DOBLE ARO
Estaba harta de los preparativos:
tarjetas de invitación para los habituales de casa y para los que conocían la
feliz idea de primera mano, para los que aparecían sin llamar, para sus hijos
con los eternos adolescentes de nueras y yernos, y para los arrimados de
siempre; harta del control de regalos, cual apunte mercantil, que estaban
obligados a hacer, libremente, eso sí, ya confirmada la asistencia, los
conciliados al evento, con sus pesadísimos "¿qué
queréis?,¿qué os apetece?" y que no sabía ni dónde iba a colocar.
Ya no soportaba volver ni una vez
más al restaurante elegido para disfrutar
de las pruebas de menú y su amplia variedad
gastronómica: cenas o brunch - seguían sin determinar la hora exacta del asunto
-, casero y tradicional, de platos fríos o calientes, o muy fríos y muy
calientes, más contundente que mera degustación o carta estrecha y larga, muy a
lo master chef o según el mercado del día inspirará al cocinero. Había saturado
su criterio para identificar ese sitio especial
para un día especial.
¿Y de la elección del traje?
Mejor no hablar. El suyo, el de él, el de los de mamá ¿qué me pongo? como hacían a los cinco años, el de ¿nos ponemos todas las de casa iguales o, al
menos, del mismo color? Sería entrañable, cuando ya han pasado lustros
desde la última vez que le permitieron comprar un pijama para nadie sin su
autorización directa. Y ahora le venían, encima, con la ropa de los niños. ¿Los llevamos muy formales o informales para
que disfruten más? Por no hablar de esa idea brillante de su hijo pequeño:
¿no les vamos a regalar un detalle a los
invitados para el recuerdo? pero le impuso, ya sabes mamá: de 3b, made in salario de mierda y con toque sostenible.
Ya no le importaba nada dónde
iban a dormir los que venían de fuera. Sacó el asunto de su negociado: que los
organice él.
Pero sí lo fue y acababa de
confirmar la reserva en el hotel más cercano.
Y, para remate, la última
preocupación que le habían endosado: ¿quién iba a conducir la ceremonia? Esa
fue la pregunta del millón que, en la fase final de la organización, se le
ocurrió soltar a él, el renovio, el coprotagonista.
Buscar a un amigo con valor
suficiente para largarse un speak edulcorado y levemente trufado, cual brioche blandito, de anécdotas tiernas, que nos representen, que parezcan
reality, pinceladas auténticas de su vida en común, se le ocurrió decir (habla
claro, hombre, y no des más vueltas: que brote la lágrima de tu entregado público) eso, sin duda, podía resultar lo más
difícil de conseguir. Ni el verborreico, su eterno amigo de la infancia, de él
claro, se mostró al principio predispuesto para aceptar tal honor. Aunque era
una apuesta segura: a la segunda intentona, se lo aceptó.
No lograba entenderse a sí misma.
Abrió el cesto de la ropa sucia y
empezó a hurgar en su interior.
¿Por qué les habría permitido llegar hasta ahí
con esa idea, tan descabellada como hinchada de emociones enlatadas, y seguía
preparándolo todo para recelebrar una
boda de hace veinticinco años con otra? Como si aquella no hubiera sido suficiente,
¡y con lo bien que salió!
Hizo dos montones: ropa clara y
de color.
Pero mucho menos, aún, lograba
entenderle a él.
Resultaba inverosímil que él, su
marido, el mismo iconoclasta de todo como religión, él, el último antisistema
por obligación, él, ese mismo, el que predicaba, con cinco lustros menos, sobre
un matrimonio invento burgués
contranatura, el que pasó por la vicaría por no soportar un conflicto
familiar de repercusiones bíblicas, - Apocalipsis atómico y emulsionando en
forma queja de angustiadas madre y futura suegra - él, sí, el mismo, estaba
entusiasmado con la idea. Y, como siempre, tras más de veinticinco años juntos,
reconoció que la había sorprendido.
Ahí estaba ella, se dijo casi en
voz baja, mientras comenzaba cargar la lavadora de ropa clara, enredada entre
sus pensamientos cabreados y bipolares, porque parecía que todo estaba ya
acordado pero todo tenía, todavía, demasiadas cosas si cerrar.
Metió la mano en el tambor,
separando las prendas para que no salieran muy arrugadas.
Con él, con su entusiasmado
próximo remarido, había vivido,
apenas tres días antes, una gloriosa
bronca conyugal con los matices de siempre, de esas que resuenan por el patio
de vecinos y que la reafirmaban en una idea que, pese a tantos años de convivencia, con sus momentos mejores y
peores, como todos los matrimonios, no lograba matizar: Eduardo no la
quería. O, al menos, no la quería lo bastante. O mejor, no la quería como ella
necesitaba. En definitiva, nunca la quiso de verdad. Sí, aunque fuera el mismo
Eduardo que, un rato antes cuando tomaban el café, le dijo que aguardaba con
emoción poder abrir, agarrado a su cintura, el baile renupcial, con esa canción que tan buenos recuerdos les traía.
Y, cargando el detergente en su
taponcito entremedias de las sábanas, se lo confirmó de nuevo: seguiría
pensando lo mismo.
De pronto cayó en la cuenta. Ese
problema no era suyo y ahora de verdad: la música la estaban preparando los
chicos.
Su oído fino percibía la música
que sonaba desde el fondo del pasillo pese al ruido del centrifugado. Ella
hubiera preferido en ese momento del día algo más actual, más motivadora para
hacer la cama. Sus hijos le fueron abriendo el oído, durante eternos años de
adolescencias sucesivas, a un mundo de ritmos nuevos, de voces distintas y
mezcladas, de grupos de nombres estrafalarios y que no sabía si pronunciaba
bien, para carcajada de todos. Pero a ella le gustaba. Sin embargo, esa mañana,
poco antes de salir a por el pan, Eduardo había puesto de nuevo a su
incombustible cantautor, incólume resistente ante el devenir de modas y
tiempos, impasible el ademán, pensó
ella.
Y así, a vueltas de nuevo con sus
cavilaciones para agrupar los cuatro packs de regalo con viajes de fin de
semana romántico para que la agencia le diera algo más interesante y largo,
sacó la ropa blanca para tender y volvió a llenar a su mejor ayudante en las tareas del hogar con la de colores oscuros. Y
oyó cantar lo de tu nombre me sabe a
hierba.
Recordó que no había cogido las
pinzas de tender y, sin saber cómo, también recordó cuando, a los diez años de
casados, ella le obligó a realizarse un análisis para saber si portaba
enfermedades de transmisión sexual.
Le apetecía más oír a un joven
grupo del momento que decía algo como que digas
la verdad aunque lluevan piedras, aunque el fondo sonoro fuera tu nombre me tiene atado.
O análisis o duermes al relente,
le había impuesto muy seria en aquel día triste. Él se los hizo, previa
protesta airada que sonaba a disculpa: el resultado fue negativo. Lo ves, le dijo, estás histérica. Y
asunto zanjado. Su eterno amigo de la infancia, Luis, el marido de Carmen,
también se lo tuvo que hacer. Se lo contó ella misma en una de sus salidas a
cenar.
Ya en aquellos tiempos permitía,
silenciosa, la eterna relación de amor intermitente entre Carmen y su
entusiasmado futuro remarido Eduardo.
Y, desde entonces, dos décadas después, él mantenía su negación, como lo había
hecho el día de la última discusión, ahora aún más, con más convencimiento,
enaltecido como estaba por la emoción de volver a jurar amor eterno a ella, su Lu, amor incondicional y fiel esposa.
Terminó de tender la segunda
lavadora, menos centrifugada para que se arrugara menos. Mientras pelaba
patatas para el guiso dominical que tanto gustaba a todos, fue revisando entre
las mondas las mil razones que se repetía, siempre igual, para seguir con él y
para acompañarle, junto a sus hijos, a su receremonia
de la próxima semana. La báscula
de la cocina, que miró de reojo, se inclinaba con evidencia por el lado del platillo
de su estupidez y le sobraba mucha harina para el bollo.
Lo normal hubiera sido que, en
ese momento, le diese cierto pudor reconocerlo, y se viera incapaz de decírselo
a sí misma, sin reparos, obviando su cara reflejada en el nuevo suelo
porcelánico, a juego con los baldosines de la pared, de la reforma reciente de
su amada cocina. Pero no lo tenía. En todo lo que tuviera que ver con él, ella
nunca tenía reparos ni reparación. Seguía enganchada como cuado lo vio por primera
vez.
Luis, el verborreico que había ofrecido - remolón de boquilla - a decir el respeak en el reacto de la reboda, se casó con Carmen pocos meses después que
ellos dos. Apenas dos años de noviazgo fueron suficientes para sellar las dos
relaciones ante un cura, el mismo en las dos bendiciones, Don Bernabé. Siempre
vivieron los cuatro en el mismo barrio y les tocaba la misma parroquia, San
Esteban. Podrían haber concelebrado los
cuatro a la vez, biboda, pero las
familias no quisieron.
Echando la sal de la última
prueba de carne, se paró y lo dijo en voz alta para sí misma: en definitiva
llevaban veinticinco años de ménage a cuatro. No: a tres: ella, la buena de Lu, el renovio Eduardo y Carmen, la que se
quedó con el ramo de rosas desde hacia veinticinco años. Y sin cansarse, sin
mezclarse, sin interferirse.
Extendiendo el mantel y poniendo
los platos, oyó la puerta.
Eduardo entró con su espera que te ayudo ¿Cuántos somos? ¿ Viene alguno de los chicos?.
Abriendo la lata de berberechos y
sacando las copas para el vermut, le contestó: Solo seremos nosotros dos y
Carmen y Luis. Ya le conoces. Aunque dice que será una sorpresa, no se fía y quiere saber qué te parece lo que tiene
pensado. No hay más.