- "¿Y mañana qué comemos? Tengo unas judías verdes muy buenas", volvió a decir su madre.
Lo que menos le gustaba era que dormían en camas separadas. Pero, en unos días, eso cambiaría.


miércoles, 3 de mayo de 2017

DOS SON UNO + UNO



ESE y EME, cuando eran pequeños, vivían en una CUEVA.

 EN LA CUEVA

Allí caben muchas cosas. Y muchas personas. Hasta JOTA tiene un hueco. Pero eso será después, cuando la tripa de mamá ya no esté gorda.

EME casi siempre está dentro. ESE, desde fuera, lleva fruta y verduritas para comer. En el país de la CUEVA no hay super.

Si mamá pregunta a  EME qué quiere comer, él contesta seguro: "Lo que diga ESE". Ya en el hospital, ESE, un sabio de casi dos kilos, sabe esperar a que termine su ración de leche dulce. ESE pesa veinte gramos más.

En la CUEVA, EME tiene otro hermano, mayor y grande. "Solo lo conozco yo. Los monstruos y los enemigos lo temen". También temen al gigante Gordigón que ESE vence siempre, con la capa de trapo que la tía le recortó.

Es muy fácil entrar. EME y ESE se miran: "¡Ya estamos en la CUEVA!".

Pero no hay problema ni lío: ESE y EME también viven  en el país de su casa. Con papá, mamá y los abuelos, Carlos y Diego, Mimi y Kême, Pablo, Daniel y Gabriela. Y todos los demás.

En la CUEVA, hay otra familia. "Son otros, se acabó. No hay más que hablar", dice EME, muy seguro. Los mayores no entran en la CUEVA. "Bueno, el abuelo sí", piensa ESE, agarrando su mano en el parque.

¡SOY TU CARA !

Sin poder entrar, los mayores saben que, a veces, EME y ESE, desde muy pequeños pueden estar allí metidos. Mamá ya lo sabía cuando los bañaba, de bebés.

Mamá los pone muy juntos frente al espejo, sentados en la repisa. "Tú eres EME". "Tú eres ESE", decía riendo. Ellos piensan: “Somos distintos y todos nos ven iguales”.

Mamá siempre pregunta: "¿Quién está ahí?" EME mira al espejo. "¿Soy yo? ¡Hay dos ESEs!". Mamá se empeña: "Tú eres EME, él es ESE. Tú eres ESE, él es EME". ESE se ríe a su lado. ESE siempre piensa que, dentro del espejo, ve dos EMEs.

Nunca visten igual. "Veo mi pantalón azul con tu camiseta roja en mi cuerpo" le dice EME. “En la CUEVA yo tengo mi propio anorak y te has puesto mis zapatillas”, responde ESE.

ESTOY AQUÍ

En casa de los mayores, tampoco duermen en la misma cuna. "Yo estoy en la mía, tú en la tuya. Es mejor. Y nos dejan hablar", le dice EME cada noche, y tira el chupete. "Los mayores usan las otras palabras. Están fuera de nuestra CUEVA y no saben hablar como nosotros", responde ESE, repitiendo algunos ruidos como los de papá. Cuando se asoman a la puerta, los demás nos oyen reír con la luz apagada. El sueño ya vence a ESE mientras que EME habla, habla y habla. Porque contar cosas puede ser muy útil, hasta el llanto bajito de ESE ayuda a soñar.

Pero una noche ESE estaba demasiado triste. EME, ya en la puerta de la CUEVA, quiere dormir, cogiendo fuerte la etiqueta de su pepito. ESE llora mucho, agarrado al borde de la cuna para estar de pie. Y no se calla con el trapo tapándole la cara. Con seis meses, es difícil que los mayores entiendan tus penas. Papá y mamá no saben qué hacer.

EME sí lo sabe. EME se agarra fuerte a los barrotes y se levanta. "ESE, estoy aquí, busca como entrar dentro" le dice, y mamá no lo entiende. "Ya te cuento cómo arreglarlo", le repite, tocando su mano, suave. EME habla y habla y habla otra vez. "¡Ya entramos los dos!". ESE va callando. Y responde chupándose el dedo: "Vale, vale, mañana me cuentas más".

A veces, no estamos de acuerdo."Fatal, fatal, fatal", se oye desde la oscuridad de la habitación. "No, no, y no",  respondes con esas palabras de mayor. Papá no entra para mandarnos callar, ya sabe que nosotros lo arreglamos todo.

ESTÁS A MI LADO

Porque la vida en el país de la CUEVA tiene problemas de cada día que los mayores no solucionan. ESE y EME crecen y ya pueden andar, coger coches y pelear. Y ser amigos otra vez. “Aprendemos muchas palabras de papá y mamá”.

Correr por el salón de casa es divertido hasta encontrar las cortinas, una y otra vez. "Corre. Yo, en este lado. Tú, al otro. Los demás, fuera  de la CUEVA, lejos, en el sillón". ESE y EME chocan sus manos a través de la tela transparente que tapa la ventana y su risa fuerte se oye en toda la casa: “No podemos parar de reír”. "Salimos y entramos al salón cuando queremos. Estamos muy juntos aquí dentro ¿Te acuerdas?".

Vivir con los mayores, también es divertido. Despertarse por la mañana es estupendo. Tú estás ahí y no hay que llorar. Da mucha risa lo bien que lo pasamos. Porque EME es un niño orquesta, dicen los demás. Imita todos los ruidos. "Y no te deja hablar", piensa ESE.  Hasta conoce poesías:

"El otoño ha llegado.
Todo cambia de color.
El suelo tiene una alfombra
Roja, amarilla y marrón"

Además, aprendemos cosas. ESE lo explica todo. Él lo entiende: "Esto - ¡tan difícil!-, hoy lo hago yo; y te lo enseño. Tú lo haces mañana. ¡Y me enseñas lo que has hecho ayer!, ¿vale? ". Es como los dientes: hoy me salen a mí y mañana a ti. Hoy andas tú y mañana yo. Si EME está malo, ESE llora para acompañarle. Está a su lado.

 ¿DÓNDE ESTÁS?

A veces, es difícil reír. Como esa tarde cuando se llevaron a EME al hospital. Al mismo donde salimos el primer día de la CUEVA. Otros días, ESE tose; o a EME le duele la tripa; o a su cuerpo - se queja - "le han salido granos". Aunque papá o mamá te llevan al médico, no pasa nada. Pronto vuelven con el hermano y la medicina.

Pero una vez tardaron más. ESE pasa tres noches sin contar sus aventuras, sin oír a EME empezar con "Había una vez" para dormir; sin que canté su canción de "La, la, la", cuando le arranca el coche de su mano. A  ESE no se le va la tristeza, y mamá lo nota. ESE no encuentra el camino para entrar en la CUEVA.

¿Cómo ESE va a salir a la calle sin agarrarlo fuerte de la mano y decir: "Vamos EME"? "A quién va a mirar confiado cuando algo "está fatal"? ¿Cómo va a hurgar sólo en el cofre de tesoros del bolso de la abuela?  ESE no encontraba como  dar la mano a EME cuando los "dibus" le dan  tanto sustito. ESE grita por la mañana: "¿Dónde estás?" y EME no sale. No se esconde, debajo de la sábana para asustarle: "Soy yo, estoy aquí" y no lo dice.

Solo queda esperar, chupándose  el dedo ¡Él va a venir!

TENEMOS SUPERPODERES

Porque la CUEVA da superpoderes. EME sabe que a su cuerpo le pasan algunas cosas que ESE, que lo explica todo, no  entiende. Sentado en el orinal, "aprieto y no sale", le dice. EME se pone rojo sin que le hagan nada y se hace heridas por jugar y caerse. Se inventa la canción de la "Gallina Carolina" para bailar y se mueve como las señoras de la tele. Pone cara de payaso diciendo "soy EME y estoy aquí dentro”.

ESE también tiene superpoderes. Con dos años, se pierde en el parque y sabe volver solo. Se lo explica al abuelo. "Me he ido del parque andando y llorando". EME, otra tarde y más mayor, tampoco encontró al abuelo en el camino de vuelta. Pero ESE, desde la CUEVA, le gritó cómo volver y se acordó.

EME inventa "calabras" como el del coche "pimiento", que papá llama Fiat 500. Sabe que el pis es la salsa de la caca;  que mamá se "pone los otros ojos" y los llama lentillas. Hasta sabe hablar desde muy lejos con el coche de Rrallmacuín, más bonito que el móvil de papá.

Cuando están dentro de su CUEVA, ESE, dormido, puede decir, "coge al abuelo" y EME lo encuentra. Sabe llamar a EME con solo mirarlo, y él viene. Como el ascensor, que los mayores traen tocando un botón y ellos solo gritando muy alto "Ascensooorrr".

ESE recoge cosas especiales del suelo, en la calle, en la casa, en la CUEVA, en el patio del cole. Él lo explica: “Me interesa”. Sabe que es extremadamente limpio aunque mamá se empeñe en lavarle las manos y no dejar que chupe su dedo. Guarda esos "cuenteuros" que dan a papá en el mercado, que paga con los dineritos rojos, amarillos y de papel.  EME siempre sabe dónde los guarda:”Están ahí, dentro, en la entrada de la CUEVA. Búscalos, en el cajón”

 Y los dos ya aguantan muy bien el peso de JOTA sentado encima de su tripa. Tienen superpoderes.

ESE Y EME tienen tantos superpoderes que, aunque no van a la misma clase del cole, se encuentran. ESE se lo dice: “No te busco. Te veo”

FUERA DE LA CUEVA

En algo coinciden en casa y en la CUEVA. Nadie es más bonito que JOTA, su bebé. Y nada les gusta más que el abuelo pelando fruta para merendar. "¡Qué día más maravilloso!" dice EME cuando, en la cena en casa, recuerda la tarde en la feria cogido de su mano. 

El abuelo tiene "casipoderes" y puede entrar en la CUEVA. No lo ha hecho nunca. Papá trabaja, mamá trabaja, la abuela trabaja pero el abuelo no. ESE dice a papá que el abuelo es el más rico del mundo porque trabaja un día menos que Papá Noel. Y tiene un coche estupendo. Y ellos lo pueden conducir,  y llevarlo de la playa al campo con decir solo "Brumm". El país de la CUEVA tiene buenas carreteras.

Es muy fácil entrar y salir de la CUEVA y los demás no lo saben. Te puedes ir dentro cuando te mandan a pensar al rincón. Y se juega al  club de la "dlucha". Afuera, con el palo láser, también se vence al enemigo. Solo hay que decirlo: “Relájate, cobarde. Estás vencido". Dentro se pueden recoger los cacahuetes de los aguacates del abuelo y tienes una gran cosecha.

EME y ESE  tienen en la CUEVA su medalla de super- héroes por bomberos policías. Rescataron a un niño de un incendio. Aunque ESE dice que ya estaba muerto.  Fuera de la CUEVA, EME, una vez también lo fue. Se cayó a la charca de pueblo saltando con la bici. ESE no lo vio y no lo cree. Pero EME sabe que llegó a la orilla, tan contento, mojado y sin heridas.

Y fuera de la CUEVA existen más amigos. Hasta esa señora tan mayor, amiga de mamá, que quería ser otra nueva abuela; ¡de ellos que ya tienen dos! "¿Abuela?, no - le dice EME -. Pero nos encanta tener nuevas amigas".

Además está Kême, que tiene su propio país, y cuando se pinta los labios de rojo, a ESE le parece muy distinta, como una chica. JOTA ya comienza a hablar, sabe esconderse, duerme al lado y te quita las madalenas del desayuno.

 FIN

ESE y EME ya  cumplen cinco años. Son grandes. También se puede entrar a la CUEVA cuando te regañan. “Pero poco. La CUEVA es solo de niños pequeños”, dice EME. "Ya no. Aquí estamos bien, con todos los demás".Y la tripa de mamá tiene otro sitio para los nuevos hermanos, sabe ESE. Aquí, en el país de los mayores, hay muchas cosas que interesan. EME piensa lo mismo.



Pero ESE, a veces, lo duda. ¿Y si entra un poco en la CUEVA? El cole no se acaba nunca, y despertarse siempre en el mismo sitio, merece que grites "¡Qué clase  de futuro es éste!". EME también lo cree.