lunes, 15 de enero de 2018

UN PROBLEMA DE FÍSICA


Era martes pero llegó un poco antes.
Tenía papeleo que cerrar. Importante: poco. Urgente: todo. Muchas firmas.
Abrió el cuaderno:
  • Reunión a 4ª: informar sobre presupuestos de departamentos.
  • Llamar y acordar la hora de la visita del jueves y cerrar el calendario con las de Sanidad. Revisar la estadística de la compensatoria: enviar.
  • Ver lo de las humedades del patio. Revisar parte de faltas.
Había más notas apuntadas. Dejó de leer la retahíla y se puso a firmar y le asaltaron como manchas de tinta para sus ojos algunas faltas de ortografía. Los apartó. No lo iba a firmar sin haberlo leído todo una vez más.
Todavía no había encendido el ordenador y lo hizo: 10 correos pendientes. Eliminó 7. Tomó nota en el cuaderno de las nuevas prioridades no urgentes cuando sonó el teléfono y….  
-"Ya está: lo inmediato de cada martes", se dijo en voz alta. Y mientras se oía en eco pensó otra vez: los que hablan solos esperan hablar con dios un día - which god?-, era como un mantra. Su fe daba para saber que no existiría nunca semejante conversación, aunque se lo repetía todas las veces. Se hablaba en voz alta casi a diario.
La voz familiar de la más joven de las chicas del control sonaba cansina al otro lado de la línea, como un ¡ya empezamos!, con mucha retranca y pocas ganas de casi todo.
- "Directora, hay una señora en el hall que quiere hablar contigo. No nos explica mucho pero parece agobiada. Dice que es personal".
- "Tengo una mañana complicada".
- "Dice que tenemos un alumno en el hospital".
- "Que hable con Jefatura si es un tema de faltas de asistencia".
- "No. Dice que este asunto lo tiene que tratar contigo... que tienes que saberlo primero tú".
- "Acompáñala, por favor. No llaméis al profesor de guardia, falta un rato para el timbre. Será un asunto de nada, diez minutos, seguro. Si tarda más en salir y no aviso, me llamáis con cualquier excusa. No puedo perder la clase de hoy. Se me echa el curso encima".
La experiencia encendió todas sus alarmas. Abrió de nuevo el cuaderno.
  • 15 de marzo: visita madre.
Entro en el despacho una mujer menuda, de edad media, indefinida, con marcadas ojeras. Desprendía un agradable olor aseado.
- "Buenos días. Soy María Santos Peña, la directora del centro. Siéntese y me cuenta".
- "Buenos días, señora. Me llamo Carmen Portolés y soy la tía de Javier Vázquez Portolés. Es alumno de la FP para mayores que enseñan aquí."
- "Perdóneme. Déme más datos. No conozco a todos los alumnos, sobre todo a los del ciclo superior. La mayoría de ellos no estaban aquí en cursos anteriores. Vienen de fuera". Repasó mentalmente a los que conocía. No le sonaba nada ese nombre.
- "Sí, señora. Javier es de un pueblo de Toledo y vive conmigo. Vino a estudiar electricidad e informática pero los sábados se marcha con sus padres. Como yo vivo aquí cerca, nos apañamos y a él le viene bien."
- "Cuénteme. ¿Qué sucede?". Puso en marcha toda su aprendizaje significativo en el tema ”atención a padres”.
- "Poco puedo contarle. Vengo a ver si usted sabe algo más. Ayer me llamaron desde el hospital de aquí abajo, el de la Seguridad Social. Javier había entrado por urgencias solo, acompañado con otro chico mayor que se fue cuando le atendieron dentro. Serían un poco menos de las doce de la mañana, me explicaron los que me avisaron. El mismo Javier les escribió el móvil donde me tenían que llamar. Tenía la boca rota por todos los lados y no podía hablar. Rota la mandíbula. No sé cómo llegó hasta allí con conocimiento porque le tuvieron que operar de urgencias. El que me avisó me dijo que tenía la parte de abajo de la boca partida por tres sitios. Como tenía mucho dolor, lo han dormido todo el tiempo. Ha estado en la UVI toda la noche. Y no sé nada más.  Como fue en las horas que él está en clase, he venido por si usted sabía algo de lo que había pasado".
Tomó aire  y anotó el nombre y palabras que le parecían clave.
-"Espere un momento".. Ya sabía: intempestivo y con mayores igual a muy importante. "¿Está usted segura de que sucedió el accidente aquí en el centro? Ya sabe que los chicos  mayores de edad salen en el recreo a fumar fuera de la valla, a la rotonda. No se  lo podemos prohibir... Y, a veces, no vuelven a entrar".
- "No lo sabía. Por eso estoy aquí".
Otra vez tiró de instinto de despacho: evitar los dramatismos y sus dramturgias.
- "Bueno Carmen, déjeme investigar un poco y averiguar algo más. No tengo noticia de que haya sucedido ningún altercado en el día de ayer. Ahora lo importante es que usted se vaya con Javier. Yo le avisó cuando sepa algo más. Creo que después debería ir a la comisaría y contar lo que sabe tanto si la agresión ha sido aquí o fuera. Yo también  lo haré en cuanto tenga algún dato más. Voy a preguntar a los compañeros de clase y al tutor. Déjeme su teléfono. Cuando despierte Javier, dígamelo por favor. Ya verá como todo se aclara y él sale muy bien de todo esto. Nos vemos. Yo le llamo pronto".
Acompañó a la señora hasta el vestíbulo y, de inmediato, se dirigió a la Conserjería.
Les relató escuetamente lo que había pasado que escucharon con cierta cara de incredulidad.
- "Parece, por la hora, que pasó en el descanso. ¿No notasteis nada vosotras? ¿Quién estaba vigilando aquí? ¿Quién estaba de guardia de recreo?".
Ninguna contestó.
Por fin, la más mayor la miró directamente y se atrevió a hablar.
- "Ya sabes cómo se pone la entrada. Y además el teléfono, los profesores pidiendo fotocopias, los dos edificios, los niños y sus cosas, los balones... Somos pocas... ya te lo hemos dicho muchas veces y no podemos estar en todos los sitios a la vez".
- "De momento, vamos a dejar eso. Por favor, ahora subid al taller y llamad al tutor. Es muy urgente que baje al despacho y que le cubra el de guardia. Y por cierto, avisad al otro que estará en la sala de profesores. Otra vez me tiene que sustituir. En el B".
Volvió al despacho y preparó lo que iba a entregar a sus alumnos para trabajar durante su clase. Informó a su sustituto y le entregó el material. "Diles que subiré en cuanto pueda".
También llamó al Jefe de Estudios, que acababa de llegar. Él tampoco sabía nada. El Secretario llegó al momento. Nadie tenía noticias de nada.
Y entró el tutor con cara de extrañeza y cierto malhumor, en guardia, con evidente recelo.
- "¿Qué pasa? Tengo a los chicos solos trabajando en el taller ¿No podías esperar".
A esto no le contestó y, por cuarta vez, le repitió el relato, que cada vez sonaba más inverosímil y absurdo, un poco como una ficción de andar por casa ¿Cómo era posible? ¿Nadie había visto nada? Peor: ¿cómo nadie había dicho nada? Seguro que no pasó en el centro, le repetía su yo reptiliano. No podía ser.
- "¿Javier Vázquez Portolés es tu alumno?"
- "Sí, claro. Un chico tímido y menudo. Parece más joven pero ya tiene 20 años. Viene de fuera a estudiar, desde un pueblo de Toledo. No es mal alumno, hizo bachillerato. Solo te puedo contar que ayer tuve clase con ellos las tres últimas y no estaba. A veces llega un poco tarde. Sobre todo, algunos lunes falta. Al final de la 3ª hora, un grupo de ellos, dos o tres, después de acabar la tarea, me pidieron salir un poco antes. Tenían un amigo en el hospital y querían visitarle. No explicaron nada más y no lo relacioné con Javier. Ya le había avisado en varias ocasiones que no podía faltar tanto.  En el parte de clase de después del descanso figura la ausencia. Míralo. Deje marchar a todos un poco antes de todos modos. Tantas horas seguidas.... Ya sabes, son muy mayores. Bueno, no sé más. Me vuelvo a clase y en el cambio hablo con ellos y ya te cuento. Y te traigo el parte de las clases anteriores".
Parecía imposible. No podía haber sucedido algo tan grave dentro del centro, se repetía una y otra vez. Y sin dejar rastro. Ni siquiera en la puerta. Seguro que fue una pelea en la calle: le parecía lo más lógico. Aún así, ¿nada entre cientos de posibles testigos?: imposible. Nadie dijo nada a nadie. Nadie sabía nada. Era imposible. En el centro las noticias vuelan y llegan siempre, ella lo sabía bien. Y encima con los malditos móviles y sus wassapitos. Imposible.
Subió corriendo a su clase y, aunque desconcertada, logró explicar una parte de los ejercicios que había puesto el día anterior. Marcó nueva tarea: había que comerse el programa. Pero no pudo contenerse. Ellos también eran de los mayores y solían salir a la entrada de la rotonda.  Les preguntó. Nadie sabía nada. Nadie decía nada. Nadie vio nada.
Terminó y llamó a la Inspección: tenía que informar inmediatamente. Sentía clara la gravedad del asunto y sus posibles consecuencias. Si el asunto sucedió dentro del recinto, se complicaría aún más.
Volvió el tutor y, ahora sí, ya sabía algo más. Sí, un compañero mayor había llevado a Javier al hospital en su coche, le contó un poco sorprendido de su propio desconocimiento. Le vio caído en el suelo del porche de la entrada de la calle, rodeado de chicos que no hacían nada. Estaba sangrando por la boca y ellos solo miraban. Él salía solo a fumar a la calle cuando vio el grupo y reconoció a Javier. El chico casi no podía hablar, estaba conmocionado. Ni preguntó a los demás qué le había pasado. Le ayudó y le montó en su coche.  Lo cogieron rápidamente en urgencias. Él dijo su nombre y  fue el mismo Javier el que señaló el móvil al que tenían que llamar. Es de los más mayores en clase y, efectivamente, se incorporó un poco tarde. Dijo que tenía que resolver un asunto personal, entro a 4ª hora, está todo en el parte. Ella lo podía comprobar.
Y lo hizo: en los partes de las clases de antes del descanso, Javier no figuraba como ausente: él estaba en el instituto.
Nadie vio nada. Nadie sabia nada, como en esos pueblos calabreses de novelas policiacas pero en los alrededores de Madrid, una ley Omerta en el cinturón de la M-30.  Ya no le cabía duda: lo tenía que denunciar en comisaría.
Como se había comprometido, llamó a Carmen, que le comunicó que Javier ya estaba fuera de peligro pero muy dormido. Ella le informó también de lo que había averiguado y de que sería el propio centro el que denunciaría en la comisaría. No había tiempo que perder, consciente de que el tiempo y la gestión urgente le evitaría males mayores. Pero dejó un encargo a todos, una orden manu militari: los profesores debían preguntar en sus clases, "en todas", si alguien había visto algo, si había testigos. Alguno sabría algo más.

La mañana transcurría tranquila en la comisaria del barrio. Le venía bien al agente Santiesteban que, como siempre, tenía informes atrasados. Pasadas las doce, hora del tercer café, se presentó ante su mesa una mujer acompañada de un hombre más joven. No parecían gente del barrio, no le resultaban familiares pero no se hizo ninguna conjetura. Él sabía como no imaginar nada. De momento.
Venían a poner una denuncia sobre una agresión y el comisario jefe les dirigió hacía su mesa.
- "Buenos días, dígame. Soy el subcomisario Santiesteban", se presentó con corrección casi de ventanilla burocrática.
- "Buenos días. Somos la directora y el secretario del instituto público del Camino del Cementerio. Venimos a comunicar la agresión que ha sufrido un alumno nuestro y del que la familia nos ha informado. Fue en horas de clase, durante el descanso. Hacía las once de la mañana de ayer. Desconocemos quién ha sido el agresor, si es un alumno del centro o no. El chico agredido está en el hospital recién operado y no puede hablar." - Santiesteban transcribió lo que le iban contando.- "Hemos preguntado a los compañeros y profesores pero, de momento, nadie sabe nada de cómo y porqué paso. Es como si no hubiera pasado."
- "Entonces, en el colegio ¿nadie sabe nada? ¿Nadie ha denunciado nada? ¿Tiene algún dato más que nos ayude a encontrar al agresor?
- "No. Cuando esta mañana se presentó la tía del chico, con la que vive, en el instituto - lo enfatizó - , hablamos con el tutor que tampoco sabía nada y los compañeros no le habían dicho nada. Luego hemos sido capaces de saber cómo llegó al hospital pero poco más".
-"¿Porqué no ha venido la tía aún?".
- "Lo ignoramos pero imagino que vendrá. Estará en el hospital".
- "Entonces ¿No saben ustedes todavía lo que pudo pasar y porqué allí?"
- "No. Están investigando algo más los compañeros en todas las clases aunque estamos extrañados porque ayer nadie comentó ningún incidente lo largo de la mañana. Nadie vino a quejarse de nada. El personal de conserjería de la entrada dice que no ellas vieron nada, ningún alumno se acercó para nada especial o  nadie les contó nada. Es raro, la verdad. Incluso le diría que el día fue muy tranquilo y normal, extrañamente relajado para un centro tan enorme. Tenemos casi mil alumnos. Después de mucho preguntar, solo hemos conseguido saber que le hirieron y cómo llegó al hospital".
Mientras que la directora le iba contando estos hechos, él escribía en su viejo ordenador. Le dio a imprimir y ella firmó.
- "Vuelvan ustedes al centro para ver si consiguen algo más de información sobre cómo fueron los hechos. Nosotros mandaremos..., bueno, mejor, iré yo  mismo para ver si nos enteramos de algo más sobre lo que pasó".
Se quedó pensativo cunado se marcharon. Algo le extraño: nadie había dicho nada. ¿Nadie?, ¿nada?, ¿con una agresión tan grave?

Cuando volvieron al centro, el asunto ya estaba en boca de todos. Ahora sí: el hormiguero se había puesto en movimiento.
Bajó de nuevo el tutor y reiteró lo que ya le había contado. Definitivamente, fue en el recreo y dentro del centro, en las escaleras de la entrada principal. O sea: cientos de ojos televidentes pero ciegos.
Todo parecía irreal, de reality.
Ella volvió a preguntar en conserjería. Nada y nadie, otra vez. No sabían más que la versión que corría como un buen rumor de pueblo.
En el segundo recreo, un alumno más pequeño llamó a su puerta de una forma apremiante, casi insolente.
- "Dime", le contestó extrañada. Estaba demasiado concentrada en apuntar lo hecho: esto acabaría en informe  a las autoridades educativas. No podía faltar detalle.
-  "Soy de 3º B pero no quiero que me pregunten más cuando le cuente lo que sé" le espetó casi rabioso el chico. Le había visto por los pasillos. "No quiero tener líos. Yo sólo vi que uno que conocemos del barrio pegaba a otro chico mayor en la entrada. Una patada enorme. Iba con otros tres. Yo estaba con los colegas un poco más abajo. Todos le conocemos y sabemos cómo las gasta. Fue casi en la puerta, junto a los cristales".
- "¿Porqué no habéis dicho nada al tutor o a cualquier profesor? ¿Porqué no dijisteis nada en conserjería?" Seguía admirada del silencio colectivo.
- "Uno mayor lo cogió y se lo llevó en su coche. Con el follón, nadie se aclaraba. Nos subimos tranquilos a clase. No sé por qué pasó. Yo estaba a lo mío. Sonó el timbre y todos subimos deprisa."
- "Va a venir ahora la policía. Te llamaré", le retuvo ella cuando notó que hacía el ademán de salir corriendo.
- "¿Por qué? Se lo puede contar usted. Yo ya le he dicho lo que sé y no he tenido nada que ver".
- "No te preocupes. Solo te harán alguna pregunta".le calmó.
- "Yo no sé más y no voy a decir más." le contestó con la puerta ya abierta.
No tenía tiempo que perder. Alguien más habría visto algo. Había que recopilar la información de todas las clases. Demasiados testigos silenciosos. Demasiados vigilantes ciegos. Y nadie había tenido nada que ver y, aún así, ella sintió que de nuevo había recuperado el control.
Cuando llegó el policía, ya tenían todos los datos. Ellos harían su trabajo y  buscarían al agresor. Estaba localizado  y le conocían bien: era del barrio, menor y tenía una ficha bien llena: trabajo rutinario. Ellos llamarían a la familia. Ellos se encargarían de todo.

Un historia demasiado sencilla: Javier salió tranquilo y solo al porche como en cada recreo y le vio venir. Como le vieron todos los demás. Los tres se habían colado como otros días, con la impunidad de la masa. Buscaba a su novia en una clase y parecía uno más entre tantos, con sus colegas. Todos le vieron pero ninguno le miró. Solo Javier se atrevió a fijar la mirada: botas de cuero negro con punta reforzada, cazadora con dibujos, pequeño pero muy estirado. Un pintón que quería parecerlo aún más.
- "¿Tú qué miras, mono?”, dijo a cruzarse con él, rozándole el brazo intencionadamente.
- " Tu cara", respondió Javier. Él tenía ganas y el colega se lo estaba poniendo muy fácil.
Y sin más: patada de kárate en la boca, de gim para los mazas a lo bruce lee.
Todos mirando sin ver. Todos quietos. Todos callados. A mí, no. Disciplina del miedo. Colaboradores mudos. Perfectos gamers de una realidad de play.
Un chico mayor le había recogido del escalón y lo llevó en su coche. Problema resuelto.
Todos tranquilos. Ni sangre en el suelo. No había pasado nada. Nadie había visto nada. Y sonó el timbre: la campana, fin del round. Había que volver al otro orden, al de dentro, al de los otros. Despacio.
No había que comentar nada. Nadie sabía nada. Nadie diría nada.
Y nadie los vio marcharse. . . Pero todo los sabían: era él, el jefe de todos ahora, el puto amo, el boss del barrio, el que siempre está aunque cambie de cara y de nombre.

Al mes volvió Javier con su bozal de hierros sujeto al cuello, pura ortopedia. La directora le recibió en su despacho y él no le reprochó nada. Ya había pasado. Ella no era responsable, fue su culpa por mirar, por desconocer las reglas.
-"Nadie tuvo la culpa. Yo sólo le vi, como muchos pero yo le miré. Y me arreó fuerte con la punta metálica de la bota.", le dijo con una forma de hablar entrecortada.

Javier no volvió al despacho de ella nunca más. No hizo más ruido, no se hizo notar. Y acabó su curso con todo aprobado. Sería un buen electricista en su pueblo donde montó una tienda de informática para arreglar ordenadores. Su mirada ya había aprendido a adaptarse a cada pantalla, a cada programa.
Tampoco nadie del profesorado tuvo que testificar en el juicio. Eran innecesarios sus relatos llenos de ausencias y desconocimientos. Ya estaban las declaraciones que consiguió Santiesteban entre tanto testigo mudo y las de ese mismo matón de barrio, menor y muy seguro dominar de las reglas imperantes en su territorio.
La directora nunca había visto nada, nunca le habían dicho nada, nadie pareció saber nada. Ni siquiera Carmen Portolés volvió a visitarla. No tenía porqué aplicar normativas de convivencia donde no había pasado nada, no se necesitaban protocolos, mediaciones o agentes-tutores. No se puede abrir expediente a testigos mudos, o sancionar por no mirar, no oír, callar. El silencio no pasaba de ser una colaboración necesaria. Como el miedo.
Es el efecto de las nuevas aportaciones de las leyes de la física, la de universos no convergentes, de verdades paralelas en infinitas cuerdas: infinitas dimensiones ocultas en un diminuto espacio compacto.
En los paraísos, las hormigas tienen código. No molestan a las abejas.




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