UN ASUNTO PENDIENTE
Era como el camarote de los
hermanos Marx multiplicado por infinito, en Technicolor, y CinemaScope. Cientos
de camarotes en pasillos infinitos. Todos exactamente igual de llenos.
Ella lo sabía sin entrar, sin tener que asomarse. Ella sabía lo que buscaba y sabía que lo iba a encontrar. No tenía que preguntar en cada puerta.
Un barco que navegaba sobre
tierra, como en el anuncio, hacia un sol, bien redondo y brillante, que se
ocultaba en el horizonte pero sin desaparecer, estático, óleo hiperrealista.
Había gente, mucha gente, en grupos grandes o pequeños, solos o de parejas, en
diversas habitaciones unidas por puertas interiores o independientes, unos amontonados,
otros dándose revolcones, aquellos hablando, comiendo y bebiendo, algunos como lapas - nueva creación de eufemismo
cinematográfico- de dos en dos, boca con boca, vientre con vientre; otros aparecían
en un rincón durmiendo, riendo, acomodándose en grandes sillones. Unas salas,
de pronto, surgían desordenadas y otras con lechos perfectamente dispuestos con
sábanas satinadas de color chocolate, 80% de puro cacao. Incluso, mientras
buscaba, llegó a tropezar con algún niño corriendo por los pasillos, detrás de
otros de diversas edades - ¡a que no me coges!, ¡eso es mío!, ¡ a que se lo
digo a mi madre! -, divertidos y ajenos a lo que sucedía tras esas puertas que
veían medio entornadas o cerradas con llave, en un enorme parque de atracciones
sin peligro alguno.
Todo parecía un crucero multiaventura
en un Arca de Noé de diez pisos, lleno de todas las especies imaginables en un
atlas humano, una Arcadia feliz con piscinas azules y verdes, saladas y dulces,
jacuzzis burbujeantes, en praderas de césped artificial con cascadas de chorros
arco iris de agua de varias temperaturas y con toboganes multi-ruta; un Jardín
de las Delicias flotante, con aire acondicionado y wifi en todos los rincones.
Y dentro de este fenomenal caos,
no sólo ella buscaba como guiada por una brújula que tiraba de sus pies inconsciente. Como ella,
varios andaban preguntando con ansiedad por una persona y por otra, con una
extraña alegría en la cara, como arrobados, místicos, medio atontados, zombies
vivientes y sonrientes, lustre de juventud, sonrisas de los mil dólares, por natura
o de brackets semitransparentes.
Ella era uno de ellos, se confundía entre
ellos.
Sabía que, antes o después, lo
iba a encontrar. No era una cuestión de esperanza, solo pura certeza
determinada. De los muchos a los que preguntó, encontró a una buena docena bien
dispuestos al acoplamiento, a una descarga eléctrica rápida y urgente, más o
menos profunda, más o menos intensa, más o menos satisfactoria - una buena
descripción tiene, al menos, tres adjetivos-.
Sentía las ansias puras por
dentro ardiéndole en lo más hondo. Pero podía y sabía esperar, sin soluciones
de urgencia. Sabía que tenía que esperar, hallarlo primero y, sin tener que hablar,
resolver de una vez.
Se le juntaba en la entraña una
llama de amor viva en una noche oscura, con unas ganas de entrar sin saber
dónde para quedarse y romper, de una vez, la tela que había separado demasiado
tiempo el encuentro. Total, que notaba que vivía sin vivir en ella y le urgía
resolución definitiva. Poca santidad y mucho encelamiento.
Pero se detuvo un momento. Le
sorprendieron las altas estanterías que cubrían las paredes de la tercera zona
común con un enorme ventanal a la proa, como una gran biblioteca o como una
sala de museo de Natural Sciences del siglo XIX, llena de objetos agrupados en
extrañas colecciones.
Pequeños animales exóticos disecados,
como juguetes de chino a euro diez en una balda del escaparate, cubiertos de lo
que parecía un falso pelaje muy logrado: no le interesaron.
Juguetes de dudoso plástico para realizar las más variadas construcciones, piezas de lego combinables con las de Exin Castillos y pequeños mecanos: se paró atenta recordando su poca pericia para montar algo que superara el carro de cuatro ruedas.
Todos los utensilios culinarios imaginables para el buen guiso tradicional dereconstruido: ni siquiera usó nunca la olla express, le sobraba con una buena batería de tres piezas y sus correspondientes tres sartenes. Pasó rápida.
Marcos de fotos de todos los
materiales naturales y biotecnológicos, desde la finísima plata y la madera
vulgar pintada de rojo, al cilindró multi-imagén programable, con caras
reconocidas, amables, intemporales, queridas u olvidadas, instantáneas del
mejor momento de cada uno de ellos: se detuvo un buen rato y, cuando nadie la
observaba, sacó de su marco algo más de una docena que guardó con cuidado en un
bolsillo interior de la chaqueta. Bueno, quizás eran alguna más de veinte. Las
tocó con suavidad, constatando su consistencia.
Una curiosa colección de lo que
parecían exvotos de santo milagrero,
figuritas talladas en fino ébano lustrado: máscaras, brazos y piernas,
diminutos corazones, algunos medio partidos por un rayo invisible, torsos
masculinos sin cabeza ni brazos, cortados donde la espalda pierde su buen
nombre, pechos de mujer de diferentes tamaños y formas, libres o revelados, belleza
sin atisbo de pornografía, y varias, muchas, cabezas de niños de todas edades y
sexos: quedó fascinada. Volvería después del encuentro y elegiría con
tranquilidad para algún estante de su casa.
Libros desde 10 a mil páginas o más, en
piel de vacuno o de Austral, ilustrados de fanzine
o con lupa incorporada, miniados o con fotos en blanco y negro, prosa, verso,
darmaturgía. No había ningún e-book. Abrió algunos, varios títulos conocidos,
otras viejas asignaturas pendientes, demasiados autoayudas. Otros que no
querría hojear ni regalados, títulos atrayentes o de tesis doctoral: sin duda,
logrado lo principal, tendría que regresar.
Ya salía por la puerta trasera
cuando vio a lo lejos una cara conocida. De ella, pero también de él. Sorteando
gente, sillas y cachivaches, lo alcanzó. ¿Le has visto? Fue directa. Sí, está
en el segundo piso, camarote 34.
Ha venido con su familia y unos amigos. Sube. Te espera,
lo sé. Respuesta eficaz.
Abrió la puerta y lo vio al
fondo. Charlaba amigablemente mientras colocaba la ropa de la maleta en el
armario. Ella parecía transparente para todos los demás. Nadie la percibía. Él
se giró un poco y sus miradas coincidieron.
Su hija le tiraba de la chaqueta reclamando su atención. Se volvió a su
mujer y pidió que atendiera a la niña sólo un rato. Él volvería pronto, antes
de la hora en que abría el catering para cenar. Ella asintió sin preguntar,
indiferente. No te preocupes, búscanos luego. Y siguió colocando las cosas de
aseo. No obstante, él le explicó. Tengo que resolver un asunto con urgencia.
Se dirigió a la puerta, hacia ella, con tranquilidad. Agarró fuerte su mano. Vámonos.
En el pasillo, la besó
suavemente, sin miedo y sin culpa. Como otras veces.
Caminaron por los interminables
pasillos buscando un rincón silencioso donde meterse. Un silencio bien pactado
sin mediar acuerdo previo, acompasaba sus pasos y el descarte unánime, con una
simple mirada, de los pocos espacios libres dispuestos que no se acomodaban a
sus necesidades, a sus urgencias.
Bajaron varios pisos, casi hasta
la bodega. Llegaron al parking, llenos de tres filas interminables de coches,
camiones y furgonetas. Juntas las manos, caminando entre medias, uno detrás del
otro, chocando con los retrovisores, alcanzaron a ver un hueco más amplio,
espacio inaudito en aquel batallón móvil inmovilizado en perfectas líneas
paralelas, tortuga de legión romana. Era el sitio.
Ambos sabían lo que debían hacer
y lo hicieron despacio. Tantas veces deseado, tantas veces ensayado - no, un
ensueño - que, como danza sincronizada, iba a salir perfecto. Breve pero sin
tiempo, intenso pero líquido, directo pero suave, urgente pero meditado,
tumultuoso pero callado, con ojos abiertos y ciegos, aspiración por asfixia de
recién nacido. Los dos pensaron y los dos callaron: por fin, todo está bien
hecho, todo ajustado, todo cabal, todo como debía ser. Ellos no necesitaban
fuegos artificiales ni estrellitas de colores. Solo fue necesario zanjar el
asunto. Nada más y por fin. Nunca más. Para siempre.
Volvieron por dónde habían
venido. Tardaron lo justo para llegar a cenar. Se despidieron con una gran
sonrisa y un abrazo franco que latía con dos cronómetros de alta precisión, él tan grande y ella tan
menuda a su lado. Tic, tic. Paró el reloj. Ya es la hora.