jueves, 25 de octubre de 2018


DOBLE ARO




Estaba harta de los preparativos: tarjetas de invitación para los habituales de casa y para los que conocían la feliz idea de primera mano, para los que aparecían sin llamar, para sus hijos con los eternos adolescentes de nueras y yernos, y para los arrimados de siempre; harta del control de regalos, cual apunte mercantil, que estaban obligados a hacer, libremente, eso sí, ya confirmada la asistencia, los conciliados al evento, con sus pesadísimos "¿qué queréis?,¿qué os apetece?" y que no sabía ni dónde iba a colocar.
Ya no soportaba volver ni una vez más al restaurante elegido para disfrutar de las pruebas de menú y su amplia variedad gastronómica: cenas o brunch - seguían sin determinar la hora exacta del asunto -, casero y tradicional, de platos fríos o calientes, o muy fríos y muy calientes, más contundente que mera degustación o carta estrecha y larga, muy a lo master chef o según el mercado del día inspirará al cocinero. Había saturado su criterio para identificar ese sitio especial para un día especial.
¿Y de la elección del traje? Mejor no hablar. El suyo, el de él, el de los de mamá ¿qué me pongo? como hacían a los cinco años, el de ¿nos ponemos todas las de casa iguales o, al menos, del mismo color? Sería entrañable, cuando ya han pasado lustros desde la última vez que le permitieron comprar un pijama para nadie sin su autorización directa. Y ahora le venían, encima, con la ropa de los niños. ¿Los llevamos muy formales o informales para que disfruten más? Por no hablar de esa idea brillante de su hijo pequeño: ¿no les vamos a regalar un detalle a los invitados para el recuerdo? pero le impuso, ya sabes mamá: de 3b, made in salario de mierda y con toque sostenible.
Ya no le importaba nada dónde iban a dormir los que venían de fuera. Sacó el asunto de su negociado: que los organice él.
Pero sí lo fue y acababa de confirmar la reserva en el hotel más cercano.
Y, para remate, la última preocupación que le habían endosado: ¿quién iba a conducir la ceremonia? Esa fue la pregunta del millón que, en la fase final de la organización, se le ocurrió soltar a él, el renovio, el coprotagonista.
Buscar a un amigo con valor suficiente para largarse un speak edulcorado y levemente trufado, cual brioche blandito, de anécdotas tiernas, que nos representen, que parezcan reality, pinceladas auténticas de su vida en común, se le ocurrió decir (habla claro, hombre, y no des más vueltas: que brote la lágrima de tu entregado público) eso, sin duda, podía resultar lo más difícil de conseguir. Ni el verborreico, su eterno amigo de la infancia, de él claro, se mostró al principio predispuesto para aceptar tal honor. Aunque era una apuesta segura: a la segunda intentona, se lo aceptó.
No lograba entenderse a sí misma.
Abrió el cesto de la ropa sucia y empezó a hurgar en su interior.
 ¿Por qué les habría permitido llegar hasta ahí con esa idea, tan descabellada como hinchada de emociones enlatadas, y seguía preparándolo todo para recelebrar una boda de hace veinticinco años con otra? Como si aquella no hubiera sido suficiente, ¡y con lo bien que salió! 
Hizo dos montones: ropa clara y de color.
Pero mucho menos, aún, lograba entenderle a él.
Resultaba inverosímil que él, su marido, el mismo iconoclasta de todo como religión, él, el último antisistema por obligación, él, ese mismo, el que predicaba, con cinco lustros menos, sobre un matrimonio invento burgués contranatura, el que pasó por la vicaría por no soportar un conflicto familiar de repercusiones bíblicas, - Apocalipsis atómico y emulsionando en forma queja de angustiadas madre y futura suegra - él, sí, el mismo, estaba entusiasmado con la idea. Y, como siempre, tras más de veinticinco años juntos, reconoció que la había sorprendido.
Ahí estaba ella, se dijo casi en voz baja, mientras comenzaba cargar la lavadora de ropa clara, enredada entre sus pensamientos cabreados y bipolares, porque parecía que todo estaba ya acordado pero todo tenía, todavía, demasiadas cosas si cerrar.
Metió la mano en el tambor, separando las prendas para que no salieran muy arrugadas.
Con él, con su entusiasmado próximo remarido, había vivido, apenas tres días antes,  una gloriosa bronca conyugal con los matices de siempre, de esas que resuenan por el patio de vecinos y que la reafirmaban en una idea que, pese a tantos años de convivencia, con sus momentos mejores y peores, como todos los matrimonios, no lograba matizar: Eduardo no la quería. O, al menos, no la quería lo bastante. O mejor, no la quería como ella necesitaba. En definitiva, nunca la quiso de verdad. Sí, aunque fuera el mismo Eduardo que, un rato antes cuando tomaban el café, le dijo que aguardaba con emoción poder abrir, agarrado a su cintura, el baile renupcial, con esa canción que tan buenos recuerdos les traía.
Y, cargando el detergente en su taponcito entremedias de las sábanas, se lo confirmó de nuevo: seguiría pensando lo mismo.
De pronto cayó en la cuenta. Ese problema no era suyo y ahora de verdad: la música la estaban preparando los chicos.
Su oído fino percibía la música que sonaba desde el fondo del pasillo pese al ruido del centrifugado. Ella hubiera preferido en ese momento del día algo más actual, más motivadora para hacer la cama. Sus hijos le fueron abriendo el oído, durante eternos años de adolescencias sucesivas, a un mundo de ritmos nuevos, de voces distintas y mezcladas, de grupos de nombres estrafalarios y que no sabía si pronunciaba bien, para carcajada de todos. Pero a ella le gustaba. Sin embargo, esa mañana, poco antes de salir a por el pan, Eduardo había puesto de nuevo a su incombustible cantautor, incólume resistente ante el devenir de modas y tiempos, impasible el ademán, pensó ella.
Y así, a vueltas de nuevo con sus cavilaciones para agrupar los cuatro packs de regalo con viajes de fin de semana romántico para que la agencia le diera algo más interesante y largo, sacó la ropa blanca para tender y volvió a llenar a su mejor ayudante en las tareas del hogar con la de colores oscuros. Y oyó cantar lo de tu nombre me sabe a hierba.
Recordó que no había cogido las pinzas de tender y, sin saber cómo, también recordó cuando, a los diez años de casados, ella le obligó a realizarse un análisis para saber si portaba enfermedades de transmisión sexual. 
Le apetecía más oír a un joven grupo del momento que decía algo como que digas la verdad aunque lluevan piedras, aunque el fondo sonoro fuera tu nombre me tiene atado.
O análisis o duermes al relente, le había impuesto muy seria en aquel día triste. Él se los hizo, previa protesta airada que sonaba a disculpa: el resultado fue  negativo. Lo ves, le dijo, estás histérica. Y asunto zanjado. Su eterno amigo de la infancia, Luis, el marido de Carmen, también se lo tuvo que hacer. Se lo contó ella misma en una de sus salidas a cenar.
Ya en aquellos tiempos permitía, silenciosa, la eterna relación de amor intermitente entre Carmen y su entusiasmado futuro remarido Eduardo. Y, desde entonces, dos décadas después, él mantenía su negación, como lo había hecho el día de la última discusión, ahora aún más, con más convencimiento, enaltecido como estaba por la emoción de volver a jurar amor eterno a ella, su Lu, amor incondicional y fiel esposa.
Terminó de tender la segunda lavadora, menos centrifugada para que se arrugara menos. Mientras pelaba patatas para el guiso dominical que tanto gustaba a todos, fue revisando entre las mondas las mil razones que se repetía, siempre igual, para seguir con él y para acompañarle, junto a sus hijos, a su receremonia de la próxima semana. La báscula de la cocina, que miró de reojo, se inclinaba con evidencia por el lado del platillo de su estupidez y le sobraba mucha harina para el bollo.
Lo normal hubiera sido que, en ese momento, le diese cierto pudor reconocerlo, y se viera incapaz de decírselo a sí misma, sin reparos, obviando su cara reflejada en el nuevo suelo porcelánico, a juego con los baldosines de la pared, de la reforma reciente de su amada cocina. Pero no lo tenía. En todo lo que tuviera que ver con él, ella nunca tenía reparos ni reparación. Seguía  enganchada como cuado lo vio por primera vez.
Luis, el verborreico que había ofrecido - remolón de boquilla - a decir el respeak en el reacto de la reboda, se casó con Carmen pocos meses después que ellos dos. Apenas dos años de noviazgo fueron suficientes para sellar las dos relaciones ante un cura, el mismo en las dos bendiciones, Don Bernabé. Siempre vivieron los cuatro en el mismo barrio y les tocaba la misma parroquia, San Esteban.  Podrían haber concelebrado los cuatro a la vez, biboda, pero las familias no quisieron.
Echando la sal de la última prueba de carne, se paró y lo dijo en voz alta para sí misma: en definitiva llevaban veinticinco años de ménage a cuatro. No: a tres: ella, la buena de Lu, el renovio Eduardo y Carmen, la que se quedó con el ramo de rosas desde hacia veinticinco años. Y sin cansarse, sin mezclarse,  sin interferirse.
Extendiendo el mantel y poniendo los platos, oyó la puerta.
Eduardo entró con su espera que te ayudo ¿Cuántos somos? ¿ Viene alguno de los chicos?.
Abriendo la lata de berberechos y sacando las copas para el vermut, le contestó: Solo seremos nosotros dos y Carmen y Luis. Ya le conoces. Aunque dice que será una sorpresa, no se fía  y quiere saber qué te parece lo que tiene pensado. No hay más.

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