viernes, 25 de mayo de 2018


GOLPE DE ESTADO

Aquella tarde, me dijo, le hervía dentro la misma desidia cansada que cuando me lo contó.
- Como siempre, a las cinco había ido a recoger a la niña a la guardería y, me acuerdo, estaba adormilada. Comí más tarde de lo habitual y estuve trabajando hasta última hora. Casi no llegó a tiempo. 

Hizo un inciso.
- Entonces no le sonaba mal a nadie ese nombre de una escuela infantil: la guardería Sonrisas. Hoy he visto el nombre como propaganda de una residencia de ancianos.

Le entendí la ironía. Seguía siendo la misma. Se echó a reír.
Hizo otro inciso, como si tomara fuerzas.
- Isabel, la profesora, era una rara especie de maestra de pequeños. Estaba llena de ideas innovadoras que trajo de sus años de profe en Inglaterra y las puso en marcha en su escuelita, allí, en un bajo de alquiler, sin jardín, en un bloque de una urbanización de una localidad del extrarradio madrileño. Entrar en aquel pequeño local comercial lleno de niños, con su chándal azul y naranja, todos iguales, era como entrar en un trocito del país de las maravillas. Ella y José Manuel incluso daban clases a los padres. Eran unos valientes y muy progres. Una vez, llegué a dar una charla a los padres. Lo hacíamos por turnos una vez  cada quince días. Me pidieron que preparara algo sobre las ideas de la Escuela de Summerhill, las escuelas libres. No tenía ni idea de qué era eso. Bueno, ese es otro asunto. ¿Dónde estaba? Ah, sí. Isabel me dijo que, un día más, la niña no comió bien el puré pero que estaba muy contenta.

Me sorprendió que se acordará de tantos detalles. Y sobre todo, ¿para qué tanto preámbulo?
-¿Te aburro?, me dijo.
- No. Me sorprende tu memoria, contesté complaciente.

Pero resultaba difícil esperar a que entrara en el asunto de una vez. Me sobraba una hora hasta el momento de volver al hotel y su manera de contar me iba atrapando. Por eso aguanté. 
- Otra vez llegaba sin apenas comer. Prefería llegar pronto a casa para intentar que la niña merendara bien. Te cuento todo esto porque, si comprendes cómo pasó todo, entenderás por qué no he vuelto a hablar con tu madre, nunca, nunca, ni siquiera el día de tu boda, el único día que la volví a ver.

Era verdad y no me había dado cuenta pero, jamás, en tantos años, había estado con ella y con mi madre juntas. Desde los años de la niñez. Siempre los veía con mi padre.
Estaba claro que ella necesitaba el recuerdo de los detalles nimios de aquella tarde para entrar suave en lo que me quería contar y, ya, me apetecía saber.
- Me detuve un momento para charlar con la mamá de algún niño. Eso, seguro. Era lo habitual y, de paso, me disculpaba por no quedarme un rato más en el parque. Odiaba las tardes del parque, mamás y niños. Me justifiqué, como siempre, con que tenía cosas del trabajo en casa. Cuando entré en el cuarto de estar, casi por rutina, encendí una vieja televisión que nos regaló alguien y la niña se fue a jugar mientras preparaba su merienda. Y allí estaban las imágenes, como un acompañamiento de fondo, casi un rumor como la lotería de navidad: retransmitían el debate sobre la investidura del presidente Leopoldo Calvo Sotelo. Como no me voy a acordar, era el 23 de febrero de 1981.

Mientras seguía hablando, se fue borrando despacio la desazón que, un poco antes, había notado en su cara, esa especie de angustia blanquecina que le subió cuando, al encontrarnos, le dije que mi madre había muerto, después de un Alzheimer demoledor, hacía dos meses. El color le volvía, quizás un poco porque el recuerdo de  aquella tarde le brotaba como los diálogos de una vieja película mil veces vista o, quizás también, por el efecto saludable de la tostada que se comía despacio, mojando en su café.
- Lo siento mucho. Era joven todavía. De verdad, todo esto se lo tenía que haber contado a ella y no a ti. Se lo debía. Y ya no podré. Te he visto muchas veces en  todo este tiempo, con tu padre pero, a ella, no. Lo siento de verdad.

Sentadas frente a frente en la mesa de la terraza de la cafetería, tras nuestro encuentro fortuito y agolpado en la tienda de ropa, estábamos charlando amigablemente y ya hacia tres o cuatro años que no nos veíamos: ella tenía razón. Pensé que me podía haber buscado una excusa y librarme de estar ahí para de escuchar lo que, quizás, no me iba a gustar demasiado. Pero me intrigó. El asunto se trataba de mi madre, de las cosas con mi padre y del 23 -F. Rara combinación, pensé. Además, me lo soltó así, a la cara, de golpe, acelerada por las prisas de la cola delante de las cajeras, respuesta  automática al oír mi triste noticia. No me pude zafar. Presentía que me iba a desvelar algo que yo no sabía o que tenía muy olvidado y, tal vez, no debería olvidar. Ciertamente, me picaba la curiosidad. Por un momento, tuve la sensación de que todo aquello no me iba a caer  del todo bien aunque sentía, lo reconocía desde muy dentro, que era irremediable. En todo caso, y sin pensar mucho mas, accedí a tomarme un café. Yo era apenas una adolescente en aquellos años y, desde luego, no recordaba de nada de ese día concreto. Disponer de un rato libre hasta la hora del volver ponía las cosas más fáciles y, así sin más, estábamos las dos, frente a frente. Aunque estábamos rodeadas de gente,  estábamos muy solas. Prosiguió.
- Yo estaba liada con la merienda cuando sonó el teléfono. Estuve a punto de no cogerlo. La verdad: no tenía ganas de hablar. Pero lo cogí. Eran las 18,05, lo sé seguro. Fueron unos minutos que tengo cronometrados en el alma. Hola Lola ¿Cómo éstas?, contesté al reconocerla.

Gesticuló como descolgando el aparato y, a partir de ese momento, su relato fue una suerte de singular dramatización, toda una puesta en escena. Su memoria fluía vertiginosa. Ya conocía, de tan repetida, parte de la secuencia - cada año las televisiones, y no solo la "Única", se encargaban de que los españoles lo tuviéramos bien presente, con su serie de varios capítulos incluida -,  pero sus palabras por medio y el eco de mi madre a la que me parecía estar oyendo, no me permitieron interrumpirla. Ella seguía hablando, ya muy tranquila.
- Fatal, hecha polvo, no puedo aguantar más. Lo de ayer fue.... Tu madre me lo soltó de golpe, como yo a ti, casi un grito al oído. Noté su voz llena de angustia y me paré a escucharla. La niña tendría que esperar, se quedaría dormida. No me quería meter en los líos de tus padres pero ya estaba dentro.
- Lola - le contesté -, me coges un poco atareada. La niña se me va a dormir ya. Acabó de llegar con ella. Pero tu madre parecía no oírme. Parecía una de esas que hacen monólogos. Lo soltaba a borbotones. Y, de fondo, en la televisión empezaron a cantar nombres seguidos de un sí o un no que se mezclaban con su "no puedo más".
- No puedo más. Tienes que escucharme. No sé que hacer ni tengo con quién hablar. Tengo que acabar con esto - me lo repitió varias veces-. De verdad, su voz sonaba desesperada, como pidiendo auxilio. No me quedaba otro remedio que escucharla ¿Qué te ha hecho esta vez?... logré decirle. Y me senté en el sillón dispuesta a atenderla mientras la televisión seguía. Yo la tenía enfrente y oía a tu madre y esa lista pesada de nombres a la vez, como dos bandas sonoros superpuestas.
- No me puede humillar más. Ahora me la ha metido en casa. Tu madre seguía como en un delirio.
- ¿Qué dices? - me paré más atenta -. No puede llegar a tanto.
- Qué sí, como lo oyes - me contestó, algo mas reposada-.  Ella, su novia - la llamó así-  ya había venido varias veces a cenar a casa y siempre me la presenta como una buena amiga del trabajo con quien tiene mucha confianza. Lo cierto es que ella es amable conmigo, a veces me habla como si fuéramos amigas de toda la vida. Y él, encima, me lo niega pero sé que están liados. Tiene el valor de hacerme pasar por loca, por tonta. Me amenaza con dejarme porque se me ha ido la cabeza. ¡Él, él sí que me está enloqueciendo y todo esto pasaba con los niños en casa! De buena gana lo echaba pero no sé de qué voy a vivir. No tengo fuerzas pero no puedo seguir así.

Mientras asistía a su relato pude recordar esas imágenes del Congreso de los Diputados, mil veces repetidas. Mientras ella hablaba, yo me sentía como en una realidad multiplicada, con varias pantallas simultaneas en mi cabeza: mi madre al teléfono como enajenada, como tantas veces la había visto de niña; ella, en ese cuarto de estar que conocía perfectamente de cuando había jugado allí; la televisión, con su soniquete imparable de nombres; y nosotras, treinta años después, sentadas en una cafetería llena de gente. Sentí un vértigo extraño, un cierto mareo. Pero la oía.
- Yo seguía oyendo a tu madre y, a la vez, esa retahíla de nombres con Sí o No, y mi cabeza se desdoblaba. Sentí que tu madre lloraba sin consuelo. A la vez parecía escuchar lo que mi marido - ya sabes, amigo de tu padre y de ella desde muy jóvenes - me había contado unos días antes. Y no se lo debía contar. Parece mentira  lo deprisa que puedes pensar: su llanto, la tele, la niña por medio y yo con el "Lola cálmate". Él se lo había encontrado unos días antes en la calle, por la tarde, con una mujer que no era tu madre, como una pareja de novios, cogidos de la mano, cariñosamente. Tu padre le hizo un gesto como para presentársela con camaradería, con complicidad. Y él se sintió violento, desconcertado. Sabía que, tras aquellas miradas sonrientes de tu padre, se escondía el encontrar una aprobación por el asunto que él no le iba a conceder nunca. De hecho, me contó que le llamó después para avisarle que le no iba a permitir que lo metiera en su juego, que eso se había acabado.  Mientras yo me acordaba de todo eso, tu madre seguía hablándome sin parar. Y aquel pasar lista seguía como música de fondo. Entonces, tu madre dejó de llorar.
- Pero anoche fue el colmo. No te lo vas a creer. Quería que se quedará a dormir en casa. Bueno, se quedó. Y yo sabiendo todo. De disgusto, me fui pronto a la cama. Soy una consentidora, lo sé ¡Qué podía hacer!

Recordaba vagamente a mi padre con los amigos y amigas que llevaba a casa muchas veces pero no podía identificar a esa mujer concreta de la que me hablaba. O, tal vez. sí. Tomó un sorbo de agua y siguió hablando.
- Yo mire el reloj: eran las seis y veinte. No sé bien porqué pero la voz de tu madre, de pronto, pasó a un segundo plano. Ahora era ella la música de fondo. Lo que salía de aquella pantalla se impuso. La niña se había dormido a mi lado.
- "Sí. Centristas los tres. Carlo Navarrete Medina. No. Manuel Núñez Encabo.  Algo...En estos momentos. En estos momentos..."
- Lola, algo está pasando - la interrumpí-. Lo estoy viendo.
- "Se ha oído un disparo. Se ha oído un golpe muy fuerte en la Cámara".
- Lola, te hablo en serio, lo estoy viendo. Algo grave sucede en el Congreso. Pero ella seguía y seguía. No me oía, estoy convencida de que no se enteraba de nada. Yo, tampoco la escuchaba.
- "No sabemos los que es. .. porque se ve a la policía".
- No sé cómo seguir con él, me pareció entenderle.
- Ponle en la calle - casi le grité, más pendiente de lo que salía de la pantalla. Como pude, le dije algo más. No me acuerdo. Algo así como no le consientas esas cosas. Y la corté. De verdad, Lola pasa algo muy grave.
- "La Guardia civil entra en estos momentos en el Congreso de los Diputados... - Hay un Teniente Coronel que, con una pistola sube hacia la tribuna. Quieto todo el mundo. Es un Guardia Civil".
- Ya no soy capaz de contarte lo que tu madre, llorando, repetía una y otra vez. En mi cabeza sólo sonaba la maldita televisión.
- "Entran más policías. Está apuntando con la pistola. Entran más policías.  La policía".  

Ambas habíamos acabado nuestros cafés y yo estaba cada vez mas sorprendida. Ella recordaba todo tal y como yo lo había visto cien veces. Y de pronto, como un mal sueño, veía a mi madre y a mi padre dándose gritos. Apenas podía interrumpirla para decirle que yo, también muchas veces después, no había querido oírla. La dejé terminar.
- Lola, te tengo que dejar, le repetí, sin ser capaz de soltar el teléfono. Aquello continuaba. Me separó y le dejo sin nada. Le echó de casa, repetía una y otra vez. Mientras la televisión seguía.
- "Está apuntando al Presidente del Congreso de los Diputados con la pistola. Y vemos cómo....Cómo... La policía, la policía. Al suelo, al suelo todo el mundo. Llevan metralleta. No podemos emitir más... Llevan metralleta".
- Yo ya no escuchaba nada de lo que decía  la voz del teléfono. Oí claramente los tiros y la cámara de televisión se quedó fija apuntando al techo de la sala. Pero seguían hablando.  - "Cuidado, eh. No intentes tocar la cámara que te mato".
- Lola te cuelgo, perdona. Ya hablamos mañana. Tengo que llamar antes de que mi marido salga de la oficina. Sale a las 6,15 y ya son pasadas. Con suerte le pillo todavía. Y colgué, sin más. Marqué el teléfono del trabajo y ya nadie lo cogió. Entonces, se despertó la niña. Eran las seis y veinticinco. Miré hacía dónde estaban todos los documentos de sindicato. Ya conoces nuestra implicación política en ese momento. Y esperé tres largas horas hasta que él llegó.

En ese momento, de nuevo reviví todo lo que pasó después en mi casa, las peleas inagotables, los insultos de mi padre y de mi madre, el horror en la cara de mi hermano. El juicio, los abogados, mi madre sin saber por dónde tirar. Y la entendí pero no supe qué decir. Yo también había colgado el teléfono a mi madre demasiadas veces. Y mire el reloj. Tenía que salir corriendo.
- Se me ha hecho tarde, le dije. Tenemos que vernos con mi padre antes de la cita navideña de todos los años.
- Ya sabes, como siempre. Nos vemos, respondió.
No me dejó pagar. Y salimos en direcciones opuestas.

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