jueves, 27 de diciembre de 2018


LA MALETA

Siempre cambiaba de casa con su carpeta marrón, de doble solapa, de cartón satinado y con desgastadas gomas negras. La línea de tinta para poner el nombre se había borrado, impregnada entre sus viejos dedos. La llevaba entre la ropa, dentro de su maleta, que no cerraba con llave alguna que, hacía muchos años, él mismo debió perder. Estaba seguro de que jamás, nunca, nadie haría el intento de abrir su equipaje sin su previo permiso.
Era una maleta mediana, como mucho para dos personas de poco equipaje y, a ojo, no medía más de tres cuartas por dos. Estaba forrada de una tela marrón, su tapa era gruesa, rígida, con los refuerzos de cuero en las esquinas, despellejados. El color pardo y mortecino de la tela se percibía levemente alterado por unas rayas rojas y verdes difusas que fueron, en tiempos, de la trama de un corriente tejido como arpillera. Sin embargo, aunque no tenía mucha capacidad, no resultaba ligera. Tenía un asa de cuero que era más nueva que el resto, arreglo reciente de zapatero remendón. Le faltaba el remache original de la esquina trasera derecha, que había sido sustituido por un clavo de cabeza redonda, aplastado por dentro para no engancharse con algo del interior. Lo hizo él mismo. Sus dos cerrojos funcionaban perfectamente porque jamás cumplieron su función completa. Una correa de cuero marrón, un viejo y ancho cinturón de hebilla de doble enganche, con el que la rodeada como cincha de caballo, era toda la seguridad que consideraba necesaria para su contenido, aunque viajase en tren o en autobús de línea. Nunca se la intentaron abrir pues su destartalado y decrépito aspecto de valija de hombre de campo no despertaba las esperanzas de encontrar dentro algún objeto de valor. Para los ajenos a los suyos; en los de casa, sí. Él lo sabía y viajaba tranquilo. El reloj y su gastada alianza de casado los llevaba siempre encima, en su mano y, si necesitaba llevar algún documento, lo metía en un bolsillo con el dinero, debajo de su viejo, parduzco y siempre limpio blusón negro sin abrochar. Un pañuelo de luto como corbata y su sombrero de ala corta completaban su atuendo de castellano.
 En los muchos años que le vieron ir de aquí para allá con su inconfundible maleta, de casa en casa, entre el pueblo y Madrid, de un barrio a otro de Barcelona, ninguno de sus hijos mayores tuvo la osadía de intentar abrirla sin su permiso y, ni siquiera, se atrevieron a pensarlo. Seguro, se barruntaban todos los demás, que se hubiera dado cuenta. Sus casi noventa años mantenían intacta esa capacidad de tener ojos en la nuca, pendientes siempre de lo suyo, de controlar todo lo que le importaba. Casi todos lo sabían pues casi todos, de hijos a biznietos, habían cargado con la dichosa maleta alguna vez, bajo su atenta y sagaz mirada de zorro viejo.
Cuando cambiaba al destino en el siguiente turno mensual y la mujer de la casa trataba de ordenar su ropa (dos mudas completas y dos calzones de algodón, tres camisas, una blanca lisa y dos de fondo blanco con rayas – una más nueva que las demás -, un pantalón negro, tres  pares de calcetines, y una chaqueta de punto con ochos en el delantero, todo cubierto por encima con su otro blusón negro de recambio), él cogía antes que nada su carpeta marrón y la dejaba siempre en el mismo sitio, en su sitio: junto a la cama que le tocara ocupar. Acostumbrado a dormir en las peores garitas, como decía, aunque no hizo la mili ni jamás pisó un frente de guerra, comenzaba con el mismo ritual quejumbroso según aparecía en el umbral del nuevo salón familiar: yo puedo dormir en cualquier lugar, me da igual el dormitorio. Pero el mensaje lo entendían todos, muy nítido y muy otro: dormiría solo, sin ningún nieto con él, aunque los demás de la casa se tuvieran de amontonar. Llegó el tiempo del abuelo Nino: no hay más discusión.
A veces, ya instalado, cuando estaba sentado para leer su periódico como todos los días, a media tarde, llamaba a alguien de la casa, chico o grande, al que pillará más cerca, para que fuera a buscar la carpeta marrón. Daba igual su nueva residencia: todos podían encontrarla, allí junto a la mesilla de noche de su cuarto. Y allí la dejaba también cuando, por fin, llegaba el verano y dormía - ahora sí- en cama propia, en su sitio.
 Ninguno le preguntó nunca qué llevaba dentro, ni siquiera los más pequeños, curiosos al ver su trasiego de papeles. Eran las cosas del abuelo y, aunque su contenido lo intuían variado, con papeles, fotos, y sobres, a base de sentir su mirada obligándote a desviar la propia, todos fueron perdiendo poco a poco el interés. 
Padre, siempre con este carpetón a cuestas, decían sus hijas o sus nueras cuando la encontraban, otra vez, entre la ropa, tratando de hacerle hueco en el armario.  Pero él, sin levantar la voz apenas, contestaba seco, déjala ahí, donde yo la vea.
Padre, meta lo que sea en otra cartera, yo le compro una nueva, esta está muy vieja, replicaban ellas. Pero un seco te he dicho que ahí, resolvía con el problema. Porque la carpeta marrón se unía a una particularidad que se volvió señal inconfundible de que eran los días del abuelo en casa: la habitación empezaba a oler al pueblo en el frío invierno, mezcla de paja cortada y húmeda con tufo de rescoldo de madera quemada y papel amarillento, reseco, de viejo libro olvidado.
Por eso, cuando le tocaba cambiar a casa de otro hijo o marchar feliz para el pueblo a pasar el verano, antes de nada, la metía en su maleta, aunque las encargadas de ordenar su atavío en tan pequeño espacio la recolocaran después dónde quisieran. Pero dentro, eso sí, sin dar lugar a un posible olvido que él no consentiría o, simplemente, a que no la localizara rápido.
Cuando, de pronto, en cualquier momento la abría, no le gustaba que rondarán cerca de él y, a base de decir, impositivo, autoritario, casi con un grito seco y militar, vete de aquí, verle hurgando en su carpeta era señal inequívoca de no poder acercarse mucho. No fueron pocas las veces que discutía airadamente con yernos o nueras por su afán de secreto con sus manoseados papeles, como fueron las mismas que esos ajenos a su apellido le dejaron por imposible, en una combinación irracional de respeto por sus ya escasas canas y un cierto desprecio por lo que parecía una chaladura de anciano. Pero en todos despertaba un recelo y curiosidad que ellos mismos amortiguaban. Mientras vivió.
Pero nadie hurgó en la vieja maleta, con su omnipresente carpeta marrón dentro como solitario y último contenido, cuando el anciano falleció.
Y allí dentro se quedó oculta durante años, sin ropa dónde cobijarse, secreta y abandonada, sin que nadie le echara cuentas, como esas cosas olvidadas, viejas o inútiles que, sin saber muy bien porqué, siempre se guardan obstinadamente en los altillos de los armarios que nunca se mueven. Allí permanecía en casa de su hija menor que, con extraña veneración, jamás se le ocurrió volver a abrir.
Y poco a poco, dentro de un sobre sin timbre, la foto del hermano menor de Nino, Pascual, se fue poniendo más y más amarilla con el paso de los años, ese muerto demasiado pronto por falta de penicilina, vestido de camarero niño, el auténtico fundador del casino que el abuelo regentó después tantos años y que a tantos dio de comer y beber, el sitio donde se fueron cobijando entre silencio cómplice facinerosos mezclados con los pertinaces y cotidianos jugadores y demás fuerzas vivas de la comarca, ese local que nunca fue de su propiedad y que dio el sustento a tanta familia.
Junto a ella, allí guardado también envejecía el retrato de su hijo Pepe, muerto en la batalla de Teruel de su gloriosa contienda, como él la llamaba, un adolescente de 17 años entregado a la Patria para salvar el pellejo y la adhesión sin duda de todos los demás, padres, hermanos y allegados, salvoconducto con plenos poderes por guardar metralla entre las costillas, enterrado dónde nadie nunca le visita - un cementerio, sí, eso es de buen cristiano - pero que permitió paga vitalicia por damnificado de guerra a un padre que calló la verdad avergonzada de su reclutamiento forzoso. Un único y borroso recibo de lo cobrado también reposaba en el sobre, dando fe del alto precio pagado.
Tres fotos más componían el imaginario álbum durmiente: el retrato de un hombre donde ponía familiar argentino, un pariente lejano que nadie hubiera reconocido nunca; el de él con tres biznietos; y otro más, ahora de él, viajero zascandil, plantado derecho, mirando a cámara, orgulloso castellano de blusón negro ante Quijote y Sancho de piedra en la plaza más grande de la capital, retrato de fotógrafo de parques y calles.
Poco a poco se deshacía a bocados de confeti arratonado un certificado de haber desempeñado un cargo comarcal dado por la Falange Española y de las J.O.N.S. a alguien que sólo fue importante por representar un proyecto cooperativista que nunca se llevó a cabo. Igual suerte corría esa carta de un familiar emigrado a Argentina, sin santo y seña, y del que no cabía esperar herencia millonaria, o esa otra a un importante cargo político de los tiempos del dictador, de pura cortesía, que nunca recordó enviar.
Y una libreta con anotaciones de compras y ventas, sin cerrar y sin fecha, con anotaciones elementales de kilos y pagos de un negocio que solo él sabía llevar.
Pero había algo más. La maleta guardaba celosamente ese carpetón con algo más: unos folios escritos de su puño y letra. Nadie le había visto nunca escribirlos, pero eran suyos, sin duda. Nadie sabía que contaba. Nadie los leería nunca. Pero encerraban su más celoso tesoro, el de su silencio: silencio de lo que en verdad reposaba en el alma del abuelo. Él mismo y sólo él, al ojearlos  a solas, sabía rellenar los huecos que quedaban escondidos entre tanto yo y a mí, como esos cuarenta años que le llevaron a emigrar de sus eras para mejorar cuando el futuro se lo llevó el viento del norte, un pueblo donde él fue alguien porque los demás se lo reconocían y, por más de una razón, le temían, con un temor que él llamaba respeto; como, entre su autocomplacencia, el recuerdo de que su influencia logró salvar del paredón a uno que nunca quiso bien pero al que condenó a una tristeza de soledad rodeada de muchos hijos y una buena mujer. Y donde quedaba oculto el mayor dolor: su responsabilidad por enviar a la muerte segura a un hijo, destrozando a una madre, mi santa esposa, a un llanto eterno y callado.
Como fuera de lugar, se escabullía entre tanto papel viejo, una cartilla de ahorros del banco que, alguien debió sacar y volver a meter con urgencia, casi a hurtadillas en dónde nunca había estado. Tenía un corte de tijera que la anulaba. El apunte del dinero que se sacó al final, cerrando su valor, era la suma de pequeños ingresos durante muchos años: la pensión puntual de un Estado poco generoso, las cantidades mínimas pero muy continuas que él mismo iba haciendo seguidas, a veces, de alguna que otra salida muy dispar en el tiempo.
Y así, cerrada y en el olvido de los que se miraban en el espejo de su viejo armario sin levantar la vista, la maleta seguía en él altillo cuando la casa se desmontó por los que ya no sabían de su existencia. El silencio de cuarenta años callados, entre recuerdos meticulosamente escritos con la conciencia de ocultarlo, terminó arrumbado entre las cosas viejas que ellos decidieron tirar porque no les servían.

jueves, 25 de octubre de 2018


DOBLE ARO




Estaba harta de los preparativos: tarjetas de invitación para los habituales de casa y para los que conocían la feliz idea de primera mano, para los que aparecían sin llamar, para sus hijos con los eternos adolescentes de nueras y yernos, y para los arrimados de siempre; harta del control de regalos, cual apunte mercantil, que estaban obligados a hacer, libremente, eso sí, ya confirmada la asistencia, los conciliados al evento, con sus pesadísimos "¿qué queréis?,¿qué os apetece?" y que no sabía ni dónde iba a colocar.
Ya no soportaba volver ni una vez más al restaurante elegido para disfrutar de las pruebas de menú y su amplia variedad gastronómica: cenas o brunch - seguían sin determinar la hora exacta del asunto -, casero y tradicional, de platos fríos o calientes, o muy fríos y muy calientes, más contundente que mera degustación o carta estrecha y larga, muy a lo master chef o según el mercado del día inspirará al cocinero. Había saturado su criterio para identificar ese sitio especial para un día especial.
¿Y de la elección del traje? Mejor no hablar. El suyo, el de él, el de los de mamá ¿qué me pongo? como hacían a los cinco años, el de ¿nos ponemos todas las de casa iguales o, al menos, del mismo color? Sería entrañable, cuando ya han pasado lustros desde la última vez que le permitieron comprar un pijama para nadie sin su autorización directa. Y ahora le venían, encima, con la ropa de los niños. ¿Los llevamos muy formales o informales para que disfruten más? Por no hablar de esa idea brillante de su hijo pequeño: ¿no les vamos a regalar un detalle a los invitados para el recuerdo? pero le impuso, ya sabes mamá: de 3b, made in salario de mierda y con toque sostenible.
Ya no le importaba nada dónde iban a dormir los que venían de fuera. Sacó el asunto de su negociado: que los organice él.
Pero sí lo fue y acababa de confirmar la reserva en el hotel más cercano.
Y, para remate, la última preocupación que le habían endosado: ¿quién iba a conducir la ceremonia? Esa fue la pregunta del millón que, en la fase final de la organización, se le ocurrió soltar a él, el renovio, el coprotagonista.
Buscar a un amigo con valor suficiente para largarse un speak edulcorado y levemente trufado, cual brioche blandito, de anécdotas tiernas, que nos representen, que parezcan reality, pinceladas auténticas de su vida en común, se le ocurrió decir (habla claro, hombre, y no des más vueltas: que brote la lágrima de tu entregado público) eso, sin duda, podía resultar lo más difícil de conseguir. Ni el verborreico, su eterno amigo de la infancia, de él claro, se mostró al principio predispuesto para aceptar tal honor. Aunque era una apuesta segura: a la segunda intentona, se lo aceptó.
No lograba entenderse a sí misma.
Abrió el cesto de la ropa sucia y empezó a hurgar en su interior.
 ¿Por qué les habría permitido llegar hasta ahí con esa idea, tan descabellada como hinchada de emociones enlatadas, y seguía preparándolo todo para recelebrar una boda de hace veinticinco años con otra? Como si aquella no hubiera sido suficiente, ¡y con lo bien que salió! 
Hizo dos montones: ropa clara y de color.
Pero mucho menos, aún, lograba entenderle a él.
Resultaba inverosímil que él, su marido, el mismo iconoclasta de todo como religión, él, el último antisistema por obligación, él, ese mismo, el que predicaba, con cinco lustros menos, sobre un matrimonio invento burgués contranatura, el que pasó por la vicaría por no soportar un conflicto familiar de repercusiones bíblicas, - Apocalipsis atómico y emulsionando en forma queja de angustiadas madre y futura suegra - él, sí, el mismo, estaba entusiasmado con la idea. Y, como siempre, tras más de veinticinco años juntos, reconoció que la había sorprendido.
Ahí estaba ella, se dijo casi en voz baja, mientras comenzaba cargar la lavadora de ropa clara, enredada entre sus pensamientos cabreados y bipolares, porque parecía que todo estaba ya acordado pero todo tenía, todavía, demasiadas cosas si cerrar.
Metió la mano en el tambor, separando las prendas para que no salieran muy arrugadas.
Con él, con su entusiasmado próximo remarido, había vivido, apenas tres días antes,  una gloriosa bronca conyugal con los matices de siempre, de esas que resuenan por el patio de vecinos y que la reafirmaban en una idea que, pese a tantos años de convivencia, con sus momentos mejores y peores, como todos los matrimonios, no lograba matizar: Eduardo no la quería. O, al menos, no la quería lo bastante. O mejor, no la quería como ella necesitaba. En definitiva, nunca la quiso de verdad. Sí, aunque fuera el mismo Eduardo que, un rato antes cuando tomaban el café, le dijo que aguardaba con emoción poder abrir, agarrado a su cintura, el baile renupcial, con esa canción que tan buenos recuerdos les traía.
Y, cargando el detergente en su taponcito entremedias de las sábanas, se lo confirmó de nuevo: seguiría pensando lo mismo.
De pronto cayó en la cuenta. Ese problema no era suyo y ahora de verdad: la música la estaban preparando los chicos.
Su oído fino percibía la música que sonaba desde el fondo del pasillo pese al ruido del centrifugado. Ella hubiera preferido en ese momento del día algo más actual, más motivadora para hacer la cama. Sus hijos le fueron abriendo el oído, durante eternos años de adolescencias sucesivas, a un mundo de ritmos nuevos, de voces distintas y mezcladas, de grupos de nombres estrafalarios y que no sabía si pronunciaba bien, para carcajada de todos. Pero a ella le gustaba. Sin embargo, esa mañana, poco antes de salir a por el pan, Eduardo había puesto de nuevo a su incombustible cantautor, incólume resistente ante el devenir de modas y tiempos, impasible el ademán, pensó ella.
Y así, a vueltas de nuevo con sus cavilaciones para agrupar los cuatro packs de regalo con viajes de fin de semana romántico para que la agencia le diera algo más interesante y largo, sacó la ropa blanca para tender y volvió a llenar a su mejor ayudante en las tareas del hogar con la de colores oscuros. Y oyó cantar lo de tu nombre me sabe a hierba.
Recordó que no había cogido las pinzas de tender y, sin saber cómo, también recordó cuando, a los diez años de casados, ella le obligó a realizarse un análisis para saber si portaba enfermedades de transmisión sexual. 
Le apetecía más oír a un joven grupo del momento que decía algo como que digas la verdad aunque lluevan piedras, aunque el fondo sonoro fuera tu nombre me tiene atado.
O análisis o duermes al relente, le había impuesto muy seria en aquel día triste. Él se los hizo, previa protesta airada que sonaba a disculpa: el resultado fue  negativo. Lo ves, le dijo, estás histérica. Y asunto zanjado. Su eterno amigo de la infancia, Luis, el marido de Carmen, también se lo tuvo que hacer. Se lo contó ella misma en una de sus salidas a cenar.
Ya en aquellos tiempos permitía, silenciosa, la eterna relación de amor intermitente entre Carmen y su entusiasmado futuro remarido Eduardo. Y, desde entonces, dos décadas después, él mantenía su negación, como lo había hecho el día de la última discusión, ahora aún más, con más convencimiento, enaltecido como estaba por la emoción de volver a jurar amor eterno a ella, su Lu, amor incondicional y fiel esposa.
Terminó de tender la segunda lavadora, menos centrifugada para que se arrugara menos. Mientras pelaba patatas para el guiso dominical que tanto gustaba a todos, fue revisando entre las mondas las mil razones que se repetía, siempre igual, para seguir con él y para acompañarle, junto a sus hijos, a su receremonia de la próxima semana. La báscula de la cocina, que miró de reojo, se inclinaba con evidencia por el lado del platillo de su estupidez y le sobraba mucha harina para el bollo.
Lo normal hubiera sido que, en ese momento, le diese cierto pudor reconocerlo, y se viera incapaz de decírselo a sí misma, sin reparos, obviando su cara reflejada en el nuevo suelo porcelánico, a juego con los baldosines de la pared, de la reforma reciente de su amada cocina. Pero no lo tenía. En todo lo que tuviera que ver con él, ella nunca tenía reparos ni reparación. Seguía  enganchada como cuado lo vio por primera vez.
Luis, el verborreico que había ofrecido - remolón de boquilla - a decir el respeak en el reacto de la reboda, se casó con Carmen pocos meses después que ellos dos. Apenas dos años de noviazgo fueron suficientes para sellar las dos relaciones ante un cura, el mismo en las dos bendiciones, Don Bernabé. Siempre vivieron los cuatro en el mismo barrio y les tocaba la misma parroquia, San Esteban.  Podrían haber concelebrado los cuatro a la vez, biboda, pero las familias no quisieron.
Echando la sal de la última prueba de carne, se paró y lo dijo en voz alta para sí misma: en definitiva llevaban veinticinco años de ménage a cuatro. No: a tres: ella, la buena de Lu, el renovio Eduardo y Carmen, la que se quedó con el ramo de rosas desde hacia veinticinco años. Y sin cansarse, sin mezclarse,  sin interferirse.
Extendiendo el mantel y poniendo los platos, oyó la puerta.
Eduardo entró con su espera que te ayudo ¿Cuántos somos? ¿ Viene alguno de los chicos?.
Abriendo la lata de berberechos y sacando las copas para el vermut, le contestó: Solo seremos nosotros dos y Carmen y Luis. Ya le conoces. Aunque dice que será una sorpresa, no se fía  y quiere saber qué te parece lo que tiene pensado. No hay más.

viernes, 25 de mayo de 2018


GOLPE DE ESTADO

Aquella tarde, me dijo, le hervía dentro la misma desidia cansada que cuando me lo contó.
- Como siempre, a las cinco había ido a recoger a la niña a la guardería y, me acuerdo, estaba adormilada. Comí más tarde de lo habitual y estuve trabajando hasta última hora. Casi no llegó a tiempo. 

Hizo un inciso.
- Entonces no le sonaba mal a nadie ese nombre de una escuela infantil: la guardería Sonrisas. Hoy he visto el nombre como propaganda de una residencia de ancianos.

Le entendí la ironía. Seguía siendo la misma. Se echó a reír.
Hizo otro inciso, como si tomara fuerzas.
- Isabel, la profesora, era una rara especie de maestra de pequeños. Estaba llena de ideas innovadoras que trajo de sus años de profe en Inglaterra y las puso en marcha en su escuelita, allí, en un bajo de alquiler, sin jardín, en un bloque de una urbanización de una localidad del extrarradio madrileño. Entrar en aquel pequeño local comercial lleno de niños, con su chándal azul y naranja, todos iguales, era como entrar en un trocito del país de las maravillas. Ella y José Manuel incluso daban clases a los padres. Eran unos valientes y muy progres. Una vez, llegué a dar una charla a los padres. Lo hacíamos por turnos una vez  cada quince días. Me pidieron que preparara algo sobre las ideas de la Escuela de Summerhill, las escuelas libres. No tenía ni idea de qué era eso. Bueno, ese es otro asunto. ¿Dónde estaba? Ah, sí. Isabel me dijo que, un día más, la niña no comió bien el puré pero que estaba muy contenta.

Me sorprendió que se acordará de tantos detalles. Y sobre todo, ¿para qué tanto preámbulo?
-¿Te aburro?, me dijo.
- No. Me sorprende tu memoria, contesté complaciente.

Pero resultaba difícil esperar a que entrara en el asunto de una vez. Me sobraba una hora hasta el momento de volver al hotel y su manera de contar me iba atrapando. Por eso aguanté. 
- Otra vez llegaba sin apenas comer. Prefería llegar pronto a casa para intentar que la niña merendara bien. Te cuento todo esto porque, si comprendes cómo pasó todo, entenderás por qué no he vuelto a hablar con tu madre, nunca, nunca, ni siquiera el día de tu boda, el único día que la volví a ver.

Era verdad y no me había dado cuenta pero, jamás, en tantos años, había estado con ella y con mi madre juntas. Desde los años de la niñez. Siempre los veía con mi padre.
Estaba claro que ella necesitaba el recuerdo de los detalles nimios de aquella tarde para entrar suave en lo que me quería contar y, ya, me apetecía saber.
- Me detuve un momento para charlar con la mamá de algún niño. Eso, seguro. Era lo habitual y, de paso, me disculpaba por no quedarme un rato más en el parque. Odiaba las tardes del parque, mamás y niños. Me justifiqué, como siempre, con que tenía cosas del trabajo en casa. Cuando entré en el cuarto de estar, casi por rutina, encendí una vieja televisión que nos regaló alguien y la niña se fue a jugar mientras preparaba su merienda. Y allí estaban las imágenes, como un acompañamiento de fondo, casi un rumor como la lotería de navidad: retransmitían el debate sobre la investidura del presidente Leopoldo Calvo Sotelo. Como no me voy a acordar, era el 23 de febrero de 1981.

Mientras seguía hablando, se fue borrando despacio la desazón que, un poco antes, había notado en su cara, esa especie de angustia blanquecina que le subió cuando, al encontrarnos, le dije que mi madre había muerto, después de un Alzheimer demoledor, hacía dos meses. El color le volvía, quizás un poco porque el recuerdo de  aquella tarde le brotaba como los diálogos de una vieja película mil veces vista o, quizás también, por el efecto saludable de la tostada que se comía despacio, mojando en su café.
- Lo siento mucho. Era joven todavía. De verdad, todo esto se lo tenía que haber contado a ella y no a ti. Se lo debía. Y ya no podré. Te he visto muchas veces en  todo este tiempo, con tu padre pero, a ella, no. Lo siento de verdad.

Sentadas frente a frente en la mesa de la terraza de la cafetería, tras nuestro encuentro fortuito y agolpado en la tienda de ropa, estábamos charlando amigablemente y ya hacia tres o cuatro años que no nos veíamos: ella tenía razón. Pensé que me podía haber buscado una excusa y librarme de estar ahí para de escuchar lo que, quizás, no me iba a gustar demasiado. Pero me intrigó. El asunto se trataba de mi madre, de las cosas con mi padre y del 23 -F. Rara combinación, pensé. Además, me lo soltó así, a la cara, de golpe, acelerada por las prisas de la cola delante de las cajeras, respuesta  automática al oír mi triste noticia. No me pude zafar. Presentía que me iba a desvelar algo que yo no sabía o que tenía muy olvidado y, tal vez, no debería olvidar. Ciertamente, me picaba la curiosidad. Por un momento, tuve la sensación de que todo aquello no me iba a caer  del todo bien aunque sentía, lo reconocía desde muy dentro, que era irremediable. En todo caso, y sin pensar mucho mas, accedí a tomarme un café. Yo era apenas una adolescente en aquellos años y, desde luego, no recordaba de nada de ese día concreto. Disponer de un rato libre hasta la hora del volver ponía las cosas más fáciles y, así sin más, estábamos las dos, frente a frente. Aunque estábamos rodeadas de gente,  estábamos muy solas. Prosiguió.
- Yo estaba liada con la merienda cuando sonó el teléfono. Estuve a punto de no cogerlo. La verdad: no tenía ganas de hablar. Pero lo cogí. Eran las 18,05, lo sé seguro. Fueron unos minutos que tengo cronometrados en el alma. Hola Lola ¿Cómo éstas?, contesté al reconocerla.

Gesticuló como descolgando el aparato y, a partir de ese momento, su relato fue una suerte de singular dramatización, toda una puesta en escena. Su memoria fluía vertiginosa. Ya conocía, de tan repetida, parte de la secuencia - cada año las televisiones, y no solo la "Única", se encargaban de que los españoles lo tuviéramos bien presente, con su serie de varios capítulos incluida -,  pero sus palabras por medio y el eco de mi madre a la que me parecía estar oyendo, no me permitieron interrumpirla. Ella seguía hablando, ya muy tranquila.
- Fatal, hecha polvo, no puedo aguantar más. Lo de ayer fue.... Tu madre me lo soltó de golpe, como yo a ti, casi un grito al oído. Noté su voz llena de angustia y me paré a escucharla. La niña tendría que esperar, se quedaría dormida. No me quería meter en los líos de tus padres pero ya estaba dentro.
- Lola - le contesté -, me coges un poco atareada. La niña se me va a dormir ya. Acabó de llegar con ella. Pero tu madre parecía no oírme. Parecía una de esas que hacen monólogos. Lo soltaba a borbotones. Y, de fondo, en la televisión empezaron a cantar nombres seguidos de un sí o un no que se mezclaban con su "no puedo más".
- No puedo más. Tienes que escucharme. No sé que hacer ni tengo con quién hablar. Tengo que acabar con esto - me lo repitió varias veces-. De verdad, su voz sonaba desesperada, como pidiendo auxilio. No me quedaba otro remedio que escucharla ¿Qué te ha hecho esta vez?... logré decirle. Y me senté en el sillón dispuesta a atenderla mientras la televisión seguía. Yo la tenía enfrente y oía a tu madre y esa lista pesada de nombres a la vez, como dos bandas sonoros superpuestas.
- No me puede humillar más. Ahora me la ha metido en casa. Tu madre seguía como en un delirio.
- ¿Qué dices? - me paré más atenta -. No puede llegar a tanto.
- Qué sí, como lo oyes - me contestó, algo mas reposada-.  Ella, su novia - la llamó así-  ya había venido varias veces a cenar a casa y siempre me la presenta como una buena amiga del trabajo con quien tiene mucha confianza. Lo cierto es que ella es amable conmigo, a veces me habla como si fuéramos amigas de toda la vida. Y él, encima, me lo niega pero sé que están liados. Tiene el valor de hacerme pasar por loca, por tonta. Me amenaza con dejarme porque se me ha ido la cabeza. ¡Él, él sí que me está enloqueciendo y todo esto pasaba con los niños en casa! De buena gana lo echaba pero no sé de qué voy a vivir. No tengo fuerzas pero no puedo seguir así.

Mientras asistía a su relato pude recordar esas imágenes del Congreso de los Diputados, mil veces repetidas. Mientras ella hablaba, yo me sentía como en una realidad multiplicada, con varias pantallas simultaneas en mi cabeza: mi madre al teléfono como enajenada, como tantas veces la había visto de niña; ella, en ese cuarto de estar que conocía perfectamente de cuando había jugado allí; la televisión, con su soniquete imparable de nombres; y nosotras, treinta años después, sentadas en una cafetería llena de gente. Sentí un vértigo extraño, un cierto mareo. Pero la oía.
- Yo seguía oyendo a tu madre y, a la vez, esa retahíla de nombres con Sí o No, y mi cabeza se desdoblaba. Sentí que tu madre lloraba sin consuelo. A la vez parecía escuchar lo que mi marido - ya sabes, amigo de tu padre y de ella desde muy jóvenes - me había contado unos días antes. Y no se lo debía contar. Parece mentira  lo deprisa que puedes pensar: su llanto, la tele, la niña por medio y yo con el "Lola cálmate". Él se lo había encontrado unos días antes en la calle, por la tarde, con una mujer que no era tu madre, como una pareja de novios, cogidos de la mano, cariñosamente. Tu padre le hizo un gesto como para presentársela con camaradería, con complicidad. Y él se sintió violento, desconcertado. Sabía que, tras aquellas miradas sonrientes de tu padre, se escondía el encontrar una aprobación por el asunto que él no le iba a conceder nunca. De hecho, me contó que le llamó después para avisarle que le no iba a permitir que lo metiera en su juego, que eso se había acabado.  Mientras yo me acordaba de todo eso, tu madre seguía hablándome sin parar. Y aquel pasar lista seguía como música de fondo. Entonces, tu madre dejó de llorar.
- Pero anoche fue el colmo. No te lo vas a creer. Quería que se quedará a dormir en casa. Bueno, se quedó. Y yo sabiendo todo. De disgusto, me fui pronto a la cama. Soy una consentidora, lo sé ¡Qué podía hacer!

Recordaba vagamente a mi padre con los amigos y amigas que llevaba a casa muchas veces pero no podía identificar a esa mujer concreta de la que me hablaba. O, tal vez. sí. Tomó un sorbo de agua y siguió hablando.
- Yo mire el reloj: eran las seis y veinte. No sé bien porqué pero la voz de tu madre, de pronto, pasó a un segundo plano. Ahora era ella la música de fondo. Lo que salía de aquella pantalla se impuso. La niña se había dormido a mi lado.
- "Sí. Centristas los tres. Carlo Navarrete Medina. No. Manuel Núñez Encabo.  Algo...En estos momentos. En estos momentos..."
- Lola, algo está pasando - la interrumpí-. Lo estoy viendo.
- "Se ha oído un disparo. Se ha oído un golpe muy fuerte en la Cámara".
- Lola, te hablo en serio, lo estoy viendo. Algo grave sucede en el Congreso. Pero ella seguía y seguía. No me oía, estoy convencida de que no se enteraba de nada. Yo, tampoco la escuchaba.
- "No sabemos los que es. .. porque se ve a la policía".
- No sé cómo seguir con él, me pareció entenderle.
- Ponle en la calle - casi le grité, más pendiente de lo que salía de la pantalla. Como pude, le dije algo más. No me acuerdo. Algo así como no le consientas esas cosas. Y la corté. De verdad, Lola pasa algo muy grave.
- "La Guardia civil entra en estos momentos en el Congreso de los Diputados... - Hay un Teniente Coronel que, con una pistola sube hacia la tribuna. Quieto todo el mundo. Es un Guardia Civil".
- Ya no soy capaz de contarte lo que tu madre, llorando, repetía una y otra vez. En mi cabeza sólo sonaba la maldita televisión.
- "Entran más policías. Está apuntando con la pistola. Entran más policías.  La policía".  

Ambas habíamos acabado nuestros cafés y yo estaba cada vez mas sorprendida. Ella recordaba todo tal y como yo lo había visto cien veces. Y de pronto, como un mal sueño, veía a mi madre y a mi padre dándose gritos. Apenas podía interrumpirla para decirle que yo, también muchas veces después, no había querido oírla. La dejé terminar.
- Lola, te tengo que dejar, le repetí, sin ser capaz de soltar el teléfono. Aquello continuaba. Me separó y le dejo sin nada. Le echó de casa, repetía una y otra vez. Mientras la televisión seguía.
- "Está apuntando al Presidente del Congreso de los Diputados con la pistola. Y vemos cómo....Cómo... La policía, la policía. Al suelo, al suelo todo el mundo. Llevan metralleta. No podemos emitir más... Llevan metralleta".
- Yo ya no escuchaba nada de lo que decía  la voz del teléfono. Oí claramente los tiros y la cámara de televisión se quedó fija apuntando al techo de la sala. Pero seguían hablando.  - "Cuidado, eh. No intentes tocar la cámara que te mato".
- Lola te cuelgo, perdona. Ya hablamos mañana. Tengo que llamar antes de que mi marido salga de la oficina. Sale a las 6,15 y ya son pasadas. Con suerte le pillo todavía. Y colgué, sin más. Marqué el teléfono del trabajo y ya nadie lo cogió. Entonces, se despertó la niña. Eran las seis y veinticinco. Miré hacía dónde estaban todos los documentos de sindicato. Ya conoces nuestra implicación política en ese momento. Y esperé tres largas horas hasta que él llegó.

En ese momento, de nuevo reviví todo lo que pasó después en mi casa, las peleas inagotables, los insultos de mi padre y de mi madre, el horror en la cara de mi hermano. El juicio, los abogados, mi madre sin saber por dónde tirar. Y la entendí pero no supe qué decir. Yo también había colgado el teléfono a mi madre demasiadas veces. Y mire el reloj. Tenía que salir corriendo.
- Se me ha hecho tarde, le dije. Tenemos que vernos con mi padre antes de la cita navideña de todos los años.
- Ya sabes, como siempre. Nos vemos, respondió.
No me dejó pagar. Y salimos en direcciones opuestas.

lunes, 16 de abril de 2018


UN ASUNTO PENDIENTE



Era como el camarote de los hermanos Marx multiplicado por infinito, en Technicolor, y CinemaScope. Cientos de camarotes en pasillos infinitos. Todos exactamente igual de llenos.

Ella lo sabía sin entrar, sin tener que asomarse. Ella sabía lo que buscaba y sabía que lo iba a encontrar. No tenía que preguntar en cada puerta.

Un barco que navegaba sobre tierra, como en el anuncio, hacia un sol, bien redondo y brillante, que se ocultaba en el horizonte pero sin desaparecer, estático, óleo hiperrealista. Había gente, mucha gente, en grupos grandes o pequeños, solos o de parejas, en diversas habitaciones unidas por puertas interiores o independientes, unos amontonados, otros dándose revolcones, aquellos hablando, comiendo y bebiendo, algunos como  lapas - nueva creación de eufemismo cinematográfico- de dos en dos, boca con boca, vientre con vientre; otros aparecían en un rincón durmiendo, riendo, acomodándose en grandes sillones. Unas salas, de pronto, surgían desordenadas y otras con lechos perfectamente dispuestos con sábanas satinadas de color chocolate, 80% de puro cacao. Incluso, mientras buscaba, llegó a tropezar con algún niño corriendo por los pasillos, detrás de otros de diversas edades - ¡a que no me coges!, ¡eso es mío!, ¡ a que se lo digo a mi madre! -, divertidos y ajenos a lo que sucedía tras esas puertas que veían medio entornadas o cerradas con llave, en un enorme parque de atracciones sin peligro alguno.

Todo parecía un crucero multiaventura en un Arca de Noé de diez pisos, lleno de todas las especies imaginables en un atlas humano, una Arcadia feliz con piscinas azules y verdes, saladas y dulces, jacuzzis burbujeantes, en praderas de césped artificial con cascadas de chorros arco iris de agua de varias temperaturas y con toboganes multi-ruta; un Jardín de las Delicias flotante, con aire acondicionado y wifi en todos los rincones.

Y dentro de este fenomenal caos, no sólo ella buscaba como guiada por una brújula que  tiraba de sus pies inconsciente. Como ella, varios andaban preguntando con ansiedad por una persona y por otra, con una extraña alegría en la cara, como arrobados, místicos, medio atontados, zombies vivientes y sonrientes, lustre de juventud, sonrisas de los mil dólares, por natura o de brackets semitransparentes. 

Ella era uno de ellos, se confundía entre ellos.

Sabía que, antes o después, lo iba a encontrar. No era una cuestión de esperanza, solo pura certeza determinada. De los muchos a los que preguntó, encontró a una buena docena bien dispuestos al acoplamiento, a una descarga eléctrica rápida y urgente, más o menos profunda, más o menos intensa, más o menos satisfactoria - una buena descripción tiene, al menos, tres adjetivos-. 

Sentía las ansias puras por dentro ardiéndole en lo más hondo. Pero podía y sabía esperar, sin soluciones de urgencia. Sabía que tenía que esperar, hallarlo primero y, sin tener que hablar, resolver de una vez.

Se le juntaba en la entraña una llama de amor viva en una noche oscura, con unas ganas de entrar sin saber dónde para quedarse y romper, de una vez, la tela que había separado demasiado tiempo el encuentro. Total, que notaba que vivía sin vivir en ella y le urgía resolución definitiva. Poca santidad y mucho encelamiento.

Pero se detuvo un momento. Le sorprendieron las altas estanterías que cubrían las paredes de la tercera zona común con un enorme ventanal a la proa, como una gran biblioteca o como una sala de museo de Natural Sciences del siglo XIX, llena de objetos agrupados en extrañas colecciones.

Pequeños animales exóticos disecados, como juguetes de chino a euro diez en una balda del escaparate, cubiertos de lo que parecía un falso pelaje muy logrado: no le interesaron. 

Juguetes de dudoso plástico para realizar las más variadas construcciones, piezas de lego combinables con las de Exin Castillos y pequeños mecanos: se paró atenta recordando su poca pericia para montar algo que superara el carro de cuatro ruedas.  

Todos los utensilios culinarios imaginables para el buen guiso tradicional dereconstruido: ni siquiera usó nunca la olla express, le sobraba con una buena batería de tres piezas y sus correspondientes tres sartenes. Pasó rápida.

Marcos de fotos de todos los materiales naturales y biotecnológicos, desde la finísima plata y la madera vulgar pintada de rojo, al cilindró multi-imagén programable, con caras reconocidas, amables, intemporales, queridas u olvidadas, instantáneas del mejor momento de cada uno de ellos: se detuvo un buen rato y, cuando nadie la observaba, sacó de su marco algo más de una docena que guardó con cuidado en un bolsillo interior de la chaqueta. Bueno, quizás eran alguna más de veinte. Las tocó con suavidad, constatando su consistencia.

Una curiosa colección de lo que parecían exvotos de santo  milagrero, figuritas talladas en fino ébano lustrado: máscaras, brazos y piernas, diminutos corazones, algunos medio partidos por un rayo invisible, torsos masculinos sin cabeza ni brazos, cortados donde la espalda pierde su buen nombre, pechos de mujer de diferentes tamaños y formas, libres o revelados, belleza sin atisbo de pornografía, y varias, muchas, cabezas de niños de todas edades y sexos: quedó fascinada. Volvería después del encuentro y elegiría con tranquilidad para algún estante de su casa.

Libros desde 10 a mil páginas o más, en piel de vacuno o de Austral, ilustrados de fanzine o con lupa incorporada, miniados o con fotos en blanco y negro, prosa, verso, darmaturgía. No había ningún e-book. Abrió algunos, varios títulos conocidos, otras viejas asignaturas pendientes, demasiados autoayudas. Otros que no querría hojear ni regalados, títulos atrayentes o de tesis doctoral: sin duda, logrado lo principal, tendría que regresar.

Ya salía por la puerta trasera cuando vio a lo lejos una cara conocida. De ella, pero también de él. Sorteando gente, sillas y cachivaches, lo alcanzó. ¿Le has visto? Fue directa. Sí, está en el segundo piso, camarote 34. Ha venido con su familia y unos amigos. Sube. Te espera, lo sé. Respuesta eficaz.

Abrió la puerta y lo vio al fondo. Charlaba amigablemente mientras colocaba la ropa de la maleta en el armario. Ella parecía transparente para todos los demás. Nadie la percibía. Él se giró un poco y sus miradas coincidieron.  Su hija le tiraba de la chaqueta reclamando su atención. Se volvió a su mujer y pidió que atendiera a la niña sólo un rato. Él volvería pronto, antes de la hora en que abría el catering para cenar. Ella asintió sin preguntar, indiferente. No te preocupes, búscanos luego. Y siguió colocando las cosas de aseo. No obstante, él le explicó. Tengo que resolver un asunto con urgencia.

Se dirigió a la puerta, hacia ella, con tranquilidad. Agarró fuerte su mano. Vámonos.

En el pasillo, la besó suavemente, sin miedo y sin culpa. Como otras veces.

Caminaron por los interminables pasillos buscando un rincón silencioso donde meterse. Un silencio bien pactado sin mediar acuerdo previo, acompasaba sus pasos y el descarte unánime, con una simple mirada, de los pocos espacios libres dispuestos que no se acomodaban a sus necesidades, a sus urgencias.

Bajaron varios pisos, casi hasta la bodega. Llegaron al parking, llenos de tres filas interminables de coches, camiones y furgonetas. Juntas las manos, caminando entre medias, uno detrás del otro, chocando con los retrovisores, alcanzaron a ver un hueco más amplio, espacio inaudito en aquel batallón móvil inmovilizado en perfectas líneas paralelas, tortuga de legión romana. Era el sitio.

Ambos sabían lo que debían hacer y lo hicieron despacio. Tantas veces deseado, tantas veces ensayado - no, un ensueño - que, como danza sincronizada, iba a salir perfecto. Breve pero sin tiempo, intenso pero líquido, directo pero suave, urgente pero meditado, tumultuoso pero callado, con ojos abiertos y ciegos, aspiración por asfixia de recién nacido. Los dos pensaron y los dos callaron: por fin, todo está bien hecho, todo ajustado, todo cabal, todo como debía ser. Ellos no necesitaban fuegos artificiales ni estrellitas de colores. Solo fue necesario zanjar el asunto. Nada más y por fin. Nunca más. Para siempre.

Volvieron por dónde habían venido. Tardaron lo justo para llegar a cenar. Se despidieron con una gran sonrisa y un abrazo franco que latía con dos cronómetros  de alta precisión, él tan grande y ella tan menuda a su lado. Tic, tic. Paró el reloj. Ya es la hora.




domingo, 11 de marzo de 2018

ADAMO IS OVER
- Segunda Parte -

Viene caminando distraído, a lo lejos, por la calle que sale de la Plaza Mayor. Te vuelves atrás un poco para que no parezca que has llegado demasiado pronto. Él no te ha visto. Has quedado donde queda todo el mundo, en la puerta de la segunda pastelería, el esquinazo. Pero te da igual. Si os ven mejor. A las chicas de la panda, a las más íntimas, se lo has contado todo. No tienes claro cómo lo has conseguido pero ha sido él quién te ha pedido salir a dar una vuelta por la tarde. Ha sido por la mañana, en la piscina, eso seguro. El miércoles es buen día. ¿Quedamos para dar una vuelta? te ha dicho cuando ya te ibas. Bueno, cuando acabé la clase particular, a eso de la seis me va bien. ¿De qué das clase?, pregunta interesado. De latín y lengua, a una chica de un chalet de la carretera de Madrid que ha suspendido. En tres mañanas - bendito bañador azul - has hablado mucho con él, en un juego a dos bandas: atender a lo que dicen tus amigos sin perder la oportunidad de seguir charlando con él. Y casi a solas, sois pocos los que en diario subís a bañaros, toalla junto a toalla, mirando de vez en cuando a sus hermanos. Saben nadar, ya lo sabes, los ves tirarse al agua y salir tan contentos: no se van a ahogar pero cómo les pase algo, él se la puede a cargar. ¿Y si no le dejan salir? Seguro que no, parece muy convencido. Los chicos de la pandilla no vuelven hasta el fin de semana y de los que quedan, pocos suben a diario: tienen piscina propia en su chalet y deben que estudiar las que les han quedado para septiembre. Eres libre de quedar con otros, no hay compromiso, no se enfadan. Tú también te puedes bañar en casa con tus hermanos y tu madre, y con las todas las arrimadas - que dice tu madre -, sus amigas que vienen casi todas las mañanas a tomarse la cerveza y remojar a sus hijos. Plasta total. Pero la piscina grande del alto del pueblo te gusta mucho más. Y no solo ahora que está él. Te costó convencer a tus padres para que te dejarán mantener el abono de todo el verano pero te lo mereces: has aprobado todo. Él no es muy risueño pero lo que poco que cuenta, te interesa. Ya te ha dicho que su padre es peluquero de señoras y que han vivido en Inglaterra estos últimos años. Por ahí hay mucho que curiosear. Es raro tener un padre que sepa poner rulos o alisar el pelo. Por eso tienen un coche difícil de ver por nuestras carreteras. Tú ya tenías controlado su MG, un coche inglés, te dice tu padre. Ya, antes de quedar con él, os habéis cruzado varias veces con su familia. Es de color rojo, el único de esa marca que conoces, nadie tiene uno igual, incluso entre los de los más ricos de las nuevas urbanizaciones, ni siquiera entre los de esos amigos tan pudientes y pesados de tus padres. Te ha explicado que es un Morris, Austin M.G. 1300 y dice que es un coche deportivo, aunque caben los cinco y tiene cuatro puertas y todavía tiene una matrícula extranjera. Por eso lo reconoces. Este asunto de los coches parece que le interesa mucho aunque, a ti, eso de la potencia y sus caballos, te suena a chino. El de tu familia es más grande y, aunque el tema te encanta - eres un poco chicazo para estas cosas -, es más por la velocidad que alcanzan que por las características de las diferentes marcas. Y, sobre todo, porque te chifla que te lleven en un automóvil amplio y rápido, sin más. Además te cuenta que llevan muy poco tiempo en España aunque son de aquí, bueno, de Valencia y ahora viven en Madrid. Él llegó a Londres cuando era muy pequeño pero nació aquí, como sus hermanos, porque su madre se volvía a su casa cuando iban a nacer. De inmediato, mientras te lo cuenta, has recordado el inglés del colegio: le han llamado Richard siempre. Pero a ti te dice que se llama Ricardo, y no vas a hacer bromitas con el asunto. Llegas diez pasos antes que él y en tu cabeza suenan - no sabes porqué - The Carpenters, Close to you. Entre baño y baño, hermano y hermana, amigos y amigas y saltos del trampolín, has percibido que se parece poco a los otros chicos de tu panda. Está estudiando, te lo ha dicho, pero te cuesta recordar qué. Algo profesional, técnico de motores o algo así, nada de bachiller. Le gustan las motos y anda convenciendo a su padre para que le compre una. Solo sabes que no quiere una Vespa. No logras almacenar en la memoria los datos concretos que te da, solo le escuchas con atención, disimulando: estás como en las nubes. Esta tarde, miércoles por fin, tu alumna ha estado muy pesada. No le entran las declinaciones, se confunde en los casos, traduce la Guerra de las Galias de una forma que, a veces, no te queda otra opción que reírte. Y de las oraciones subordinadas ni hablas. No da una. No crees que apruebe en septiembre. Pero por ti que no quede, tú no fallas un solo día, aunque te duela la tripa por la regla. Y, además, te pagan semanalmente y ya no pides la paga semanal. ¿Qué tal hoy? te ha preguntado. Como siempre, sabe poco y no tiene ganas. ¡Qué le vas a decir! Te resuena la pesada de Mari Trini, tú no eres esa que él se imagina.

Tú estás segura de que se equivoca pero ha querido salir contigo y, eso, es lo importante. Empezáis a caminar tranquilos. Hace una tarde agradable y son los últimos días de agosto. No hace tanto calor y el cielo, a veces, se nubla. Te has puesto un vaquero nuevo, tu primer jeans. Antes tu madre no te los quería comprar, no es ropa de mujer, dice, pero la has convencido. Te quedan bien con esa camisa blanca y tus bambas azules de cordones recién lavadas. Él también los lleva pero te has dado cuenta de que no son Lois. Sólo Bravo, que gana dinero, se pone unos parecidos: no son de pata de campana, son rectos. Lleva zapatillas de deporte con cordones blancos y una camiseta por fuera, un poco suelta, azul marino. Casi parece que os hayáis puesto de acuerdo en la ropa, un poco a lo pili y mili. Aunque tú llevas un jersey sobre los hombros y él no, no debe tener miedo pasar frío a cuando empiece anochecer. Seguro que te va contando algo interesante; sin embargo, tú caminas como abstraída y apenas le oyes con claridad. Sonríes como una pánfila. De una forma natural e inconsciente, como un niño a su madre, te ha cogido la mano y camináis subiendo la cuesta de la carretera del puerto. Tiene un tacto agradable, cálido pero seco, y su apretón no es débil ni blando ni fino. Incluso raspa un poco. Tu madre dice que a los hombres se les conoce por el apretón de manos. Debe ser por lo de los coches y las motos, o por lo de los champús. Tienes la certeza de que es esa forma de agarrar tu mano la vas a recordar siempre, que te llevará al dream. Te esta contando que no ha hecho amigos nuevos en este veraneo de apenas un mes pero que en Madrid sí los tiene. Son sus compañeros del instituto madrileño de este curso. Va a una escuela profesional pública, en su barrio. Y sabe cortar el pelo de mujer como le ha enseñado su padre. Le dices que tú te haces la rosca todos los días para llevar la melena lisa, porque lo tienes muy rizado. Él ya lo sabe, te ha visto con el pelo suelto saliendo del agua. También estás extrañada porque no bromea constantemente como los demás de su edad, cuando vais de excursión, de merienda o bailáis: él no te vacila, y, sobre todo, ya no te suelta la mano. Y te habla de música. Por difícil que parezca, él no para de hablar y tú de escuchar. El tiempo vuela, no notas como pasa y, cuando miras el reloj, ya te tienes que ir. No te dan permiso para después de las diez, la cena con todos es obligada, pero esa noche vas a subir al cine, por si le apetece. Ponen La vida privada de Sherlock Holmes y quieres verla. Pero a él no le apetece. Ya llevas tres tardes saliendo a pasear juntos y sientes que tu cabeza se tambalea cada vez un poco más. Sin soltar tu mano, sin intentar el más ligero de los besos, te ha cuestionado demasiadas cosas. La música que oís no le gusta nada. Te ha dicho que hay un grupo español, Los Canarios, es mucho mejor que esos Módulos, Sirex, o Diablos que se repiten incansables en tus guateques. 

Odia a los Fórmula V y en eso estáis de acuerdo. Compartís a Barry White y a Diana Ross y ambos toleráis a Los Bravos. 

Te ha traído un disco de un tal David Bowie que suena muy distinto, Space Oddity. Por fin has entendido ese corte de pelo y lo que es más difícil, sus sentimientos, de los que nunca habla. Solo, a veces, a escondidas, notas que te aprieta la mano un poco más. 

Con él nada es como lo que en esas canciones de Adamo que ponéis en los guateques y que hacen que aprietes tu cuerpo con el de ese chico que te gusta tanto. Tampoco compartís lecturas. Tú ya has elegido: vas a estudiar filología hispánica, sin tener claro para qué. Pero te gusta, porque te gusta leer, porque lees a un tal Pedro Salinas, porque te emocionas con ese San Juan de la Cruz, porque quieres entender mejor porque siguen esperando a Godot. Él, en cambio, apenas aguanta un libro que no sea de crímenes por resolver, de policías corruptos y matones a sueldo. Es la última tarde que puede salir contigo. Mañana se vuelve a Madrid. Habéis quedado para salir en Madrid. Ahora sí, vais a ir al cine. Han reestrenado una película de Los Bravos. Y coincidís en que Mike Kennedy canta bien. Te ha llamado para concretar y, sin que lo esperes, te ha dicho que lleves a una amiga. Él va a ir acompañado. Y ahí estáis los cuatro, sentados viendo a unas alumnas de colegio de monjas que no se parecen a las tuyas y a unos melenudos que cantan sin venir a cuento canciones que te sabes de memoria. A la salida, apenas una caña en un bar de al lado y una extraña sensación: a el amigo le interesa tu amiga, y a Ricardo le interesa su amigo. Parece que sobras. Nada más. Nunca más. No habrá más. Pero has aprendido algo: Adamo is over, Y has descubierto, entre tanto, que te gusta bailar con esa bossa nova de Vinícius de Moraes y Antônio Carlos Jobim, esa chica de Ipanema que él ha sacado de ti.

jueves, 22 de febrero de 2018

ADAMO IS OVER
- Primera parte-

Estás acostumbrada al amigo pesado de tu padre con eso de que tienes un cara bonita. No te gusta ni siquiera como gracia de señor mayor y, sobre todo, te importa un bledo lo que él piense. Tu problema es otro: lo tienes que VER en la cara de ese chico extraño de la piscina y que te hable de una vez por todas, ¡por fin!
Hoy hace un día espléndido de agosto, sábado, y, como cada mañana, llegas a la taquilla sobre las once y media. Llevas la bolsa de baño con estreno dentro: guarda un nuevo bañador con pareo de toalla a juego. Tu madre encontró una tela de felpa muy fina de flores pequeñas, idéntica de colores al dibujo que tiene la lycra y, en un rato, ¡ya está!: te ha confeccionado una falda larga con un solo botón en la cadera que, además, puedes extender en el suelo para tomar el sol. Vale, claro, no te sirve para secar el cuerpo porque con el cloro perdería ese color intenso, ¡pero queda muy bien para tumbarse encima!, farda mucho como si esas flores azules sobre lecho blanco se prolongarán, como fondo de foto donde sólo se destaca tu silueta. Todo un flower power. Y, encima, el césped, ya agostado, no lo manchará de verdín.
Estrenas - ¡por fin lo has logrado! - un bañador de verdad, con unas cazuelas que  mantienen el pecho firme, levantado, no tortilla como los otros, recogido en el cuello, con tirantes cruzados por la espalda. ¡Vaya! Nada que ver con el anterior que usas. Éste es de mujer. Ya puedes guardar el otro, el de niña, un poco decolorado, sólo para los baños en la piscina de casa. Este nuevo es para presumir.
Te encaminas derecha hacia el vestuario y, de paso, vas repasando quién anda por la pileta, comprobando si los demás de la panda ya han llegado. No localizas a todos pero, por la hora, sabes que están al llegar. Ellas, las pocas que faltan, no tardarán.
Los ves y están en su sitio. Algunos de los chicos de la pandilla trabajan en Madrid entre  semana y cogen el autobús que llega a las once. Ya subirán. Han tenido que ir a dejar las mochilas con las tiendas de campaña en casa de la familia de los Nieto. Hoy no se instalarán en el campo, como otros fines de semana. Su padre les ha dejado acampar en el prado que hay pegado a su jardín: tenéis guateque a la tarde. Con merendola. Y si hay borrachera, mejor que duerman cerca. Los Nieto - los hermanos, el primo Luis y la pequeña - veranean en las mismas casas alquiladas para toda la temporada desde hace muchos años y el dueño les permite hacer uso de todo el terreno, con su cobertizo, una nave pequeña que es vuestro particular club social. Allí guardan sus cosas.
Llegarán todos juntos, ya lo verás.
La música está a todo volumen y el The shocking blue  suena. Es el comienzo de una serie larga de temas grabados en cassette que siempre recordarás como la música de tu vida. Cada mañana, cuando llegas, te preguntas una y otra vez cómo y quién hace la selección de esas canciones de fondo. No es de la radio: lo sabes. Te han dicho que es cosa del hijo mayor del dueño de todo y del bañista, Paco, un señor ya, de más de treinta, siempre tan amable con todas vosotras. Ellos las deben grabar. El aparato reproductor está en el bar, al lado de los vestuarios, y sale por los altavoces de embudo. Te lo ha contado Mercedes, otra intermitente de la pandilla, la hija pequeña de los dueños.
Paco está ahí, a la entrada del vestuario, en su sitio. Le saludas al entrar al pasillo de las cabinas y te da la ficha de tu taquilla.
Paco es una especie de "señor para todo"; conoce a cada uno de los habituales abonados por el nombre y da mucha seguridad con su aspecto de medio hombre de pueblo y medio hippie a la vez, un rubio pelo paja, en pantalón corto y camisa de cuadros, con la piel tan morena y tan curtida que parece cuero reseco. Se pasea por todos lados y cuida de niños y señoras, duchas, vestuarios, césped, pintura de paredes y barandillas. Y hasta de las bolsas de baño si alguien le pide que les eche un ojo si se van a remojar. Lo ve todo, lo conoce todo, está en todo. Su mujer, menuda y un poco regordeta, con su bata de batista de pequeñas flores y zapatillas de lona, le ayuda para vigilar de la pileta de abajo, la de los niños pequeños. Sabes que no tienen hijos, como sabes que viven en la casa que hay en la parte baja del recinto, pegada a la caseta de la depuradora. Con el paso del tiempo y el regreso nublado del recuerdo de este momento, cuando Paco también lleve el restaurante de los apartamentos, llegarás a pensar que tenía el don de estar en varios sitios a la vez, ubicuidad, le dicen. Nunca le has visto metido en el agua pero nunca has dudado de que sabe nadar muy bien.  Muchas veces te ha corregido el estilo - ese brazo, estírate, respira con ritmo, las piernas juntas - y hasta llegó a inscribirte en el campeonato de natación de las fiestas de la Virgen. También te enseñó a saltar bien desde el trampolín.
Allí está Paco, como esperándote, como cada mañana.
Cuando sales de la cabina con tu bañador nuevo y esa falda tan vistosa, al mirarte en el espejo grande del fondo, te das cuenta de que has cambiado. Tu cuerpo ha cambiado en algo, tú no, tú eres tú. Y, por primera vez, te agrada lo que ves. Te estiras un poco y te vuelves a mirar. Chavala, te queda bien el conjunto.
A la salida te encuentras con José, el Bravo le llamáis por el apellido, sentado en una silla junto a la barra del bar. Ha llegado el primero de los de Madrid y te mira de arriba a bajo mientras se toma una caña, la primera del largo día. Suena Mungo Jerry y te falta poco para ponerte a bailar con él. Pepe siempre fue feo, un poco enjuto y apenas te saca unos centímetros pero, por extraño que parezca, a ti te gusta. Es gracioso, tiene chispa. Ya hizo la mili y trabaja en un banco. Maneja más dinero que los demás, y como es más mayor que la mayoría, lo hace valer.
También está acercándose Pedro, unos de los más jóvenes, será como tú o un año más, cargado con su cámara de fotos. ¡Es tan alto y tan fuerte, con su perfecto pelo largo y rubio, a lo beatle! Las tiene locas a todas aunque a ti nunca te gustó. Un poco soso, te dices, un poco simio de cara, un poco simple, un poco aniñado, como un Bee Gees a medias de hacer.
Las demás afirman que tú no tienes razón, que eres tú que no le revisas bien, siempre un poco rara: mira que gustarte Pepe. Ellas no te entienden, como siempre.
El atlético Pedrito de 1,90 siempre lleva su Kodak colgada del cuello y Bravo le pide que os saque una foto. Es la primera vez que no te da vergüenza y le agarras fuerte del brazo como si fuera tu novio: un posado nupcial sicodélico. Allí mismo, pegados a la columna de entrada al bar. Él también pone planta del atleta orgulloso que no es, tiene cero musculitos que sacar. Se estira mucho con las manos agarradas a la cintura del meyba, pero nada, ni un biceps.  Se aprovecha de que sabe que le has gustado, y aún se lo cree. Formáis una extraña pareja de boda feliz en bañador. Y Pedro aprieta el obturador para la posteridad. Cerca del trampolín te repite el posado.  Días después te las va a dar reveladas, ya verás, como regalo. Y siempre las guardarás.
Pero a ti ahora, en el día de hoy, con esta luminosa mañana de agosto en la gran piscina pública de un pueblo de veraneo de la Sierra de Madrid, con tus diecisiete recién puestos y tu bañador que es la envidia hasta de las que se atreven desde hace mucho con el bikini, poco te importa formar parte de la colección de fotos de chicas que Pedro guarda celosamente, con tanto orgullo, para su historia sentimental de machote de una vez. Te da igual lo que sueñe Bravo o lo que Pedro cuente cuando sea mayor. Tú solo quieres llegar al sitio donde siempre os sentáis. ÉL YA ESTÁ AHI. Suena ya  ABC, los Jackson 5.

Sabes que ese chico rubio, de pelo largo y lacio, de nariz grande, cuerpo atlético pero todavía sin "mazar", en sleep de  color negro, sólo un poco más alto que tú, silencioso y solitario, suele colocar sus toallas cerca de vosotros. No le conocéis de nada pese a pasar dos horas todos los días con las toallas muy próximas. Nunca se ha atrevido a dirigiros la palabra y mira que, con una panda tan grande y con tantas chicas y chicos montando su juerga a dos metros de distancia, es difícil no buscar cómo entablar conversación. Sois los reyes de la piscina, el reino de la ele azul.
En el pueblo hay dos o tres pandillas más, así de numerosas y de vuestra edad: la de los más ricos y la de los del pueblo. Y se repiten en dos cortes sucesivos de edad. Unos se bañan en sus chalets: no se mezclan; y los otros no pagan el abono: prefieren las pozas del río. Tampoco éstos se mezclan.  Pero la vuestra es la más abierta, cada vez más y más, y es raro que, a lo largo del verano, no se sume a vuestra diversión alguien nuevo en el pueblo, o a alguno de las otras dos haga una incursión en vuestra oferta. Nunca sabe dónde puede saltar un buen amor eterno o, al menos, algo para contar después, en septiembre.
Llevas un mes observándole. No tiene pandilla. Le has visto por el pueblo pasear solo o con su hermano pequeño, alguna vez. O en el cine de la tarde. Sin duda, es raro. Pero ese misterio hace que te guste más. Ya sabes hasta dónde está su casa de veraneo.
Lo primero que te llamó la atención fue su pelo, distinto al de los demás, como el de un extranjero, más largo que el de todos. No es un Paul McCartney. Es un David Bowie, descubrirás después cuando te suene el hombre de las estrellas. Desde entonces, cuando le viste por primera vez, día a día, le estudias disimuladamente como si fuera un bicho raro allí entre la hierba. Cuida de sus hermanos algo más pequeños y no se enfada con ellos. Le llaman Ricardo. Se baña, se seca, juega con la pequeña y se vuelve a bañar. A veces, lee un libro. Y siempre se coloca en el mismo lugar. Bueno, vosotros también. Bueno, todo el mundo se sienta siempre más o menos en el mismo lugar. Es como si os hubieran repartido parcelas a principio de temporada para dos meses y medio. 
Cuando llegas con José y con Pedro a donde están todos, las amigas te miran de arriba abajo. Hasta la Maior y la Peque, las reinas de esta temporada ¡Qué bonito! te dice Goyi. Como se nota la mano de tu madre, concluye por si alguien no sabía de las dotes costureras maternas. ¡Será imbécil!
Ellos, testosterona en movimiento aunque tú todavía no has descubierto cuanta les cabe, no pueden evitar decir o hacer alguna gracieta, silbidito, besito al aire, aunque sus novias de ese verano los miran con esa cara de  la mato que tú también sabrías poner. Es la primera vez que te pasa. 
Después de tres años de panda, algunos ya son parejas fijas, novios formales de verano e invierno. Cuando Juan Carlos acabe la mili y el peritaje haremos planes de boda, remarca Mari Carmen cada vez que las chicas os juntáis para hablar de vuestras cosas. Son los más adelantados y lo pueden exhibir en público. Se besan a todas horas y siempre caminan de la mano. La palma les debe de sudar un poco.
Otros van ligando de modo rotativo, como en esos bailes modernos de cambio de pareja, para ver si hay suerte y ésta es la definitiva, el amor de verdad. A veces, se incorpora a la panda algún chico nuevo o alguna amiga de alguien y el hormiguero se revoluciona. Y a rotar otra vez aunque a ti no te han tocado hasta ahora papeletas en el sorteo. Sin embargo, este día algo te dice que puede empezar tu turno. Es el efecto bañador, como si no fueras la misma de la semana pasada, piensas.
No les haces ni caso: Puente sobre aguas turbulentas hace su aparición en el aire con ese ligero olor a lejía.

Pedro te acaba de tirar la segunda y en la tercera no aparecerás. Él sí, apenas escondido entre los árboles. No sabes muy bien cómo ha sido pero le has hablado. Ah, sí. Le pides permiso para colocar la toalla-falda cerca, ¡es que sois tantos que ocupáis medio lateral!
Suena un poco lejano, entre tanta algarabía y chapoteo, el eterno y cadencioso "Ah, ah. Ah, ah". Los Módulos. Parece hecho aposta: Siento que ya llega la hora que dentro de un momento...", tan almibarado que en la punta de la lengua se siente la melaza chorreando. No son lo tuyo pero ¡menudo momento!
Nada importa lo que estáis hablando, él es escaso de palabras y los demás no dejan de interrumpir. Y te tienes que bañar. Tú preguntas cosas que ya sabes y a sus respuestas aprovechas para contar cosas de ti. Sabes que esta tarde hay guateque en los Nieto. Y le has sacado que seguirá de veraneo hasta final de mes. Ya has abierto brecha. Yellow River, Yellow River. Perfecto, chica.