ALMADREÑAS
- "¿ Al final, cuándo te vas a
Madrid?", le preguntó a la salida de misa. El tono de Nines era un poco
más hosco que otras veces.
- "La semana que viene. Todavía me
quedan cosas que arreglar". contestó Minuchi mientras recogía el velo y le
prendía el alfiler. Cuidado al meterlo en el bolso, no se vaya a enganchar.
- "¿Vendrás un rato por la tarde?",
replicó Nines más contenta, con su sonrisa franca, afanada también en guardar
el suyo junto a su viejo misal.
- "Seguro. Aunque sea un momento. Cuando
cierre la ferretería y haga la caja". Sacar el negocio adelante siempre fue
mucho esfuerzo aunque ya, por suerte, no la saqueaban rojos ni azules. Y daba
igual el bando, hala niña, dame la caja, la cantinela semanal durante los años
negros. El que bajaba antes de la montaña, ese se lo llevaba. Y otra vez a
cero. Eso sí, llevar la contabilidad entonces era más fácil: el haber siempre
negativo. Pero Minuchi dormía más tranquila. Arqueo terminado.
Se despidieron en la esquina de la calle,
una para El Progreso y otra para El Sol.
A Nines le dió un vuelco el estómago.
"La voy a echar de menos. ¡Mira que irse a Madrid! Allí, sola con el
madrileño, empezando todo de nuevo. Sin este aire limpio. Pues no lo entiendo. Pero
tengo que entenderla, meterme en sus pies. No nos vamos a despedir así".
Minuchi corría pensando en los últimos
arreglos de la ropa de la boda. No era
mucha cosa, pero era lo suyo. "Me tiene que dar tiempo a acercarme a la
farmacia. No la voy dejar así. Todavía tengo cosas que explicarle. Lo tiene que
entender, Dios mío. Le tengo que meter en esa cabeza dura que estoy contenta,
que es lo que quiero hacer, que en la capital sobreviviré como siempre, que
ella a su Publio, que yo a mi Enrique y a tener hijos y sacarlos adelante. Le
llevo las almadreñas y la obligo a meter los pies. Ah, que no se me olvide: la
receta del bacalao con ajos que le sale tan bueno. En Madrid no tenemos el
mismo pescado".
Se miró en el espejo buscando qué
ponerse en el cuello. El traje le quedaba bien pero su pequeño escote pedía a
gritos un detalle de brillo. Nada que
destacara mucho. Era el acto oficial de nombramiento de su cargo. Buscó en el
joyero. Determinar las variables, analizar características, visualizar
resultados, y tomar decisiones.
Segundos, 101, 102, 103. 104, 105, 106. Y decidir. Lo reconoció: el colgante de
las almadreñas de oro que le había regalado Nines el día de su comunión. Las apretó con la mano "qué pequeñas, como me ha crecido la
mano". Se lo colgó y se volvió a mirar. Perfecto. Ahora, sí. Vámonos,
no lleguemos tarde, habrá tráfico.
El acto se desarrolló como esperaba,
protocolario y sencillo. Personas, las justas y más cercanas, sonrientes y
tranquilas. Situadas detrás, como un muro de contención infranqueable, lealtad
sin fisuras, ojos que te ven y ven lo que tienes delante. Ojos de lince
burgalés que otean todo el prado y los más mínimos movimientos alrededor del
ganado que hay que proteger. Su marido, su hijo mayor y quién le había hecho la
propuesta "¿para qué más?".
Mientras sonaban las palabras necesarias, domésticamente solemnes, de la toma de posesión, sin perder comba, como en el patio de
colegio, podía pensar en dos cosas. Hacer tortilla de patatas y redactar el problema de física que iba a
poner en el examen de mañana. Tenía mucha práctica.
De nuevo se iba alejar un poco, de nuevo
la iban a prestar a los ajenos pero no le faltaba la
certeza de que al volver a casa no habría reproches, ausencias ni soledades. A
la mañana siguiente empezaría en su nuevo despacho un difícil trabajo del que -
"esto no va a ser fácil" - apenas vislumbraba la punta del iceberg.
"¿Conozco mis fuerzas? Creo que sí". Una vez aquí, no caben titubeos,
y esperaba tenerlas cuando las necesitara. "Método, método, método,
ciencia, ciencia, ciencia y escasos recursos exprimidos al máximo,
rectificados, ajustes según necesidades, lo que sea preciso para que se adapten
a lo inesperado, ensayo - error - ensayo - acierto - verificación, volver a
calibrar, probar otra vez, empezar de nuevo, cambiarlo todo pero siempre con el
fin claro, lo que busco se puede encontrar". Se sabía la lección. Sí,
conocía sus fuerzas. Desde muy pequeña aprendería deprisa a ser mayor y a
crecer mucho, tanto que terminó por sacar una cabeza a las demás y media
brazada al estirar la mano. Como a algunos arrogantes que se le cruzaron en el
trayecto, poniéndose de puntillas. Por eso podía ver un poco por encima el
panorama. Por eso le encontró a él: era más
grande.
Experiencia en lo nuevo: insuficiente
tal vez, pero con la dosis de sentido
común calibrada, de fabrica, que para tanto le había servido. O, al menos, eso
creía ¡qué caramba! que ya eran muchas las decisiones que tomó en esa vida que
ya era larga pero corta en años porque tuvo que madurar antes. Y algunas, a
contracorriente.
Muchas felicitaciones, te lo has ganado,
lo vas a hacer muy bien: voces conocidas. Gracias por vuestra confianza, cuento
con vuestra ayuda: respuestas amables y agradecidas. Pensar y hacer dos cosas a
la vez.
Y,
pensaba mientras tanto, se vio en la
casa del pueblo, de la mano de su madre, acompañándola a casa de Nines. Se
volvió a tocar el colgante. Y la reacción química en su cerebro reptiliano se
puso en marcha. Era solo cuestión de cambiarse de almadreñas, ahormarse a otras
distintas y ver por dónde te apretaba el
juanete, qué huecos no rellenaban tus pies y tenías que ponerte unas
zapatillas más grandes para que se ajustaran o, si al contrario, había que
contraer un pocos los dedos, de natural
expansivo, o con el pie suelto, para caminar por los difíciles caminos que
había que recorrer. Piedras inesperadas, algún charco que no preveas. Despacio
pero con ritmo. Lo había aprendido de dos mujeres que intercambiaban sus almadreñas
para que los pies ajustarán lo que las cabezas no sabían.
Minuchi y Nines. Nines y Minuchi.
Minuchi, su madre, Nines, su amiga: dos pares de almadreñas intercambiables. De
allí arriba, en el Burgos de arriba, el de los cántabros que no lo son hoy -
tiempos de Autonomías constitucionales- , pasiegos de verdad - remota comarca
común -, donde hombres y mujeres deben saber leer por Dictado Real.
Nines era algo mayor que Minuchi, niña
de ocho años que se quedó sin padres y Nines cuidó. Desde 1920, allá en su
escuela, amigas inseparables, hermandad voluntaria, hasta que un matrimonio
llevó a Minuchi a la gran capital en el 47. Después, amistad hasta la muerte y en el más
allá. San Pedro les guardaría una silla juntas.
"¿Por dónde me vendrán las dificultades?". "Muchas
gracias, espero no defraudar vuestra confianza", contestaba sonriente,
doble cerebro y triple si el asunto lo requería. "Las estoy viendo", pensó mientras seguía saludando,
hasta el gran jefe estuvo cariñoso
Nines, con ocho años, no era tímida, y
Minuchi, más pequeña podía agarrar su
mano para no sentirse tan sola, con tanto hermano mayor. Nines, impulsiva y
extrovertida podía tirar del carro de sus pequeñitas vidas, y sacarlo del
barranco cuando la tristeza embargaba a su niña adoptada. Minuchi iba creciendo
y cada vez más reflexiva y lista, apretaba la mano de Nines para que el camino
fuera más seguro y firme para las dos. Compartían una extraña dualidad: libres
y religiosas, quizás se sentaban en el banco de la iglesia para meditar
mientras parecía que rezaban. A eso el
párroco le llamaba la Comunión de los Santos. Ellas sabían poco de tanta
teología pero pensar a la vez, en la intimidad del banco oscuro del final de la
iglesia, cavilar en lo que a las dos les preocupaba hacia que las soluciones
fluyeran mejor. A la salida, con solo mirarse, las cosas empezaban a estar más
claras. Hasta cuando se echaron novio. Nines se enamoró por correo forzoso con
los del Frente, su Publio, alma desigual pero paralela. Minuchi con su guapetón
madrileño que la volvió a dejar sola demasiado pronto con tres bocas y mentes
que alimentar y nueva contabilidad por cuadrar. Nunca dos matrimonios amigos,
siempre dos hermanas, sin leche ni sangre común.
Nines, más convencida de lo beneficioso
de la protección eclesial que de la posibilidad de una futura vocación
religiosa de sus hijos, los mandó a educarse al seminario, ella, una mujer de
ciencia, que pasó su vida detrás del mostrador de una farmacia, con culebras en
la bañera para que las niñas no tuvieran miedo al verlas en el campo. Solo uno
se le hizo cura entre esas paredes, llamado por ese Dios al que, como oráculo al
que ambas hablaban, se lo llevó a su servicio. Eso sí, uno salió cura
"revolucionario" como Nines le llamó siempre.
Minuchi, viuda joven con tres hijos,
adelantada a su tiempo con su carrera de contable, siempre al frente de su
negocio, se empeñaría en que estudiaran, al precio que fuera, con los
sacrificios que fueran, aunque su espalda se quebrara en el intentó. Y lo
logró.
A ambas la vida les dio tiempo para ver,
entender y compartir los vericuetos de la vida del fruto de sus vientres: un
buen resultado.
Terminada la toma de posesión, respiró
hondo. Los tres se fueron tranquilos para casa. El pequeño esperaba para cenar.
Frente al espejo se quitó el colgante guardando lo más profundo de su alma en
su joyero. ¿Lo había meditado suficiente?
Se preguntó que le dirían esas mujeres: ¿qué ganas y qué pierdes?, ¿a qué
renuncias y qué puedes alcanzar?, ¿qué puedes obtener después y qué tienes
ahora? Cien gramos son cien gramos, de Flor de Sauco o de tornillos. ¿Es lo que hay? No. Se cambia.
Nines y Minuchi. Minuchi y Nines: un
intercambio de almadreñas para enseñar, para aprender.
Biennnnnnnn!!!!!!
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