Negrete y la Virgen de Fátima
Se venden melones en la cuneta. Seguro
que había alguno en la nevera de la casa. Aunque intentaban salir pronto de
Madrid, siempre llegaban a media tarde. Hacía un sol de justicia. Cruzando los pueblos de este lado del Mar
Menor, no se veía a ni un alma en las calles pero se olía el salitre. Entraba suave
por las ventanillas abiertas del coche, eterna pelea. -"Cierra que entra
la solanera". Ya no sabía cómo
colocarse, el culo planchado después de siete horas de viaje. Echó un trago a
la botella de agua. Caldo.
Él corría a todo lo que daba el coche.
Había que cruzar cuánto antes la zona del centro comercial y los grandes
hoteles. Se empezaba a enfadar. Mejor callada. El atasco, como a toque de
corneta, se montaba a las cinco. Entre los que van a comprar y los que buscan el
baño de la tarde, parece la acera de la Gran Vía madrileña en Navidad con cada
peatón en su coche.
- "Que barbaridad, estas moles de
edificios. No veo el mar. ¡Qué ganas de bañarme! Ya hemos pasado la heladería.
Ya queda menos", pensaba sin decir palabra. Estaba como anestesiada,
ausente, dispersa. Entre el disgusto por un suspenso incomprensible en la
primera defensa del tema oral y la alegría de esa buena nota en la segunda con
el mismo tema, entre un trabajo seguro para toda la vida pero que no había
hecho nunca y el miedo por un destino muy lejos de casa, su cabeza estaba a
punto del crac. "Estás neurótica".
Tardaría décadas en entender que su vida siempre fue igual. Lo que
buscaba no lo conseguía y, a cambio, siempre llegaba a algo que resultaba distinto,
casi mejor. Ella quería un caballo que no sabía montar y los de Oriente le
dejaron una bicicleta Orbea roja para su disgusto y el de su padre. Y una buena
herida en la rodilla.
Él conducía a su lado. Sentía seguridad.
La carretera se iba cargando, poco a
poco, como un camino de hormigas que se va llenado hasta colapsar, miles de las
hormigas que se incorporan por cada lado, vaciando su hormiguero vertical.
-" Ya llegamos. Por fin", se
dijo silenciosa. "Estamos casi al final de esta lengua de tierra entre dos
mares". Maldita literatura. Consigue imaginarla sin casas. Una playa
infinita a derecha e izquierda. Aguas bravas y aguas mansas, frescas y
calientes, juntas, a cien metros. Una mano en cada mar.
Ya está harta de pensar. Está cansada de
pensar. Su mente es como un perro con heridas, se metía en su rincón, se lamía
sin parar y esperaba. El dolor se irá calmando. Al final, " es lo que hay", o
te paras en lo que tienes o sigues. Una y otra vez, una y otra vez.
Cuando salieron de Madrid, hablaron un
rato del asunto, analizaron los detalles machanonamente, ese proceso duro entre
las ansias, el esfuerzo y una recompensa a medias. Pero se calló. Se aburría de
sí misma. Era como si hubieran cortado su cerebro a la mitad. El silencio
mental, con su "runrun" de fondo, no cabe otra salida. Era su manera
de reponerse.
Cuando subió los peldaños hasta el
apartamento, ya se oían las voces. Los chicos bajaban a darse su chapuzón de
tarde: el mejor.
Estaba deseando ponerse el bikini y
nadar un rato. Su piel pedía sol.
La casa, como siempre, estaba llena. Su padre había recogido a la niña la semana
anterior y la pequeña salió corriendo a recibirlos, tostadita, carita de luna
con sus dos años.
-"Ya bajamos a la playa, déjame
dejar la maleta. Espera", le dijo al verla tan alegre.
-"Hola bonita. !Qué guapa estás,
como siempre!". Era la voz amigable de una mujer de 60 años en el quicio
de la puerta, familiar desde su nacimiento, con un olor a limpieza doméstica
que desprendían las manos más blancas imaginables por tanta lejía fregando
suelos, que planchaban con primor profesional, como su bata fresquita de flores
pequeñas que se separaba de un cuerpo en el que se contaban las venas como
rayos azules.
-"Hola Juana", contestó con un
beso en aquella mejilla de piel finísima. "¡Qué gusto verte!".
-"Mamá me ha invitado a pasar unos
días con vosotros. "Estaréis cansados de tanto viaje. ¡Y este calor!".
¿Cómo vamos a dormir?, pensó al momento.
Eran muchos. Como siempre. La casa era grande, raramente grande para un
apartamento de playa.
-"Deja la maleta en la habitación
de las dos camas. Los pequeños duermen los tres en la otra. Juana en el sofá del salón. Sale la cama de
debajo", oyó decir a su madre que siempre tenía todo controlado, leyendo
su pensamiento.
Reconoció la rutina. Ya sabía que cada
noche, a media noche, mamá se levantaría como una sonámbula de gran camisón,
arropando a todos, andando por las
terrazas para mirar por las ventanas por si estaban destapados: "El
relente es malo. De madrugada refresca". Conocía la respuesta y el primer
problema: conseguir una camiseta vieja, pudor molesto y ancestral. No había
contado con ello. Ellos dormían sin pijama.
-"Hay toallas suficientes. Quitaos
la arena antes de subir. Papá se encargará de traer comida y bebidas. Daos
crema que el sol quema mucho este año. Me paso la mañana guisando. Esta nevera
no enfría lo suficiente. ¿Mañana qué comemos?" La misma retahíla de
siempre, apuesta segura, siempre mamá. Pero ya estaba en casa. Ahora podría
descansar. El agua del Mediterráneo y el sudor de la bicicleta harían de eficaz
ansiolítico. California dreaming.
Esa noche no salieron con sus amigos a
tomar una copa. La terraza de delante parecía fresca por el rumor de los olas. Los niños ya dormían y los demás estaban en el
bar de la piscina de la urbanización, blanco y negro y un buen gin tonic. A
ella no le apetecía bajar. Un descafeinado con hielo en la tumbona de rayas.
Juana se sentó a su lado.
-"¿Qué tal van las cosas, Juana?"
le preguntó por charlar un rato. Una rara compañía, una voz tranquila después
de tanto jaleo.
-"Bien, como siempre. Madrid está asfixiante.
Me llamó tu madre y me vine con tu padre. Ya sabes como me quiere. Desde que
murió Román, a veces estoy un poco sola. El chico no se puede ocupar de mí,
tiene su familia y se han ido unos días al pueblo. Aunque no me bañe, aquí estoy
más fresquita".
Se acordó de tantas tardes con sus
padres en el campo, con Juana y su chico, de ese "respira hijo,
respira" que decía convencida como si el aire de la ciudad no fuera aire.
Nos hacía mucha gracia.
-"¿Has visto a la abuela? No he
podido ni ir a verla" le preguntó.
-"Como siempre. El viernes estuve
con ella en Conde de Súchil. Ella por las noches, al menos, se sale a la azotea
y respira. Mira que lo ha pasado mal en la vida, pero ¡es tan fuerte! Está bien,
le duelen los juanetes, pero está bien".
- " Las de tu generación sois
tremendas", le respondió.
-"¡Qué va, hija! Aunque vivimos lo
nuestro, no creas. Eran otros tiempos". Era poco locuaz. Se sorprendió al
oírla un comentario. En verdad, nunca habían mantenido una conversación. "
Voy a recoger el toldo". De nuevo se sentó. y tomó una sorbo de su agua
con limón.
Ella conocía desde niña la enorme
amistad que unía a esas dos mujeres mayores, siempre presentes, extrañamente
unidas, tan distintas que, a veces, llevaron a su abuela a criticar, con cierto
desenfado mordaz, su mansedumbre, tanta capacidad para aguantarlo todo en
silencio, a ese marido que llegaba borracho hasta caer rendido y a ese hijo
único y mal criado que la tiranizaba como un rey a su esclavo. Y ahora la
dejaba sola.
-"¿Te he contado alguna vez cómo me
quede embarazada del chico ya con 38 años?".
Se extrañó de su tono cordial y cercano,
de que le contará algo de sí misma. Siempre tan discreta. Ella había oído
contar esa vieja historia familiar muchas veces, pero nunca de su boca.
-"Fue por Jorge Negrete y la
intercesión de la Virgen de Fátima. No me quedaba en cinta nunca. Tu madre era
como nuestra hija. Tu abuela cuidaba de tu tía y tu madre venía muchas veces a comer conmigo
y a coser. Ya sabes las manos que tiene. Román - no se puede ocultar-, a veces se pasaba con los chatos y yo pensaba
que un hijo le haría dejarlo".
-"¡Vaya Juana! Buena combinación,
un poco extraña, ¿no? ¿Cómo fue?" siguió, mostrando un interés sincero.
Nada mejor que una buena historia.
-"Era el año 48. La Virgen de
Fátima llegó a Madrid. Cosas de Franco. Y se me ocurrió. Hice una promesa. Me
acerque con tu madre a la procesión a la Glorieta de San Bernardo. Le pedí con
todas mis ganas un nuevo embarazo y le toque le manto. 13 años buscándolo
después del primero que perdí. Un hijo cambiaría a Román, estaba segura. Y a
los pocos meses ya tuve mi primera falta.".
- "Juana, ¡parece un milagro!",
le contestó un tanto burlona, mujer de poca Fe.
- "Los periódicos dijeron que la
Virgen había hecho muchos en Madrid. El mío no salió en los papeles pero yo !me
quedé!"
- "Y Jorge Negrete, ¿qué tiene que
ver? ¿Os animaron las rancheras?", preguntó capciosa.
Esa mujer de ojos claros tenía una
gracia particular para decir sus cosas, una retranca en la intimidad entre gallega
y de madrileña cañi que ella recordaría toda la vida. Como la de su abuela:
menudas lenguas para "cortar trajes" a la que se pusiera a tiro.
- "También vino a Madrid ese año el
cantante. Tu madre quería verlo, como esas chicas de ahora con los que llevan
melenas, y yo la acompañaba por las tardes a las puertas del Palace. Se llenaba
de mujeres. Nunca lo vimos. ¿Sabes que dijo que dónde estaban los hombres en Madrid? A lo mejor eso animó a Román.
Poner en duda a los españoles, mira tú".
- "¡Qué cosas tiene Juana!". Pensó
en el honor patrio que un mejicano se atrevió a poner en solfa. Pensó en
aquella mujer que confió a la Fe y la testosterona para cambiar su vida. Se
estaba levantando una brisa agradable. "Hoy vamos a dormir mejor".
Empezaron a llegar todos, camas por
medio, doblar las toallas secas para que el relente no las humedeciera, prisas
por entrar al baño, pijamas, un vaso de leche para el llorón de cada noche.
- "¿Y mañana qué comemos? Tengo
unas judías verdes muy buenas", volvió a decir su madre.
Lo que menos le gustaba era que dormían
en camas separadas. Pero, en unos días, eso cambiaría.