martes, 16 de mayo de 2017

"Voláre, voláre, voláre"

BARCAS

Mi abuela tejía los calcetines a ganchillo. Eran preciosos aunque quizás el polvo del tiempo los suaviza  y ablanda sus arrugas. Seguro, me molestaban los zapatos porque el hilo de algodón, con caracolas y puntos largos, crecía un número. Como la rebeca de angorina: otra vez la abuela y sus primorosas labores. Como la colcha que hoy doblé en mi cama. Mi madre había cosido el vestido, y otro más, y otro más, por si me manchaba. Íbamos al pueblo de mi padre. Bueno, la verdad, era La Mancha de mi madre. Ella creció allí aunque parecía ajena. Él, mi padre, era de otro lado, un hermano de cada sitio, que la juventud herra mucho y uno siempre termina por ser de dónde elige. Así se forjan las patrias. Total que iba a las fiestas de septiembre, las importantes, la Virgen. A la casa de mi abuelo, que parecía suya y que nunca lo fue. Estaba en los soportales de la plaza, en todo el centro. Donde se ponía la feria. Tachum-tachum.
Olía a churros de la mañana a la noche. ¡Porque las patatas fritas del medio día mantienen olor a churros!. Los puestos de chuches  - para mis hijos -  estaban entre los soportales. Me parecía que lejos. Vendían de todo, pulseras de cuentas, anillos falsos, pendientes de colores. Y regaliz. Sin accesorios para el móvil, los bolsitos eran pequeños y de plástico con olor a coche nuevo, ajenos a made in Hong Kong. En el centro del empedrado los carricoches, los caballitos, la gran noria y mis preferidas, las barcas. Porque me gustaban mucho. Más fuerte, más fuerte, envite, envite, que se muevan las faldas. Un día me di la vuelta, volé cabeza abajo: vértigo prohibido a mis hijos. Mito y sueño: lo más, la horizontal.
Total que con zapatos apretados, mi vestido de piqué y una libertad que no daba la glorieta del metro, salía a la calle. A pasear hasta las dos, ¡todos a la mesa! Podía ir de casa en casa, buscando a amigos que no he vuelto a ver, comiendo pipas saladas y mantecados para invitar, eligiendo lo que rogar hasta la extenuación de  hartura de una tía que lo escamoteaba. “Esta tarde te lo compró” “¿por qué no ahora?” “Marisol, cállate o te doy”.”Anda, tía”. “A la tarde, jodía niña”. Mis padres salían a tomar una cerveza con gambas y allí estaba yo, patatas fritas y una naranjada de botella redonda, gordita, mirinda. Y sin ganas de comer. Era mamá la que guisaba y me mandaba a la siesta. Mentira: no me gusta dormir cuando el día brilla. Y otro vestido para la tarde hasta que pasara la procesión. Imponía, era guapa, de blanco y oro en su gran corona y tenía que callarme, yo que ni bajo el agua tengo silencio. Mi madre: siempre tan guapa, mis hermanos: estúpidos, mi padre: Glend Ford y mi tía: buscando novio. Por fin, estaban en mi territorio, algo me compraban, a los caballitos como una pequeña, con el llorón, los coches de choque aguantando a la fitipaldi de la segunda que ahora tiene miedo a conducir. Y a volar a las barcas, una vez, y sólo otra vez más. El bocata para cenar, cómete la fruta y vamos a los fuegos. El llorón seguía llorando, nunca le gustaron los castillos artificiales, le tapaban la cabeza, con el rabo entre las patas como siglos después gemía mi perra. Y a dormir agotada.

TERNERAS

Ya llegó: 16 años y una pandilla. Vaya fastidio madrugar para ver el encierro de los toros. La Virgen de Agosto. Ella y yo salíamos juntas de casa. 6 de la mañana. A diez pasos, cuesta arriba, ya lo sabía: “Cállate, que voy a correrlos”. “Ten cuidado”, le decía. “No te pienso ayudar como mamá se enteré”. Era la mayor. “Déjame en paz, en mí no mandas” y salía corriendo, la canija. Hacía fresco en las mañanas de la sierra madrileña, agosto cruzaba la mediana y a la piscina le quedaba poco para el verdín. Los esperaba en la plaza sentada con las amigas: la panda. Ellos, veraneantes de fiestas y tienda de campaña, estaban por llegar, apelotonados. El Toro del Aguardiente, entre troncos de burladero, sin leyes de protección urbana. “¡Cuidado, Bravo; salta Pedro; Conchi que te veo! Ya verás “. Nunca de acusica, un secreto a voces oculto para seguir como la buena, la mayor responsable, destino para toda una vida de pelusa compartida. Luego piscina, salto desde el trampolín y música de los Beach Boys. Cada día un pantalón nuevo, de los que en rebajas podía comprar sola, minifaldas a lo Massiel, y guateque en casa del Juli. Había procesión pero no me enteraba. ¿Cómo lograban ellas que él les hiciera caso? El cuerpo me había explotado y a las otras también, pero menos. Tiernas terneras. Me pareció mucho pero tardó poco tiempo en ser una ventaja: siempre te llega un día en que eres la reina - si te lo dejan creer -. Más patatas fritas y Adamo con cubata. Me gustaba el baile, porque era volar, girar en el aire para buscar unos ojos que  miraban a otra. Una noche me enfade. “Ven conmigo”. Y me besó. Años después descubrí porqué. Me dio asco y él también se enfadó su tanto, macho herido. Era mi sueño pero no mi tipo. A la noche a los fuegos con manta para el relente serrano. El último castillo era un trapo con la efigie de la patrona y el himno nacional. Chunda-chunda. Mi hermano se metía debajo de las tablas y ella, la canija, se escapaba al ruedo para que las chispas quemaran su camiseta. Ya no la veía, eran mejor los otros, como novillos.

 Y VOLANTES


Aunque no eres de la tierra me apetecía ponerme el traje de volantes, sin disfraz. Un dineral gastado en su hija que, ¡buena amiga!, me dejó pasear cuando los años y los partos y la eterna dieta aún lo permitían. 12 kilos de bata de lunares amarillos, peinetas, y una falda que volaba. La mayor no me dejaba en paz y la pequeña se podía dormir en cualquier rincón. Pero una luna de agosto en la costa de este lado de África, pasando de procesión, agotada de recorrer la feria, mareada de subir a la lanzadera, de la casa de los horrores, de “mamá, cómprame, mamá dame, mamá quiero, mamá me aburro, mamá me canso”, era el sueño realizado del envite. El traje era perfecto; mi sueldo pagaba el chorizo frito; cuidaba de los que elegí cuidar; la Virgen era de otros, del otro bando; lograba sortear el toro diario; y bailaba en sus brazos. Después de los fuegos. De nuevo, oí la voz de su abuela, desde muy adentro: "Es lo que hay". Giré, como en la barca, ternera morucha, aunque fuera sólo otra vez.

4 comentarios:

  1. Cuantos recuerdos.
    Papá se estará riendo mucho y a sus ojos "chirla" asomará alguna lágrima de emoción.
    Gracias por ser MI MEMORIA.

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  2. Cuantos recuerdos.
    Papá se estará riendo mucho y a sus ojos "chirla" asomará alguna lágrima de emoción.
    Gracias por ser MI MEMORIA.

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  3. Encantador......cuántas cosas buenas....

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  4. Me ha llevado a otros tiempos. Deliciosa prosa costumbrista. Un placer para los sentidos.

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