EL
Él caminaba por el pasillo oscuro, lleno
de cables y luces pequeñas, de aviso, rojas, blancas, azules, restos de
aparatos irreconocibles y más cables por arriba, por los lados, por el suelo. Y
polvo, mucho polvo, en los rincones, en las juntas infinitas entre ese ramaje
interminable de más cables, en enchufes y conexiones, en los empalmes. Lo
respiraba y le picaba la nariz más que con el guano pulverizado que, con
destreza descuidada, repartía alrededor de los troncos. Le habían avisado que no se tocará la cara y
el leve maquillaje, que una amable señorita le había puesto en la cara, desapareciera.
Su cara morena de tanto campo y casi nada de playa, cuero cuarteado, esteparia,
podía dar muy pálida. "Un poco solo" le dijo, con su esponjita llena
de crema oscura "para que no salgan brillos". Pero ese picor tirante
le ponía aún más nervioso.
El suelo era como asfalto, parduzco,
liso y caliente, poco agradable para unos pies pétreos, curtidos en botas
viejas y en sandalias con suela de yanta, también viejas, endurecidas. Sus
plantas encallecidas de tanto pisar entre surcos de tierra y de huerta,
terraplenes llenos de hierbas escurridizas, bancales pequeños y empapados de
riego a manta, entre piedras y ramas secas, de caminos sin asfaltar o pedazos
de terreno cubiertos de una fina capa de hormigón casero, "con su poquito
de portland" que tanto le gustaba extender, para conducir regatos de agua
hasta el último árbol del último bancal, esos pies reptilianos no soportaban un
calor que salía de abajo, como del infierno. Sus calcetines nuevos y los
zapatos de domingo le empezaban a
resultar insoportables, los sentía más cansados que un largo día de poda y
quema. Los metería, si pudiera, en el agua de un balate hasta que se enfriaran. Pero el dolor era un
viejo olvidado en un cuerpo hecho sarmiento, de viejas heridas curadas con agua
y jabón en músculos como estopas enrolladas en sus huesos, en esa columna retorcida
de tanto doblarse. Sin embargo, ahora esas molestias le crispaban. No dolían,
hervían.
Sus ojos, hechos a la oscuridad de
caminar de noche por los campos, con una vista de animal casi alimaña, no
terminaban de adaptarse a esa penumbra de túnel, de tubería. Le faltaban sus
viejas gafas, de patillas rotas liadas con esparadrapo que había dejado en casa
por aparentar mejor. No reconocía las sombras. Se sentía más perdido que nunca.
No podía dejar de imaginarse como uno de esos cerdos que crió en una granja
porcina industrial de Barcelona que arreaba a las naves cochiqueras para
engorde o para subir a esos camiones de transporte para un matadero. Allí
trabajó los años necesarios para ahorrar lo suficiente y comprar tres marjales
de tierra en la vega de su pueblo y levantar con sus manos un cortijillo
mirando a lo lejos a un cercano mar azul, Mediterráneo, 20 metros cuadrados
apañados, con cocina y pila, mesa y sillas de aquí y de allá y un viejo sofá
con manta de ganchillo; y también para hacerse con el piso bajo, de dos
dormitorios, con baño con bañera, muy arregladito por su mujer, la María, allí en
el ensanche urbanizado de la ladera del casco viejo, a la caída del Castillo.
Como si viera una vieja película en el
cine que cerró el ayuntamiento, venían a su cabeza esos mansos marranos de cría
y cebo, orondos, que le seguían hociqueando con la cabeza gacha: ahora era él
el sumiso detrás de una chica nueva, bajita y de culo apretado por los vaqueros,
que se atrevió a mirar de reojo solo una vez, coronada con sus cascos en los
oídos y un micrófono pegado a la cara que al que hablaba bajito. "Ya llegamos", le oyó repetir un par
de veces, acelerando el paso.
Se sentía más joven con la nueva camisa
de rayas azules y su pantalón gris bien planchado aunque esa señorita del potingue
de la cara le había comentado, sin demasiada atención, que tantas rayas harían
un efecto raro. No la entendía. Él, que ya dudaba de que saliera bien lo que
estaba haciendo, sintió un pellizco en la boca del estómago, como de hambre. "Francisco,
ya vamos a entrar. Tranquilo. Está usted muy guapo", se volvió a mirarle,
con una amabilidad tensa, un poco falsa, profesional, que él, perro viejo,
rápidamente olfateó. Pero apretó el
paso. Ya no notaba los pies calientes ni le picaba la nariz. Ya estaba subido
al camión.
Hizo un esfuerzo por recordar las
indicaciones que le habían dado un poco antes de entrar en el túnel, en una
sala impersonal donde esperaba sentado junto a otras cuatro personas que no
conocía de nada y que apenas saludó. "Francisco, usted espere a que ella
le pregunte. Esté tranquilo ya verá como todo sale muy bien. Son unos 15 minutos
y se acabó".
Ya estaba ahí, lo había logrado pero daría
algo por salir corriendo. Y ya no podía.
De pronto un fogonazo que le hizo cerrar
los ojos y un estruendo le aturdió aún más. Focos, miles de luces colgando, neones,
grúas, raíles, personas cargadas con cámaras y mucha gente sentada. Y la señora
Patricia allí, en el centro. Reconoció el lugar. Había visto el programa varías
veces sin demasiado interés, en esas largas tardes de invierno cuando oscurece
temprano y hay poca faena en el campo, sentado en el sofá de la casa, antes con
la María y ahora con su Paca, hasta que un buen día se decidió.
Entró en esa especie de plaza, despacio,
cansino y, como un eco, oyó decir su nombre.
En un despacho, por la mañana, había contado a un chico simpático su
historia que, a breves retazos, ya relató en una carta cuando tomó la decisión:
"Muy señores míos, les escribo para...". Estaba arrepentido, le
bullía muy adentro. Lo mejor era acabar rápido. Él, que reconocía bien cuando
una tierra era "histérica" y no iba a dar frutos como Dios manda,
sintió que aquello no podía dar nada bueno.
Como una aparición milagrosa surgió todo
lo antiguo ante sus ojos. Se vio joven recluta de 21 años, medio rubio y de pequeños
ojos azules y vivarachos, de lengua alegre y ganas de tragarse el mundo, con
manos ya duras de tirar de azada y pala, con la espalda como un junco
doblándose ligero para hacer hoyos más rápido que nadie. Hacía la mili en
Granada cuando conoció de caqui a esa Paca, medio gitana medio paya que, con
tanta gracia y soltura, le sorbió el seso. Se vio despidiéndose de ella en la
estación de la Alsina, llenas las manos de promesas de volver a buscarla y
casarse por lo legal. Se vio de nuevo en el pueblo, recibido por su madre
fuerte y mandona que rápido le mandó a faenar a un campo ajeno porque el amo
tenía mucha labor. Se vio paseando por
la playa con esa chica callada, bajita y un poco tristona que su madre se
empeñaba en repetir que era muy buena y muy limpia y hija única de familia con
tierras, de un pueblo cercano, de la vega, la María. Se vio guardando a su Paca
entre los recuerdos mozos y olvidados, ella que nunca contestó a sus cartas y
que su madre repetía sin parar que ya no se acordaba de él y que ya se habría
buscado, tan fresca la quinquillera, a otro con más posibles que un jornalero.
Se vio casado con la María, que resultó
gobernanta como su madre, cada vez menos simpática y un poco metiche pero - eso
sí - buena para la faena de la casa si no se levantaba cansada. Se vio triste acompañando
a la caja del hijo que perdieron al poco de nacer y que dejó a María seca, otra
histérica como la tierra baldía, amargada, beatona, siempre encerrada en el
piso con su perro de lanas entre las piernas. Se vio en la casa del barrio
cercano a Barcelona de donde María no salía nunca porque no le gustaba el
catalán, no lo entendía y no hacía buenas migas con nadie. Se vio acompañado de
su suegra, la señora Josefa, que venía
cada mañana hasta el cortijo, 5 kilómetros campo a través de ida y vuelta
desde su pueblo, para verle y estar con su María, llevando y trayendo
habichuelas y cebollas frescas de su huerta. Se vio envejecer, faenando de amo
en amo, cuidando tierras ajenas, rebuscando por la noche las papas de campos de
otros o los chirimoyos, nísporas y aguacates que se quedaban en los árboles de
vecinos porque no valían nada en la corrida. De todo lo ajeno y lo propio sabía
sacar sus buenas pesetas vendiendo con sus banastas en un rincón del mercado,
una ayuda para el jornal, que su suegra aumentaba con su cesta. Se vio
acompañando a María una y otra vez al médico del ambulatorio, eternamente
enferma, quejosa, de piernas pesadas y dolor de riñones, gorda y oscura; que
solo, si hacía bueno, salía para ir al cementerio a la caída del sol y llegarse
a poner flores nuevas o secas del mercadillo en la tumba de su hijo, acompañada
por una madre que siempre parecía su hermana.
Era su cabeza como un álbum viejo de
fotos sin color que pasaba las hojas sin parar. Se vio en el Hospital de
Granada donde María murió por un corazón cansado de tanto descansar enganchada
a una pena negra, que nunca disfrutó ni sentada debajo de la parra de cortijo
al que no iba porque era mucho andar.
La voz de radio de la señora Patricia le
hizo volver a su sillón, al chico de la
cámara pegado a sus narices, a ese público que aplaudía cuando otra chica levantaba
los brazos desde un rincón.
"Francisco hemos conseguido su
deseo, entre el público está su hija". Miró entre tantas caras para
intentar distinguirla. Era buen ojeador y los gestos del que estaba enfrente le
bastaban para presentir su respuesta. Muchos años de servidumbre y demasiados
amos le habían enseñado por dónde iban las cosas. Pero ahora no sabía a qué
mirar.
De pronto el chico de la cámara al
hombro subió rápido entre la gente. Parecía saber seguro su camino. Observó y,
aunque la señora Patricia indicaba aquella
mujer cuarentona sentada en la tercera fila que bajara a sentarse junto a él,
ésta parecía extrañada, disgustada, huraña, como enfadada, poco dispuesta a
obedecer. Notó que ese hombre sujetando la cámara de la grúa le estaba
enfocando mientras el otro bajaba por las escaleras siguiendo a aquella mujer que
sentaron a su lado. La reconoció. La había visto alguna foto con la Paca y dos
niños pero le pareció más mayor de lo esperado. No le miraba. Estaba tensa y él
no podía mover ni un músculo. "Carmen, Francisco es su padre y sabemos que
usted nunca antes había estado con él. Él nos escribió contado su bonita historia,
las ganas que tenía conocerla y de poder darle un abrazo. Nos emocionó mucho y
nosotros lo hemos hecho posible", oyó decir a la señora Patricia.
La mujer cuarentona contestó enfadada.
"Ustedes me han traído a esto engañada. Yo venía a ver el programa como
otras del pueblo que están sentadas ahí. Ya sé que este señor es mi padre pero
no lo conozco de nada. Me lo dijo mi madre. Pero yo me voy".
"Carmen" le dijo la señora
Patricia un poco irritada. "Nosotros pensamos que este bonito encuentro le
gustaría. Francisco quería darle el abrazo que la vida le había impedido".
"Pues se han equivocado", dijo
levantándose y saliendo por la puesta por donde él había entrado.
Se hizo un silencio raro que la señora
Patricia cortó como un cuchillo. "Lo siento Francisco. Lo hemos intentado.
Nos ha gustado tanto su historia que no la podíamos dejar pasar. A veces las
cosas no salen como queremos. Un fuerte aplauso para Francisco."
Él se levantó deprisa, avergonzado, y
salió por dónde había venido. Allí le esperaba la chica que le acompañó al
entrar. No dijo nada. De nuevo sintió que no veía bien. Pero caminó seguro.
Como si sus pies conocieran el terreno. Y de nuevo ese polvo, ese enjambre de
cables, esas luces mortecinas. Y de nuevo las imágenes. ¿Por qué había venido?
Se vio buscando en la guía el teléfono
de la Paca en Granada. Era buscar una aguja en el pajar. Tenía mucho tiempo. Ya
no faenaba para los demás. González Ruiz había muchos. Se vio recordando el
barrio alto dónde ella vivía y subiendo en la Alsina para llegarse a Granada y
buscar la comisaría del barrio para preguntar. Un impulso, le había llevado un
impulso. Y la soledad. María había muerto tres años antes y con ella el perro y
se quedó muy solo. Su suegra tampoco vivía ya y tenía pocos amigos más allá de
los del chato en la taberna. La Luisa y el Ignacio, los del cortijo de al lado,
aunque eran como familia propia, tenían su vida y la Luisa, la madre, él que
tanto la ayudó cuando se quedó viuda joven y siempre trató a sus hijos como
suyos, no estaba dispuesta a tener nada con él. A ella no le gustaban las
habladurías y, aunque todos sabían los buenos ojos con los que él miraba, viuda
lozana, guapa y cincuentona que tanto le alegraba la charla y la vista, no
estaba por la labor de comenzar con amoríos de viejos. Bueno, mejor amoríos con
él, ya viejo, que luego Luisa se echó un novio de su edad.
Hasta esa visita a la señora Patricia,
todo había rodado como un milagro o como una novela de mano de sus años mozos.
Se vio contando su historia a un policía
viejo de la comisaría del Zaidín, que conocía dónde vivió siempre la señora Paca
González, y que se ofreció para hablar con ella por si le quería ver. Ella no
había abandonado nunca el barrio. Y que, a los pocos días, le avisó.
Se vio llamando a la puerta de su casa y
diciendo, ante una mujer menuda, agitanada, delgada pero de tripa abultada, de
cara sonriente y cigarro en la boca, "Hola, soy Paco, Francisco Ortega, tu
novio de mozos, el soldado". Y a ella contestando. "Lo sé. Te
reconocería en cualquier sitio. Me he cruzado contigo alguna vez por el
Hospital de aquí. Con una mujer que imagino que era la tuya. Yo iba con mi
marido, bueno, el padre de mi segundo hijo, que murió hace un año. Y ¿qué quieres?
Pero pasa hombre, pasa".
Se vio a sí mismo entrando en aquella
casa de barrio pobre, limpia y sencilla como la suya del pueblo. Se vio escuchando
una historia que era la suya y desconocía.
Paca bajó al pueblo al poco tiempo de
que él volviera de la mili. Le extrañaba que no contestará a sus cartas, que la
hubiera olvidado tan pronto. Algo muy importante tenía que contarle. Y no lo
pensó: se presentó en la casa. Le abrió su madre y ella, sin más, le dijo que
estaba preñada de Paco. Él estaba en el campo y nunca se enteró de nada. Su
madre, violenta y sin dejarla hablar más, le gritó que dejará en paz a su hijo,
que quién le decía a ella que esa barriga era él, que solo buscaba arreglar su asunto, que volviera
por dónde había venido, que Paco tenía una novia en el pueblo de al lado y que
pronto se casaría, que era una gitana desgraciada, que Paco le había dicho que
fue un apaño mientras estuvo en al mili y que como le buscará se las iba a ver
con ella. Paca era muy joven, era orgullosa y se volvió a la capital. Desde
allí le volvería a escribir. Él nunca le contestó.
Se vio sentado en el sillón del cuarto
de estar de Paca escuchando lo que no podía creer. 40 años sin saber nada de
ella, 40 años sin saber que tenía una hija que Paca crió con muchas penalidades
hasta que conoció al padre del segundo, que ella llamaba marido y que no lo era
porque no quiso casarse. 40 años buscando tener una familia cuando ya la tenía
¡quién se lo iba a decir!. 40 años guardando en el olvido los buenos ratos que
había pasado con ella.
A partir de esta visita, todo lo demás
fue rodado.
Se vio viviendo tranquilo en su casa del
pueblo con Paca que ya tosía demasiado y nunca dejaba de fumar; sin casarse que
dos pensiones suman más, sentados debajo de la parra del cortijillo a la fresca
porque a Paca le gustaba pasear por el campo, ver los árboles, recoger las
habichuelas, hablar con las vecinas, comer en el chiringuito de la playa los
domingos y vivir, sobre todo vivir.
Se vio diciéndole una tarde que él
quería conocer a su hija, la que vivía en Melilla y no veía con buenos ojos que
se hubieran ido a vivir juntos al pueblo; que tenía dos nietos que apenas veía
nunca; que siempre trató a su marido como padre y que, con suerte y esas cosas
que tiene la tele, esa señora Patricia les podía ayudar a que las cosas entre
ellos fueran mejor.
El camino de vuelta por ese túnel feo y
sucio, que ahora se le hizo más corto, fue suficiente para recordarlo todo, por
qué estaba en un Madrid que no le gustaba, porque llevaba la cara con un
maquillaje que le duraría dos días por más que frotaba, por qué se había
sentido como un cerdo camino del matadero, porque esa mujer del público le miró
solo una vez y de soslayo con odio y mucha rabia, que se marchó corriendo por
el maldito túnel lleno de suciedad.
Sólo una cosa le pellizcaba aún el
estómago. Se había hecho a la ilusión de ver chiquillos a su alrededor, de esos
que podían pegar pellizcos a los cristales como la pequeña de uno de sus amos, corriendo
por sus cuatro marjales, entre chirimoyos, nísporas y aguacates, trepando como
monos por los árboles que ya les enseñaría cómo para no caer, pisando las matas
de tomates y corriendo tras su perro ratonero, mientras él se sentaba bajo la
parra con su agua de limón. Pero se consoló. Ahora sí podía dejar en herencia
sus bancales a alguien de su sangre que había visto, al menos, una vez.
Se vio oyendo a Paca en el sillón de la
casa."Paco, esto es lo que hay. Tú lo has intentado. Esta chica siempre
fue triste y un poco malaje. Lo llevaba en la sangre como tu madre. Déjala.
Termino este pitillo y cenamos. Tengo un pescado asado que está muy fresco para
cenar". Se vio saliendo del túnel al aire fresco, de ciudad pero aire
limpio, fuera de una tele llena de mugre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario