UN PROBLEMA DE FÍSICA
Era martes pero llegó un poco
antes.
Tenía papeleo que cerrar.
Importante: poco. Urgente: todo. Muchas firmas.
Abrió el cuaderno:
- Reunión a 4ª: informar sobre presupuestos de departamentos.
- Llamar y acordar la hora de la visita del jueves y cerrar el calendario con las de Sanidad. Revisar la estadística de la compensatoria: enviar.
- Ver lo de las humedades del patio. Revisar parte de faltas.
Había más notas apuntadas. Dejó
de leer la retahíla y se puso a firmar y le asaltaron como manchas de tinta
para sus ojos algunas faltas de ortografía. Los apartó. No lo iba a firmar sin haberlo
leído todo una vez más.
Todavía no había encendido el
ordenador y lo hizo: 10 correos pendientes. Eliminó 7. Tomó nota en el cuaderno
de las nuevas prioridades no urgentes cuando sonó el teléfono y….
-"Ya está: lo inmediato de cada martes", se dijo en voz alta. Y mientras se oía en eco pensó otra
vez: los que hablan solos esperan hablar
con dios un día - which god?-, era
como un mantra. Su fe daba para saber que no existiría nunca semejante
conversación, aunque se lo repetía todas las veces. Se hablaba en voz alta casi
a diario.
La voz familiar de la más joven
de las chicas del control sonaba cansina al otro lado de la línea, como un ¡ya empezamos!, con mucha retranca y
pocas ganas de casi todo.
- "Directora, hay una señora
en el hall que quiere hablar contigo. No nos explica mucho pero parece agobiada.
Dice que es personal".
- "Tengo una mañana
complicada".
- "Dice que tenemos un
alumno en el hospital".
- "Que hable con Jefatura si
es un tema de faltas de asistencia".
- "No. Dice que este asunto
lo tiene que tratar contigo... que tienes que saberlo primero tú".
- "Acompáñala, por favor. No
llaméis al profesor de guardia, falta un rato para el timbre. Será un asunto de
nada, diez minutos, seguro. Si tarda más en salir y no aviso, me llamáis con
cualquier excusa. No puedo perder la clase de hoy. Se me echa el curso encima".
La experiencia encendió todas sus
alarmas. Abrió de nuevo el cuaderno.
- 15 de marzo: visita madre.
Entro en el despacho una mujer
menuda, de edad media, indefinida, con marcadas ojeras. Desprendía un agradable
olor aseado.
- "Buenos días. Soy María
Santos Peña, la directora del centro. Siéntese y me cuenta".
- "Buenos días, señora. Me
llamo Carmen Portolés y soy la tía de Javier Vázquez Portolés. Es alumno de la
FP para mayores que enseñan aquí."
- "Perdóneme. Déme más
datos. No conozco a todos los alumnos, sobre todo a los del ciclo superior. La
mayoría de ellos no estaban aquí en cursos anteriores. Vienen de fuera".
Repasó mentalmente a los que conocía. No le sonaba nada ese nombre.
- "Sí, señora. Javier es de
un pueblo de Toledo y vive conmigo. Vino a estudiar electricidad e informática
pero los sábados se marcha con sus padres. Como yo vivo aquí cerca, nos
apañamos y a él le viene bien."
- "Cuénteme. ¿Qué sucede?".
Puso en marcha toda su aprendizaje significativo en el tema ”atención a
padres”.
- "Poco puedo contarle. Vengo
a ver si usted sabe algo más. Ayer me llamaron desde el hospital de aquí abajo,
el de la Seguridad Social. Javier había entrado por urgencias solo, acompañado con
otro chico mayor que se fue cuando le atendieron dentro. Serían un poco menos
de las doce de la mañana, me explicaron los que me avisaron. El mismo Javier les
escribió el móvil donde me tenían que llamar. Tenía la boca rota por todos los
lados y no podía hablar. Rota la mandíbula. No sé cómo llegó hasta allí con
conocimiento porque le tuvieron que operar de urgencias. El que me avisó me
dijo que tenía la parte de abajo de la boca partida por tres sitios. Como tenía
mucho dolor, lo han dormido todo el tiempo. Ha estado en la UVI toda la noche. Y
no sé nada más. Como fue en las horas
que él está en clase, he venido por si usted sabía algo de lo que había pasado".
Tomó aire y anotó el nombre y palabras que le parecían
clave.
-"Espere un momento".. Ya
sabía: intempestivo y con mayores igual a muy importante. "¿Está usted
segura de que sucedió el accidente aquí en el centro? Ya sabe que los chicos mayores de edad salen en el recreo a fumar
fuera de la valla, a la rotonda. No se
lo podemos prohibir... Y, a veces, no vuelven a entrar".
- "No lo sabía. Por eso
estoy aquí".
Otra vez tiró de instinto de
despacho: evitar los dramatismos y sus dramturgias.
- "Bueno Carmen, déjeme
investigar un poco y averiguar algo más. No tengo noticia de que haya sucedido
ningún altercado en el día de ayer. Ahora lo importante es que usted se vaya
con Javier. Yo le avisó cuando sepa algo más. Creo que después debería ir a la
comisaría y contar lo que sabe tanto si la agresión ha sido aquí o fuera. Yo
también lo haré en cuanto tenga algún
dato más. Voy a preguntar a los compañeros de clase y al tutor. Déjeme su
teléfono. Cuando despierte Javier, dígamelo por favor. Ya verá como todo se
aclara y él sale muy bien de todo esto. Nos vemos. Yo le llamo pronto".
Acompañó a la señora hasta el
vestíbulo y, de inmediato, se dirigió a la Conserjería.
Les relató escuetamente lo que
había pasado que escucharon con cierta cara de incredulidad.
- "Parece, por la hora, que
pasó en el descanso. ¿No notasteis nada vosotras? ¿Quién estaba vigilando aquí?
¿Quién estaba de guardia de recreo?".
Ninguna contestó.
Por fin, la más mayor la miró
directamente y se atrevió a hablar.
- "Ya sabes cómo se pone la entrada.
Y además el teléfono, los profesores pidiendo fotocopias, los dos edificios,
los niños y sus cosas, los balones... Somos pocas... ya te lo hemos dicho
muchas veces y no podemos estar en todos los sitios a la vez".
- "De momento, vamos a dejar
eso. Por favor, ahora subid al taller y llamad al tutor. Es muy urgente que
baje al despacho y que le cubra el de guardia. Y por cierto, avisad al otro que
estará en la sala de profesores. Otra vez me tiene que sustituir. En el B".
Volvió al despacho y preparó lo
que iba a entregar a sus alumnos para trabajar durante su clase. Informó a su
sustituto y le entregó el material. "Diles que subiré en cuanto
pueda".
También llamó al Jefe de Estudios,
que acababa de llegar. Él tampoco sabía nada. El Secretario llegó al momento.
Nadie tenía noticias de nada.
Y entró el tutor con cara de
extrañeza y cierto malhumor, en guardia, con evidente recelo.
- "¿Qué pasa? Tengo a los
chicos solos trabajando en el taller ¿No podías esperar".
A esto no le contestó y, por
cuarta vez, le repitió el relato, que cada vez sonaba más inverosímil y absurdo,
un poco como una ficción de andar por casa ¿Cómo era posible? ¿Nadie había
visto nada? Peor: ¿cómo nadie había dicho nada? Seguro que no pasó en el
centro, le repetía su yo reptiliano. No podía ser.
- "¿Javier Vázquez Portolés
es tu alumno?"
- "Sí, claro. Un chico
tímido y menudo. Parece más joven pero ya tiene 20 años. Viene de fuera a
estudiar, desde un pueblo de Toledo. No es mal alumno, hizo bachillerato. Solo
te puedo contar que ayer tuve clase con ellos las tres últimas y no estaba. A
veces llega un poco tarde. Sobre todo, algunos lunes falta. Al final de la 3ª
hora, un grupo de ellos, dos o tres, después de acabar la tarea, me pidieron
salir un poco antes. Tenían un amigo en el hospital y querían visitarle. No
explicaron nada más y no lo relacioné con Javier. Ya le había avisado en varias
ocasiones que no podía faltar tanto. En
el parte de clase de después del descanso figura la ausencia. Míralo. Deje
marchar a todos un poco antes de todos modos. Tantas horas seguidas.... Ya
sabes, son muy mayores. Bueno, no sé más. Me vuelvo a clase y en el cambio
hablo con ellos y ya te cuento. Y te traigo el parte de las clases anteriores".
Parecía imposible. No podía haber
sucedido algo tan grave dentro del centro, se repetía una y otra vez. Y sin
dejar rastro. Ni siquiera en la puerta. Seguro que fue una pelea en la calle:
le parecía lo más lógico. Aún así, ¿nada entre cientos de posibles testigos?:
imposible. Nadie dijo nada a nadie. Nadie sabía nada. Era imposible. En el
centro las noticias vuelan y llegan siempre, ella lo sabía bien. Y encima con
los malditos móviles y sus wassapitos. Imposible.
Subió corriendo a su clase y,
aunque desconcertada, logró explicar una parte de los ejercicios que había
puesto el día anterior. Marcó nueva tarea: había que comerse el programa. Pero no pudo contenerse. Ellos también eran de
los mayores y solían salir a la entrada de la rotonda. Les preguntó. Nadie sabía nada. Nadie decía
nada. Nadie vio nada.
Terminó y llamó a la Inspección:
tenía que informar inmediatamente. Sentía clara la gravedad del asunto y sus
posibles consecuencias. Si el asunto sucedió dentro del recinto, se complicaría
aún más.
Volvió el tutor y, ahora sí, ya sabía
algo más. Sí, un compañero mayor había llevado a Javier al hospital en su coche,
le contó un poco sorprendido de su propio desconocimiento. Le vio caído en el
suelo del porche de la entrada de la calle, rodeado de chicos que no hacían
nada. Estaba sangrando por la boca y ellos solo miraban. Él salía solo a fumar
a la calle cuando vio el grupo y reconoció a Javier. El chico casi no podía
hablar, estaba conmocionado. Ni preguntó a los demás qué le había pasado. Le
ayudó y le montó en su coche. Lo
cogieron rápidamente en urgencias. Él dijo su nombre y fue el mismo Javier el que señaló el móvil al
que tenían que llamar. Es de los más mayores en clase y, efectivamente, se
incorporó un poco tarde. Dijo que tenía que resolver un asunto personal, entro
a 4ª hora, está todo en el parte. Ella lo podía comprobar.
Y lo hizo: en los partes de las
clases de antes del descanso, Javier no figuraba como ausente: él estaba en el
instituto.
Nadie vio nada. Nadie sabia nada,
como en esos pueblos calabreses de novelas policiacas pero en los alrededores
de Madrid, una ley Omerta en el
cinturón de la M-30. Ya no le cabía duda: lo tenía que denunciar en
comisaría.
Como se había comprometido, llamó
a Carmen, que le comunicó que Javier ya estaba fuera de peligro pero muy dormido.
Ella le informó también de lo que había averiguado y de que sería el propio
centro el que denunciaría en la comisaría. No había tiempo que perder, consciente
de que el tiempo y la gestión urgente le evitaría males mayores. Pero dejó un
encargo a todos, una orden manu militari:
los profesores debían preguntar en sus clases, "en todas", si alguien había visto algo, si había testigos. Alguno
sabría algo más.
La mañana transcurría tranquila
en la comisaria del barrio. Le venía bien al agente Santiesteban que, como
siempre, tenía informes atrasados. Pasadas las doce, hora del tercer café, se
presentó ante su mesa una mujer acompañada de un hombre más joven. No parecían
gente del barrio, no le resultaban familiares pero no se hizo ninguna
conjetura. Él sabía como no imaginar nada. De momento.
Venían a poner una denuncia sobre
una agresión y el comisario jefe les dirigió hacía su mesa.
- "Buenos días, dígame. Soy
el subcomisario Santiesteban", se presentó con corrección casi de
ventanilla burocrática.
- "Buenos días. Somos la
directora y el secretario del instituto público del Camino del Cementerio. Venimos
a comunicar la agresión que ha sufrido un alumno nuestro y del que la familia
nos ha informado. Fue en horas de clase, durante el descanso. Hacía las once de
la mañana de ayer. Desconocemos quién ha sido el agresor, si es un alumno del
centro o no. El chico agredido está en el hospital recién operado y no puede
hablar." - Santiesteban transcribió lo que le iban contando.- "Hemos
preguntado a los compañeros y profesores pero, de momento, nadie sabe nada de
cómo y porqué paso. Es como si no hubiera pasado."
- "Entonces, en el colegio
¿nadie sabe nada? ¿Nadie ha denunciado nada? ¿Tiene algún dato más que nos
ayude a encontrar al agresor?
- "No. Cuando esta mañana se
presentó la tía del chico, con la que vive, en el instituto - lo enfatizó - , hablamos con el tutor que tampoco
sabía nada y los compañeros no le habían dicho nada. Luego hemos sido capaces
de saber cómo llegó al hospital pero poco más".
-"¿Porqué no ha venido la
tía aún?".
- "Lo ignoramos pero imagino
que vendrá. Estará en el hospital".
- "Entonces ¿No saben
ustedes todavía lo que pudo pasar y porqué allí?"
- "No. Están investigando
algo más los compañeros en todas las clases aunque estamos extrañados porque
ayer nadie comentó ningún incidente lo largo de la mañana. Nadie vino a
quejarse de nada. El personal de conserjería de la entrada dice que no ellas vieron
nada, ningún alumno se acercó para nada especial o nadie les contó nada. Es raro, la verdad.
Incluso le diría que el día fue muy tranquilo y normal, extrañamente relajado
para un centro tan enorme. Tenemos casi mil alumnos. Después de mucho
preguntar, solo hemos conseguido saber que le hirieron y cómo llegó al hospital".
Mientras que la directora le iba
contando estos hechos, él escribía en su viejo ordenador. Le dio a imprimir y ella
firmó.
- "Vuelvan ustedes al centro
para ver si consiguen algo más de información sobre cómo fueron los hechos.
Nosotros mandaremos..., bueno, mejor, iré yo
mismo para ver si nos enteramos de algo más sobre lo que pasó".
Se quedó pensativo cunado se
marcharon. Algo le extraño: nadie había dicho nada. ¿Nadie?, ¿nada?, ¿con una
agresión tan grave?
Cuando volvieron al centro, el
asunto ya estaba en boca de todos. Ahora sí: el hormiguero se había puesto en
movimiento.
Bajó de nuevo el tutor y reiteró
lo que ya le había contado. Definitivamente, fue en el recreo y dentro del
centro, en las escaleras de la entrada principal. O sea: cientos de ojos televidentes
pero ciegos.
Todo parecía irreal, de reality.
Ella volvió a preguntar en
conserjería. Nada y nadie, otra vez. No sabían más que la versión que corría
como un buen rumor de pueblo.
En el segundo recreo, un alumno
más pequeño llamó a su puerta de una forma apremiante, casi insolente.
- "Dime", le contestó
extrañada. Estaba demasiado concentrada en apuntar lo hecho: esto acabaría en
informe a las autoridades educativas. No
podía faltar detalle.
-
"Soy de 3º B pero no quiero que me pregunten más cuando le cuente
lo que sé" le espetó casi
rabioso el chico. Le había visto por los pasillos. "No quiero tener líos. Yo
sólo vi que uno que conocemos del barrio pegaba a otro chico mayor en la
entrada. Una patada enorme. Iba con otros tres. Yo estaba con los colegas un
poco más abajo. Todos le conocemos y sabemos cómo las gasta. Fue casi en la
puerta, junto a los cristales".
- "¿Porqué no habéis dicho
nada al tutor o a cualquier profesor? ¿Porqué no dijisteis nada en conserjería?"
Seguía admirada del silencio colectivo.
- "Uno mayor lo cogió y se
lo llevó en su coche. Con el follón,
nadie se aclaraba. Nos subimos tranquilos a clase. No sé por qué pasó. Yo
estaba a lo mío. Sonó el timbre y todos subimos deprisa."
- "Va a venir ahora la
policía. Te llamaré", le retuvo ella cuando notó que hacía el ademán de salir
corriendo.
- "¿Por qué? Se lo puede
contar usted. Yo ya le he dicho lo que sé y no he tenido nada que ver".
- "No te preocupes. Solo te
harán alguna pregunta".le calmó.
- "Yo no sé más y no voy a
decir más." le contestó con la puerta ya abierta.
No tenía tiempo que perder.
Alguien más habría visto algo. Había que recopilar la información de todas las
clases. Demasiados testigos silenciosos. Demasiados vigilantes ciegos. Y nadie
había tenido nada que ver y, aún así, ella sintió que de nuevo había recuperado
el control.
Cuando llegó el policía, ya tenían
todos los datos. Ellos harían su trabajo y
buscarían al agresor. Estaba localizado
y le conocían bien: era del barrio, menor y tenía una ficha bien llena:
trabajo rutinario. Ellos llamarían a la familia. Ellos se encargarían de todo.
Un historia demasiado sencilla: Javier
salió tranquilo y solo al porche como en cada recreo y le vio venir. Como le
vieron todos los demás. Los tres se habían colado como otros días, con la
impunidad de la masa. Buscaba a su novia en una clase y parecía uno más entre
tantos, con sus colegas. Todos le vieron pero ninguno le miró. Solo Javier se
atrevió a fijar la mirada: botas de cuero negro con punta reforzada, cazadora
con dibujos, pequeño pero muy estirado. Un pintón
que quería parecerlo aún más.
- "¿Tú qué miras, mono?”, dijo
a cruzarse con él, rozándole el brazo intencionadamente.
- " Tu cara", respondió
Javier. Él tenía ganas y el colega se lo estaba poniendo muy fácil.
Y sin más: patada de kárate en la
boca, de gim para los mazas a lo bruce lee.
Todos mirando sin ver. Todos
quietos. Todos callados. A mí, no. Disciplina del miedo. Colaboradores mudos.
Perfectos gamers de una realidad de play.
Un chico mayor le había recogido
del escalón y lo llevó en su coche. Problema resuelto.
Todos tranquilos. Ni sangre en el
suelo. No había pasado nada. Nadie había visto nada. Y sonó el timbre: la
campana, fin del round. Había que volver al otro orden, al de dentro, al de los
otros. Despacio.
No había que comentar nada. Nadie
sabía nada. Nadie diría nada.
Y nadie los vio marcharse. . .
Pero todo los sabían: era él, el jefe de todos ahora, el puto amo, el boss del
barrio, el que siempre está aunque cambie de cara y de nombre.
Al mes volvió Javier con su bozal
de hierros sujeto al cuello, pura ortopedia. La directora le recibió en su
despacho y él no le reprochó nada. Ya había pasado. Ella no era responsable,
fue su culpa por mirar, por desconocer las reglas.
-"Nadie tuvo la culpa. Yo
sólo le vi, como muchos pero yo le miré. Y me arreó fuerte con la punta
metálica de la bota.", le dijo con una forma de hablar entrecortada.
Javier no volvió al despacho de
ella nunca más. No hizo más ruido, no se hizo notar. Y acabó su curso con todo
aprobado. Sería un buen electricista en su pueblo donde montó una tienda de
informática para arreglar ordenadores. Su mirada ya había aprendido a adaptarse
a cada pantalla, a cada programa.
Tampoco nadie del profesorado
tuvo que testificar en el juicio. Eran innecesarios sus relatos llenos de ausencias
y desconocimientos. Ya estaban las declaraciones que consiguió Santiesteban
entre tanto testigo mudo y las de ese mismo matón de barrio, menor y muy seguro
dominar de las reglas imperantes en su territorio.
La directora nunca había visto nada,
nunca le habían dicho nada, nadie pareció saber nada. Ni siquiera Carmen Portolés
volvió a visitarla. No tenía porqué aplicar normativas de convivencia donde no
había pasado nada, no se necesitaban protocolos, mediaciones o agentes-tutores.
No se puede abrir expediente a testigos mudos, o sancionar por no mirar, no
oír, callar. El silencio no pasaba de ser una colaboración necesaria. Como el
miedo.
Es el efecto de las nuevas aportaciones
de las leyes de la física, la de universos no convergentes, de verdades
paralelas en infinitas cuerdas: infinitas dimensiones ocultas en un diminuto
espacio compacto.
En los paraísos, las hormigas
tienen código. No molestan a las abejas.