domingo, 11 de marzo de 2018

ADAMO IS OVER
- Segunda Parte -

Viene caminando distraído, a lo lejos, por la calle que sale de la Plaza Mayor. Te vuelves atrás un poco para que no parezca que has llegado demasiado pronto. Él no te ha visto. Has quedado donde queda todo el mundo, en la puerta de la segunda pastelería, el esquinazo. Pero te da igual. Si os ven mejor. A las chicas de la panda, a las más íntimas, se lo has contado todo. No tienes claro cómo lo has conseguido pero ha sido él quién te ha pedido salir a dar una vuelta por la tarde. Ha sido por la mañana, en la piscina, eso seguro. El miércoles es buen día. ¿Quedamos para dar una vuelta? te ha dicho cuando ya te ibas. Bueno, cuando acabé la clase particular, a eso de la seis me va bien. ¿De qué das clase?, pregunta interesado. De latín y lengua, a una chica de un chalet de la carretera de Madrid que ha suspendido. En tres mañanas - bendito bañador azul - has hablado mucho con él, en un juego a dos bandas: atender a lo que dicen tus amigos sin perder la oportunidad de seguir charlando con él. Y casi a solas, sois pocos los que en diario subís a bañaros, toalla junto a toalla, mirando de vez en cuando a sus hermanos. Saben nadar, ya lo sabes, los ves tirarse al agua y salir tan contentos: no se van a ahogar pero cómo les pase algo, él se la puede a cargar. ¿Y si no le dejan salir? Seguro que no, parece muy convencido. Los chicos de la pandilla no vuelven hasta el fin de semana y de los que quedan, pocos suben a diario: tienen piscina propia en su chalet y deben que estudiar las que les han quedado para septiembre. Eres libre de quedar con otros, no hay compromiso, no se enfadan. Tú también te puedes bañar en casa con tus hermanos y tu madre, y con las todas las arrimadas - que dice tu madre -, sus amigas que vienen casi todas las mañanas a tomarse la cerveza y remojar a sus hijos. Plasta total. Pero la piscina grande del alto del pueblo te gusta mucho más. Y no solo ahora que está él. Te costó convencer a tus padres para que te dejarán mantener el abono de todo el verano pero te lo mereces: has aprobado todo. Él no es muy risueño pero lo que poco que cuenta, te interesa. Ya te ha dicho que su padre es peluquero de señoras y que han vivido en Inglaterra estos últimos años. Por ahí hay mucho que curiosear. Es raro tener un padre que sepa poner rulos o alisar el pelo. Por eso tienen un coche difícil de ver por nuestras carreteras. Tú ya tenías controlado su MG, un coche inglés, te dice tu padre. Ya, antes de quedar con él, os habéis cruzado varias veces con su familia. Es de color rojo, el único de esa marca que conoces, nadie tiene uno igual, incluso entre los de los más ricos de las nuevas urbanizaciones, ni siquiera entre los de esos amigos tan pudientes y pesados de tus padres. Te ha explicado que es un Morris, Austin M.G. 1300 y dice que es un coche deportivo, aunque caben los cinco y tiene cuatro puertas y todavía tiene una matrícula extranjera. Por eso lo reconoces. Este asunto de los coches parece que le interesa mucho aunque, a ti, eso de la potencia y sus caballos, te suena a chino. El de tu familia es más grande y, aunque el tema te encanta - eres un poco chicazo para estas cosas -, es más por la velocidad que alcanzan que por las características de las diferentes marcas. Y, sobre todo, porque te chifla que te lleven en un automóvil amplio y rápido, sin más. Además te cuenta que llevan muy poco tiempo en España aunque son de aquí, bueno, de Valencia y ahora viven en Madrid. Él llegó a Londres cuando era muy pequeño pero nació aquí, como sus hermanos, porque su madre se volvía a su casa cuando iban a nacer. De inmediato, mientras te lo cuenta, has recordado el inglés del colegio: le han llamado Richard siempre. Pero a ti te dice que se llama Ricardo, y no vas a hacer bromitas con el asunto. Llegas diez pasos antes que él y en tu cabeza suenan - no sabes porqué - The Carpenters, Close to you. Entre baño y baño, hermano y hermana, amigos y amigas y saltos del trampolín, has percibido que se parece poco a los otros chicos de tu panda. Está estudiando, te lo ha dicho, pero te cuesta recordar qué. Algo profesional, técnico de motores o algo así, nada de bachiller. Le gustan las motos y anda convenciendo a su padre para que le compre una. Solo sabes que no quiere una Vespa. No logras almacenar en la memoria los datos concretos que te da, solo le escuchas con atención, disimulando: estás como en las nubes. Esta tarde, miércoles por fin, tu alumna ha estado muy pesada. No le entran las declinaciones, se confunde en los casos, traduce la Guerra de las Galias de una forma que, a veces, no te queda otra opción que reírte. Y de las oraciones subordinadas ni hablas. No da una. No crees que apruebe en septiembre. Pero por ti que no quede, tú no fallas un solo día, aunque te duela la tripa por la regla. Y, además, te pagan semanalmente y ya no pides la paga semanal. ¿Qué tal hoy? te ha preguntado. Como siempre, sabe poco y no tiene ganas. ¡Qué le vas a decir! Te resuena la pesada de Mari Trini, tú no eres esa que él se imagina.

Tú estás segura de que se equivoca pero ha querido salir contigo y, eso, es lo importante. Empezáis a caminar tranquilos. Hace una tarde agradable y son los últimos días de agosto. No hace tanto calor y el cielo, a veces, se nubla. Te has puesto un vaquero nuevo, tu primer jeans. Antes tu madre no te los quería comprar, no es ropa de mujer, dice, pero la has convencido. Te quedan bien con esa camisa blanca y tus bambas azules de cordones recién lavadas. Él también los lleva pero te has dado cuenta de que no son Lois. Sólo Bravo, que gana dinero, se pone unos parecidos: no son de pata de campana, son rectos. Lleva zapatillas de deporte con cordones blancos y una camiseta por fuera, un poco suelta, azul marino. Casi parece que os hayáis puesto de acuerdo en la ropa, un poco a lo pili y mili. Aunque tú llevas un jersey sobre los hombros y él no, no debe tener miedo pasar frío a cuando empiece anochecer. Seguro que te va contando algo interesante; sin embargo, tú caminas como abstraída y apenas le oyes con claridad. Sonríes como una pánfila. De una forma natural e inconsciente, como un niño a su madre, te ha cogido la mano y camináis subiendo la cuesta de la carretera del puerto. Tiene un tacto agradable, cálido pero seco, y su apretón no es débil ni blando ni fino. Incluso raspa un poco. Tu madre dice que a los hombres se les conoce por el apretón de manos. Debe ser por lo de los coches y las motos, o por lo de los champús. Tienes la certeza de que es esa forma de agarrar tu mano la vas a recordar siempre, que te llevará al dream. Te esta contando que no ha hecho amigos nuevos en este veraneo de apenas un mes pero que en Madrid sí los tiene. Son sus compañeros del instituto madrileño de este curso. Va a una escuela profesional pública, en su barrio. Y sabe cortar el pelo de mujer como le ha enseñado su padre. Le dices que tú te haces la rosca todos los días para llevar la melena lisa, porque lo tienes muy rizado. Él ya lo sabe, te ha visto con el pelo suelto saliendo del agua. También estás extrañada porque no bromea constantemente como los demás de su edad, cuando vais de excursión, de merienda o bailáis: él no te vacila, y, sobre todo, ya no te suelta la mano. Y te habla de música. Por difícil que parezca, él no para de hablar y tú de escuchar. El tiempo vuela, no notas como pasa y, cuando miras el reloj, ya te tienes que ir. No te dan permiso para después de las diez, la cena con todos es obligada, pero esa noche vas a subir al cine, por si le apetece. Ponen La vida privada de Sherlock Holmes y quieres verla. Pero a él no le apetece. Ya llevas tres tardes saliendo a pasear juntos y sientes que tu cabeza se tambalea cada vez un poco más. Sin soltar tu mano, sin intentar el más ligero de los besos, te ha cuestionado demasiadas cosas. La música que oís no le gusta nada. Te ha dicho que hay un grupo español, Los Canarios, es mucho mejor que esos Módulos, Sirex, o Diablos que se repiten incansables en tus guateques. 

Odia a los Fórmula V y en eso estáis de acuerdo. Compartís a Barry White y a Diana Ross y ambos toleráis a Los Bravos. 

Te ha traído un disco de un tal David Bowie que suena muy distinto, Space Oddity. Por fin has entendido ese corte de pelo y lo que es más difícil, sus sentimientos, de los que nunca habla. Solo, a veces, a escondidas, notas que te aprieta la mano un poco más. 

Con él nada es como lo que en esas canciones de Adamo que ponéis en los guateques y que hacen que aprietes tu cuerpo con el de ese chico que te gusta tanto. Tampoco compartís lecturas. Tú ya has elegido: vas a estudiar filología hispánica, sin tener claro para qué. Pero te gusta, porque te gusta leer, porque lees a un tal Pedro Salinas, porque te emocionas con ese San Juan de la Cruz, porque quieres entender mejor porque siguen esperando a Godot. Él, en cambio, apenas aguanta un libro que no sea de crímenes por resolver, de policías corruptos y matones a sueldo. Es la última tarde que puede salir contigo. Mañana se vuelve a Madrid. Habéis quedado para salir en Madrid. Ahora sí, vais a ir al cine. Han reestrenado una película de Los Bravos. Y coincidís en que Mike Kennedy canta bien. Te ha llamado para concretar y, sin que lo esperes, te ha dicho que lleves a una amiga. Él va a ir acompañado. Y ahí estáis los cuatro, sentados viendo a unas alumnas de colegio de monjas que no se parecen a las tuyas y a unos melenudos que cantan sin venir a cuento canciones que te sabes de memoria. A la salida, apenas una caña en un bar de al lado y una extraña sensación: a el amigo le interesa tu amiga, y a Ricardo le interesa su amigo. Parece que sobras. Nada más. Nunca más. No habrá más. Pero has aprendido algo: Adamo is over, Y has descubierto, entre tanto, que te gusta bailar con esa bossa nova de Vinícius de Moraes y Antônio Carlos Jobim, esa chica de Ipanema que él ha sacado de ti.

1 comentario:

  1. La cabeza de una adolescente ante el primero que se fija en ella es universal.
    Muy bueno, querida.

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