domingo, 7 de mayo de 2017

Negrete y la Virgen de Fátima


Se venden melones en la cuneta. Seguro que había alguno en la nevera de la casa. Aunque intentaban salir pronto de Madrid, siempre llegaban a media tarde. Hacía un sol de justicia.  Cruzando los pueblos de este lado del Mar Menor, no se veía a ni un alma en las calles pero se olía el salitre. Entraba suave por las ventanillas abiertas del coche, eterna pelea. -"Cierra que entra la solanera".  Ya no sabía cómo colocarse, el culo planchado después de siete horas de viaje. Echó un trago a la botella de agua. Caldo.
Él corría a todo lo que daba el coche. Había que cruzar cuánto antes la zona del centro comercial y los grandes hoteles. Se empezaba a enfadar. Mejor callada. El atasco, como a toque de corneta, se montaba a las cinco. Entre los que van a comprar y los que buscan el baño de la tarde, parece la acera de la Gran Vía madrileña en Navidad con cada peatón en su coche.
- "Que barbaridad, estas moles de edificios. No veo el mar. ¡Qué ganas de bañarme! Ya hemos pasado la heladería. Ya queda menos", pensaba sin decir palabra. Estaba como anestesiada, ausente, dispersa. Entre el disgusto por un suspenso incomprensible en la primera defensa del tema oral y la alegría de esa buena nota en la segunda con el mismo tema, entre un trabajo seguro para toda la vida pero que no había hecho nunca y el miedo por un destino muy lejos de casa, su cabeza estaba a punto del crac. "Estás neurótica".  Tardaría décadas en entender que su vida siempre fue igual. Lo que buscaba no lo conseguía y, a cambio, siempre llegaba a algo que resultaba distinto, casi mejor. Ella quería un caballo que no sabía montar y los de Oriente le dejaron una bicicleta Orbea roja para su disgusto y el de su padre. Y una buena herida en la rodilla.
Él conducía a su lado. Sentía seguridad.
La carretera se iba cargando, poco a poco, como un camino de hormigas que se va llenado hasta colapsar, miles de las hormigas que se incorporan por cada lado, vaciando su hormiguero vertical.
-" Ya llegamos. Por fin", se dijo silenciosa. "Estamos casi al final de esta lengua de tierra entre dos mares". Maldita literatura. Consigue imaginarla sin casas. Una playa infinita a derecha e izquierda. Aguas bravas y aguas mansas, frescas y calientes, juntas, a cien metros. Una mano en cada mar.
Ya está harta de pensar. Está cansada de pensar. Su mente es como un perro con heridas, se metía en su rincón, se lamía sin parar y esperaba. El dolor se irá calmando. Al final, " es lo que hay", o te paras en lo que tienes o sigues. Una y otra vez, una y otra vez.
Cuando salieron de Madrid, hablaron un rato del asunto, analizaron los detalles machanonamente, ese proceso duro entre las ansias, el esfuerzo y una recompensa a medias. Pero se calló. Se aburría de sí misma. Era como si hubieran cortado su cerebro a la mitad. El silencio mental, con su "runrun" de fondo, no cabe otra salida. Era su manera de reponerse.
Cuando subió los peldaños hasta el apartamento, ya se oían las voces. Los chicos bajaban a darse su chapuzón de tarde: el mejor.
Estaba deseando ponerse el bikini y nadar un rato. Su piel pedía sol.
La casa, como siempre, estaba llena.  Su padre había recogido a la niña la semana anterior y la pequeña salió corriendo a recibirlos, tostadita, carita de luna con sus dos años.
-"Ya bajamos a la playa, déjame dejar la maleta. Espera", le dijo al verla tan alegre.
-"Hola bonita. !Qué guapa estás, como siempre!". Era la voz amigable de una mujer de 60 años en el quicio de la puerta, familiar desde su nacimiento, con un olor a limpieza doméstica que desprendían las manos más blancas imaginables por tanta lejía fregando suelos, que planchaban con primor profesional, como su bata fresquita de flores pequeñas que se separaba de un cuerpo en el que se contaban las venas como rayos azules.
-"Hola Juana", contestó con un beso en aquella mejilla de piel finísima. "¡Qué gusto verte!".
-"Mamá me ha invitado a pasar unos días con vosotros. "Estaréis cansados de tanto viaje. ¡Y este calor!".
¿Cómo vamos a dormir?, pensó al momento. Eran muchos. Como siempre. La casa era grande, raramente grande para un apartamento de playa.
-"Deja la maleta en la habitación de las dos camas. Los pequeños duermen los tres en la otra.  Juana en el sofá del salón. Sale la cama de debajo", oyó decir a su madre que siempre tenía todo controlado, leyendo su pensamiento.
Reconoció la rutina. Ya sabía que cada noche, a media noche, mamá se levantaría como una sonámbula de gran camisón, arropando  a todos, andando por las terrazas para mirar por las ventanas por si estaban destapados: "El relente es malo. De madrugada refresca". Conocía la respuesta y el primer problema: conseguir una camiseta vieja, pudor molesto y ancestral. No había contado con ello. Ellos dormían sin pijama.
-"Hay toallas suficientes. Quitaos la arena antes de subir. Papá se encargará de traer comida y bebidas. Daos crema que el sol quema mucho este año. Me paso la mañana guisando. Esta nevera no enfría lo suficiente. ¿Mañana qué comemos?" La misma retahíla de siempre, apuesta segura, siempre mamá. Pero ya estaba en casa. Ahora podría descansar. El agua del Mediterráneo y el sudor de la bicicleta harían de eficaz ansiolítico. California dreaming.
Esa noche no salieron con sus amigos a tomar una copa. La terraza de delante parecía fresca por el rumor de los olas.  Los niños ya dormían y los demás estaban en el bar de la piscina de la urbanización, blanco y negro y un buen gin tonic. A ella no le apetecía bajar. Un descafeinado con hielo en la tumbona de rayas. Juana se sentó a su lado.
-"¿Qué tal van las cosas, Juana?" le preguntó por charlar un rato. Una rara compañía, una voz tranquila después de tanto jaleo.
-"Bien, como siempre. Madrid está asfixiante. Me llamó tu madre y me vine con tu padre. Ya sabes como me quiere. Desde que murió Román, a veces estoy un poco sola. El chico no se puede ocupar de mí, tiene su familia y se han ido unos días al pueblo. Aunque no me bañe, aquí estoy más fresquita".
Se acordó de tantas tardes con sus padres en el campo, con Juana y su chico, de ese "respira hijo, respira" que decía convencida como si el aire de la ciudad no fuera aire. Nos hacía mucha gracia.
-"¿Has visto a la abuela? No he podido ni ir a verla" le preguntó.
-"Como siempre. El viernes estuve con ella en Conde de Súchil. Ella por las noches, al menos, se sale a la azotea y respira. Mira que lo ha pasado mal en la vida, pero ¡es tan fuerte! Está bien, le duelen los juanetes, pero está bien".
- " Las de tu generación sois tremendas", le respondió.
-"¡Qué va, hija! Aunque vivimos lo nuestro, no creas. Eran otros tiempos". Era poco locuaz. Se sorprendió al oírla un comentario. En verdad, nunca habían mantenido una conversación. " Voy a recoger el toldo". De nuevo se sentó. y tomó una sorbo de su agua con limón.
Ella conocía desde niña la enorme amistad que unía a esas dos mujeres mayores, siempre presentes, extrañamente unidas, tan distintas que, a veces, llevaron a su abuela a criticar, con cierto desenfado mordaz, su mansedumbre, tanta capacidad para aguantarlo todo en silencio, a ese marido que llegaba borracho hasta caer rendido y a ese hijo único y mal criado que la tiranizaba como un rey a su esclavo. Y ahora la dejaba sola.
-"¿Te he contado alguna vez cómo me quede embarazada del chico ya con 38 años?".
Se extrañó de su tono cordial y cercano, de que le contará algo de sí misma. Siempre tan discreta. Ella había oído contar esa vieja historia familiar muchas veces, pero nunca de su boca.
-"Fue por Jorge Negrete y la intercesión de la Virgen de Fátima. No me quedaba en cinta nunca. Tu madre era como nuestra hija. Tu abuela cuidaba de tu tía  y tu madre venía muchas veces a comer conmigo y a coser. Ya sabes las manos que tiene.  Román - no se puede ocultar-,  a veces se pasaba con los chatos y yo pensaba que un hijo le haría dejarlo".
-"¡Vaya Juana! Buena combinación, un poco extraña, ¿no? ¿Cómo fue?" siguió, mostrando un interés sincero. Nada mejor que una buena historia.
-"Era el año 48. La Virgen de Fátima llegó a Madrid. Cosas de Franco. Y se me ocurrió. Hice una promesa. Me acerque con tu madre a la procesión a la Glorieta de San Bernardo. Le pedí con todas mis ganas un nuevo embarazo y le toque le manto. 13 años buscándolo después del primero que perdí. Un hijo cambiaría a Román, estaba segura. Y a los pocos meses ya tuve mi primera falta.".
- "Juana, ¡parece un milagro!", le contestó un tanto burlona, mujer de poca Fe.
- "Los periódicos dijeron que la Virgen había hecho muchos en Madrid. El mío no salió en los papeles pero yo !me quedé!"
- "Y Jorge Negrete, ¿qué tiene que ver? ¿Os animaron las rancheras?", preguntó capciosa.
Esa mujer de ojos claros tenía una gracia particular para decir sus cosas, una retranca en la intimidad entre gallega y de madrileña cañi que ella recordaría toda la vida. Como la de su abuela: menudas lenguas para "cortar trajes" a la que se pusiera a tiro.
- "También vino a Madrid ese año el cantante. Tu madre quería verlo, como esas chicas de ahora con los que llevan melenas, y yo la acompañaba por las tardes a las puertas del Palace. Se llenaba de mujeres. Nunca lo vimos. ¿Sabes que dijo que dónde estaban los hombres en Madrid? A lo mejor eso animó a Román. Poner en duda  a los españoles, mira tú".
- "¡Qué cosas tiene Juana!". Pensó en el honor patrio que un mejicano se atrevió a poner en solfa. Pensó en aquella mujer que confió a la Fe y la testosterona para cambiar su vida. Se estaba levantando una brisa agradable. "Hoy vamos a dormir mejor".
Empezaron a llegar todos, camas por medio, doblar las toallas secas para que el relente no las humedeciera, prisas por entrar al baño, pijamas, un vaso de leche para el llorón de cada noche.
- "¿Y mañana qué comemos? Tengo unas judías verdes muy buenas", volvió a decir su madre.
Lo que menos le gustaba era que dormían en camas separadas. Pero, en unos días, eso cambiaría.


2 comentarios:

  1. Genial!!.!Enhorabuena! Me alegro un montón que dediques tiempo a hacer algo que haces tan bien. Muchas gracias por compartir y mucho ánimo para escribir muchos mas.
    JMB

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  2. Gracias Sole, por llevarme por un momento a mi infancia, a aquellos momentos felices que pasabamos. Tus "neuras" entre otras miles de cosas te han llevado a poder escribir asi. Mil gracias y mil besos

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